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Jueves , 21.03.2019 / 02:08 Hoy

La pantalla del siglo

Paterson y la poesía de la cotidianidad

Annemarie Meier

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Desde que Jim Jarmusch sorprendió a los asistentes de los festivales de cine de Locarno y Cannes con Stranger than Paradise (Extraños en el paraíso) de 1984, el realizador estadunidense se ha mantenido firme en su postura de no alinearse con las convenciones fílmicas ni las modas temáticas, estilísticas o tecnológicas que han marcado una buena parte del cine de los últimos 30 años. Jarmusch sigue filmando películas sin presión ni temor de parecer anticuado. Recordemos Only lovers left alive (Sólo los amantes sobreviven, 2013), una bellísima historia de vampiros que va a contracorriente de todos los “crepúsculos” que dicta la moda juvenil. Jarmusch no atrapa al espectador por su lado sentimental, su obra se caracteriza por la capacidad de minimizar y desdramatizar las historias para crear atmósferas y ambientes que nos involucran en experiencias y mundos alternos.

Paterson empieza con un plano cenital de una joven pareja en la cama. Con planos similares introdujo también a Only lovers left alive: pero en aquella historia los amantes dormían en camas y continentes separados mientras que en Paterson la pareja no solo comparte la cama sino también el despertar a las 6:12 horas de la mañana en una pequeña ciudad de New Jersey. El hombre que consulta su reloj, acaricia a su pareja y se levanta para ir a trabajar, se llama Paterson, vive en una localidad de nombre Paterson y es chofer de camión urbano además de aficionado a la poesía. Paterson (Adam Driver) es un hombre de rituales cotidianos, contemplativo y de pocas palabras. Bueno, lo de pocas palabras se refiere a la comunicación con los demás ya que acompaña su vida y actividades diaria con palabras, frases y metáforas poéticas que escribe en una delgada libreta. Escribe acerca de los cerillos de una cajetilla en la mesa, sobre las cataratas - el único atractivo turístico de Paterson-, su bella esposa y el amor que siente por ella.

Y vaya que su esposa Laura (la iraní Golshifteh Farahi) es un objeto atractivo para un poeta. No sólo por su belleza exótica sino por su inagotable alegría, paciencia y acompañamiento amoroso. Laura también es poeta, pero poeta visual ya que convierte su entorno –y se convierte ella misma– en obras artísticas en blanco y negro. Su ropa, las sábanas, cortinas, cojines e incluso los pastelillos que hornea expresan su pasión. El único que desentona en este hogar armonioso es Marvin, un perro Bulldog, que adora a Laura y sabotea a Paterson.

El filme se estructura alrededor de la rutina diaria de Paterson que abarca ocho días que se suceden casi sin variaciones. Los pocos momentos dramáticos no rompen la armonía de los personajes ni los pensamientos poéticos que aparecen con letra manuscrita en la pantalla. El hecho de participar en el acto de creación del protagonista hace consciente que el hombre se nutre de la observación del entorno, las pláticas y vivencias de los demás. A través del encuentro con un poeta japonés, el filme rinde homenaje al pediatra y poeta William Carlos Williams -autor del poema épico Paterson- y a Allen Ginsberg, ambos nacidos en la región de Paterson.

Con su película Jarmusch nos recuerda que la poesía no está en los grandes sentimientos o acciones (el amor-pasión, el ser extraordinario, el éxtasis, la elevación) sino en los objetos, acciones y emociones diarias. Podría parecer un mensaje conservador y convencional; sin embargo, es todo lo contrario porque significa un acto de resistencia frente a la competencia feroz, la vida y sociedad materializada. Con sus dos últimos filmes Jarmusch advierte que lo que nos puede ayudar a sobrevivir son la cultura y el arte. Y el amor, ya que sobreviven los amantes y poetas.

annemariemeier@hotmail.com

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