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Lunes , 18.03.2019 / 18:19 Hoy

El dilema de la mujer empoderada

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Que me perdonen mis queridos amigos de todas las televisoras de este país pero cada vez que escucho que se quieren poner a hacer historias de mujeres empoderadas siento que me va a dar un ataque.

¿Por qué? Porque por ahí no va la cosa.

Qué lindos que estén pensando en las maravillosas mujeres de este país y que tengan las mejores intenciones de producir mejores contenidos, pero siento que están equivocados.

¿Qué es una mujer empoderada? Supongo que una niña, una chica o una señora que se atreve a romper esquemas, a superarse, a luchar por las cosas que ama, a mejorar su mundo.

María (Saby Kámalich) de Simplemente María (1969) era una mujer empoderada.

Rina (Ofelia Mediana) de Rina (1977) era una mujer empoderada.

Mariana Villarreal (Verónica Castro) de Los ricos también lloran (1979) era una mujer empoderada.

Fernanda (Lucía Méndez) de Colorina (1980) era una mujer empoderada.

Leonora (Diana Bracho) de Cuna de lobos (1986) era una mujer empoderada.

Mónica (Edith González) de Corazón Salvaje (1993) era una mujer empoderada.

Marimar (Thalía) de Marimar (1995) era una mujer empoderada.

María Inés (Angélica Aragón) de Mirada de mujer (1997) era una mujer empoderada.

Cristina (Adela Noriega) de El privilegio de amar (1998) era una mujer empoderada.

Gaviota (Angélica Rivera) de Destilando amor (2007) era una mujer empoderada.

Alma Aparicio (Gabriela de la Garza) de Las Aparicio (2010) era una mujer empoderada.

Ana Leguina (Vanessa Guzmán) de Infames (2012) era una mujer empoderada.

¡Y le puedo llenar la hoja con otros 450 ejemplos! ¿En qué momento se les olvidaron a estos señores 60 años de historia?

¿A qué hora decidieron que todo este riquísimo pasado era de mujeres agachadas, mediocres y pasivas? ¡Ahora resulta que para ser mujer empoderada hay que tomar un rifle y vender drogas! ¡Ahora resulta que para ser mujer empoderada hay que coger, chupar y matar!

¿No sería más fácil hacer bien las cosas? Si las telenovelas mexicanas ya no gustan como antes no es por culpa ni de la evolución de la mujer ni porque el formato se haya gastado.

Es porque de la nueva Televisa (1997) para acá a mucha gente le dio por no querer invertir, por no crear estrellas y por darle la vuelta al archivo.

Así no hay manera de triunfar ni a nivel nacional ni a escala internacional. ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!

Qué casualidad que mientras que el mundo entero clama por comprar y vender telenovelas, aquí nos estamos tratando de convencer de que esto se murió.

¿Se murió? Pregúntele a los brasileños que están triunfando como nunca produciendo telenovelas.

Pregúntele a los turcos que se ríen vendiéndonos sus melodramas a nosotros que fuimos los que inventamos la fórmula.

Con todo respeto, estoy convencido de que un alto porcentaje de la gente que lleva años tomando las decisiones de la industria en nuestro país está enferma de soberbia.

Estos hombres y mujeres no están produciendo ni para nuestras audiencias ni para nuestros clientes en otras partes del mundo.

Están produciendo para ellos, para lo que estudiaron en sus carísimas universidades extranjeras, para sus maestros de cine o, incluso, para sus conservadoras mamás.

¿Quién les dijo que la prioridad para las mujeres que miran la televisión abierta privada nacional era la misma que la de las ejecutivas triunfadoras de Chicago, Melburne y Berlín?

¿De dónde sacaron que nuestras madres de familia están sufriendo por no poder estudiar una maestría en el extranjero cuando sus hijos no tienen qué comer?

¿Cuál es su fuente para determinar que las espectadoras de nuestras grandes cadenas de televisión están llevando una vida glamorosa entre el Starbucks, el Tinder y el Uber Eats?

¡Por el amor de Dios! Ya no le paguen millonadas a asesores que no entienden la diferencia entre Netflix, SKY y Las Estrellas o entre Estados Unidos, México y Colombia.

Este negocio se está pudriendo por falta de humildad, por no querer pensar como pensaban don Ernesto Alonso (El maleficio), Valentín Pimstein (Vivir un poco), Yolanda Vargas Dulché (Rubí) y Caridad Bravo Adams (La mentira).

Yo sé que para una mente educada, de clase media para arriba, debe ser muy doloroso reconocer que a lo mejor las prioridades de la mayoría de nuestras mujeres no son las mismas que las de las activistas del movimiento #MeToo.

Pero para mí no deja de ser significativo que entre más se le mueve a los contenidos y a los formatos dramatizados en este país, más se hunde la industria.

Queridos amigos de las televisoras, gracias por querer cambiar, pero mejor no cambien, vuelvan a hacer lo que hacían antes.

No necesitamos más.

Cuando un producto es bueno, cuando está hecho por y para las audiencias, funciona porque funciona.

No hay necesidad de empoderar a nadie cuando se hace televisión de verdad. ¿O usted qué opina?

alvaro.cueva@milenio.com

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