Muchas personas me han estado consultando en los últimos días. Desde compañías que hacen infomerciales hasta productores de noticias.
Están preocupadas porque quieren seguir teniendo los números que tenían en febrero, en 2019 o en 2015 y, con la pena, eso ya no va a suceder.
¿Por qué? Porque como nunca en la historia de la televisión, cambiaron los hábitos y costumbres de las audiencias.
Las razones son obvias: la pandemia, el apagón analógico, la multiplexión, la crisis económica, los sistemas de distribución de contenidos en línea, los nuevos canales, los algoritmos, las redes sociales y una nueva generación más participativa, exigente y diversa, por mencionar sólo un poco de lo mucho que hay aquí.
¿Puede haber algo más estúpido, hoy, que jugar a la guerra de las televisoras como si viviéramos en 1996?
¿Puede haber algo más equivocado que atascar las pantallas de “chichis, nalgas y pleitos” para subir los ratings como si estuviéramos en los años 2000?
¿Puede haber algo más nocivo que diseñar los contenidos de los programas en función de agendas corporativas pretendiendo que el dinero siga entrando como entraba en 2012?
Sí nos tenemos que sentar a analizar el futuro inmediato de las diferentes ventanas que integran la industria de la televisión porque cada una está viviendo su propio infierno.
Desde la televisión abierta privada nacional hasta las plataformas globales más sofisticadas pasando por los canales de cable, los medios públicos, las señales especializadas en noticias, las pantallas premium y las redes sociales.
Por alguna extraña razón los ejecutivos están obsesionados con la creación de contenidos como si este negocio dependiera únicamente de eso.
No, señores. Esto también tiene que ver con programación, con promoción, con gente, con una larga lista de situaciones.
Cualquier canal puede tener el mejor programa del mundo, pero si no está programado adecuadamente, si nadie sabe de su existencia, si la prensa no le hace caso y si no tiene a los conductores adecuados, aquello inevitablemente va a fracasar.
Uno de los mejores ejemplos de que las cosas están cambiando es la telenovela La mexicana y el güero de Las Estrellas que, como usted sabe, fue movida de las 20:30 a las 18:30.
¿Qué fue lo que pasó si, objetivamente, esta producción de Nicandro Díaz tiene todo para triunfar? Que el público de esa ventana, de ese horario y de ese canal, ya no es el mismo, ya no quiere lo mismo.
Hasta hace algunos años, poner ahí una telenovela cómica hecha de esa manera, con ese reparto, hubiera sido garantía de éxito. Hoy, no.
En esa ventana, en ese horario, en ese canal, esa gente, en este momento, quiere contenidos familiares que, además de entretenerlo, lo orienten tal y como sucede con “La rosa de Guadalupe” o con los más recientes melodramas producidos por Juan Osorio.
Ya no es necesario que se produzcan telenovelas cómicas porque Televisa volvió a la producción masiva de programas humorísticos de alto impacto y porque, ante el surgimiento de las series como una verdadera opción para millones de personas, las telenovelas están volviendo a ser telenovelas.
Si La mexicana y el güero se hubiera hecho y transmitido a las 20:30 hace tres años, hubiera sido el cañonazo de 2017.
Hoy, el programa más visto de todo México es Soy tu dueña, el melodrama más tradicional del universo, una telenovela de 2010 que no se transmite en la noche. ¡Pasa a las 15:30 horas!
¿Qué nos está tratando de decir el público de la televisión abierta? ¿Qué mensaje nos están mandando las audiencias de Las Estrellas? ¿A dónde se fue el primetime?
Los horarios que antes eran malos ahora son buenos, los contenidos que antes eran buenos ahora son malos. Todo cambió, quien no lo quiera ver está perdido. ¿O usted qué opina?
alvaro.cueva@milenio.com