A un año de que se realice la elección 2021, el país atraviesa una encrucijada que parece no tener fin, la tormenta perfecta que los partidos políticos y sus candidatos no dudarán en utilizar.
Las emociones de esta época son encontradas; se pueden sintetizar en incertidumbre, desesperanza, dolor ante la mortandad, temor por el colapso de la economía, por la incesante inseguridad y la creciente pobreza. A lo que se suman polarización y división.
Este es el escenario que marcarán las campañas.
Los partidos de oposición no emergen de la crisis en que los sumió 2018. Sufrieron la pérdida de militantes y liderazgos, no logran articular una propuesta para el país que rompa con los vicios del pasado, pero más devastador es el hartazgo de millones de mexicanos hacia ellos.
Pero en Morena no todo va bien. Muy pronto su imagen se degrada; enfrentan conflictos internos y se empeñan en complicarlos. Y aunque saben que el presidente López Obrador no estará en la boleta electoral, reman en direcciones distintas.
En política no hay nada escrito: ni los triunfos ni las derrotas son para siempre. La percepción de una buena o mala gestión de los gobiernos y el trabajo de los legisladores son otro factor que modifica la intención del voto.
La lucha por la credibilidad puede convertir las campañas en un espectáculo desagradable, la búsqueda de responsables de nuestros males estará presente en los debates.
El proceso electoral 2021 tendrá aspectos inéditos como resultado de la epidemia por covid-19. Pese al riesgo a la salud que significan los actos masivos, el activismo y el contacto de los candidatos con sus electores no se han emitido lineamientos para las campañas por parte de Salud federal ni del INE.
La de 2021 será una elección inédita, que puede marcar una nueva ruta para el país desde los gobiernos locales, los congresos estatales y federal.
O la ratificación de la confianza al Presidente AMLO, para que dé continuidad a su intento de transformar al país, de desterrar vicios, y orientar un (hasta ahora) elusivo desarrollo económico a favor de los que menos tienen.
Del anecdotario:
José Francisco Ruiz Massieu era un guerrerense destinado a ser Presidente de la República.
Colaboré muy cerca de él cuando fungió como gobernador como su secretario de Desarrollo Económico y del Trabajo; después me impulsó para ser diputado federal de la 55 Legislatura.
Hace unos días tuve la oportunidad de ver una entrevista de su hermano, el doctor Armando Ruiz Massieu, hombre mesurado al que guardo admiración y aprecio.
Armando hacía una narrativa de cómo su familia estuvo marcada por la tragedia: fueron asesinados dos de sus hermanos en Acapulco siendo muy jovencitos, después José Francisco, quien fue vilmente privado de la vida. Y de Mario hasta ahora no se sabe si también perdió la vida.
En un documental sobre la vida de José Francisco, Carlos Castillo Peraza, uno de los grandes ideólogos de Acción Nacional, platica que, con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari lo mandó a llamar para preguntarle quién sería la persona idónea para sustituir al mártir Colosio, y éste le dio tres nombres: José Francisco Ruiz Massieu, Ernesto Zedillo Ponce de León y Pedro Joaquín Coldwell, inclinándose Salinas por el segundo.
Alguna vez José Francisco, siendo estudiante de la Facultad de Derecho, le prometió a su mamá, la escritora doña Cuquita Ruiz Massieu, que todas las malas notas que aparecían en los periódicos de ese tiempo las cambiaría por buenas noticias para su familia, así lo narra Armando.
Sin embargo, el destino y manos asesinas segaron la vida a este ilustre guerrerense.
La vida es así.
* Ex gobernador de Guerrero