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Lunes , 18.03.2019 / 07:20 Hoy

Bala de Terciopelo

Los mexicanos no ‘lynchan’

Ana María Olabuenaga

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Antes, para linchar a alguien, había que encontrar un árbol. Escoger una rama gruesa donde colgar la soga. Cuidar que el árbol estuviera en un espacio lo suficientemente abierto para dar cabida al público que presenciaría el linchamiento. Dar tiempo para que los fotógrafos montaran sus prensas portables y pudieran imprimir las postales que se repartirían por todo el país y, finalmente, llamar al pueblo. Hoy, básicamente es igual, pero ya no se necesita el árbol porque los linchamientos se hacen dentro de un salón de Palacio Nacional.

La imagen es brutal, pero así la entendieron activistas, intelectuales, analistas, periodistas y ciudadanos en general, después de una semana de feroces conferencias mañaneras. Día tras días se acusó de corrupción a una persona, a varias y también a instituciones. Cabe subrayar con marcador rojo que a la denuncia hay que alentarla, este país necesita señalar, castigar, corregir. El problema está en acusar de oídas, en castigar sin pruebas, porque esa es la definición de linchamiento.

Decir “¡corrupto!” desde la autoridad y la enorme legitimidad del Presidente es mucho más que hacer un señalamiento. Es una chispa capaz de encender antorchas. Convocante de lo que Canetti llamó la “masa de acoso”, aquella que se forma con el único propósito de acabar con el otro. Una chispa que ciega. De ahí las encarnizadas discusiones sobre el nuevo aeropuerto o los organismos independientes o las estancias infantiles o lo que sea. La ceguera que aviva la cólera de un lado y del otro pero que hace invisible el hecho de que, en el centro de la discusión, no existe una sola prueba. Ahí está el pueblo bueno, el leal, que tocado por el coraje y la indignación, se convierte en linchador.

Este linchamiento consumado con la violencia del discurso tiene el poder de hacer de la deshonra y de la humillación una forma de castigo, de venganza y de control social.

Y no, no es menor. Por eso, al final de la semana #NoMásLinchamientos se había convertido en trendtopic. No linchar, procesar. No destruir, corregir.

“Los mexicanos no lynchan”, decía el presidente Porfirio Díaz a principios del siglo pasado. Y lo decía así, con “y”, porque la palabra viene del apellido del coronel estadunidense Charles Lynch, que inició la práctica extralegal que avergonzó a Estados Unidos y que hacía que los mexicanos nos sintiéramos superiores, por lo menos moralmente, a ellos. Pero todo apunta, según la espléndida crónica de Claudio Lomnitz, a que fue precisamente el general Porfirio Díaz quien orquestó la intriga del primer linchamiento en México para beneficiar su imagen presidencial. A partir de ese momento la “y” y la práctica se mexicanizaron.

Por más rabia que exista, necesitamos pedir las pruebas de que en el Aeropuerto de Texcoco había corrupción, nos urgen las pruebas de que en las estancias infantiles hay corrupción, de que en los organismos descentralizados, en las comisiones, en las empresas, en la ciencia, o donde sea, hay corrupción. Necesitamos ver las pruebas porque eso nos regresará al pacto civilizatorio que nos reconoce a los unos con los otros. Necesitamos regresar la “y” a nuestro vocabulario diario. Entre otras cosas para escucharnos entre unos “y” otros.

@olabuenaga

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