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Martes , 23.04.2019 / 13:21 Hoy

Bala de Terciopelo

¡#%&@?*#º$!

Ana María Olabuenaga

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“Hay seis cosas que el Señor aborrece y siete que le son detestables”, dice la Biblia. Los pecados capitales. Capital que viene de caput, capitis, “cabeza” en latín. Los pecados que están a la cabeza, los principales —decía Santo Tomás de Aquino—, porque ellos dan origen a todos los demás. Soberbia, avaricia, gula, lujuria, pereza, envidia y en el séptimo lugar, la ira. En el séptimo lugar y en el séptimo infierno, que es donde Dante la encuentra. Ese infierno que resguarda el Minotauro, el que hace de los hombres unas bestias… apretamos la mandíbula, mostramos los dientes enmarcando las esquinas con los más afilados, los colmillos, fijamos la mirada, dilatamos las pupilas, fruncimos el ceño, inclinamos las cejas, cerramos los puños y temblamos mientras un sonido gutural, ¿un gruñido?, se nos escapa… ¡&%$#@¡¡*&%ˆ! de Jorge Ramos que exhibió que el Presidente no decía la verdad. Las #!%&/¿@%!!&%@^ cifras de muertos están más altas que nunca en la historia de este %&#·@!&@*!#$ país y el Presidente @”|!ı$%%?&@}!!

Y quizá usted piense que en su alma no caben estos signos de nuestros tiempos, que su espíritu no llega a sentir este abismo en el sentimiento. No se confíe, las redes sociales tarde o temprano se lo harán sentir. Me explico, lo prevengo.

La ira es una emoción primaria y fundamental. Incontables los pecados que origina pero también, las acciones que estimula. Pensemos en el ardiente discurso de algún activista, ese que mira una realidad que le duele —dice—, que le genera indignación e ira —subraya apasionado—. Palabras que emocionan, hipnotizan.

Entonces, ¿es la ira un pecado o una virtud?

Charles Duhigg profundiza en el funcionamiento de la ira como una emoción que, bajo las condiciones correctas, puede generar indignación moral colectiva. Una fuerza que combustiona y se contagia, que puede hacer que los otros se inspiren, se involucren y actúen. Sin embargo —concluye—, para que la ira sea productiva, en algún punto tiene que parar. Y ahí está el problema, en las redes nunca para. Los algoritmos no lo permiten.

La mecánica es simple. El 98 por ciento del ingreso de las plataformas de redes sociales proviene de la publicidad. Por su parte, las marcas buscan los contenidos más populares para publicitar en ese espacio sus productos o servicios. De aquí que el algoritmo de toda plataforma está diseñado para privilegiar y pagar los contenidos que generan mayor atención. La ira conecta y engancha. ¿Recuerda cuál fue el trendtopic número uno del viernes? ¡&%$#@¡&%ˆ! de Jorge Ramos y el Presidente %&#@!&@*!#$. Ahora súmele las #!%&¿@%!!&%@» declaraciones alrededor del tema que siguieron construyendo la conversación, sin olvidar los @!ı$%%?&@»! bots y cuentas falsas que amplificaron toda la ¡&%$#@¡*&%! conversación. Y es que en la política también hay clientela y causas que vender. La indignación vende.

Hater, así les dicen a los que odian en las redes. Hater el que escribe pero también el que comparte. Haters todos. Reproducimos y amplificamos. Megáfonos con dientes pero ciegos. Contenedores mercadeables de la ira de alguien más.

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En algún momento habrá que parar.

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@olabuenaga


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