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Miércoles , 24.04.2019 / 03:37 Hoy

Fusilerías

Un sombrerudo armado

Alfredo C. Villeda

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Fue el 22 de abril de 2016, pasado el mediodía. Después de una entrevista con el escritor italiano Alessandro Baricco, el reportero registró su salida y acudió al restaurante del hotel para comer algo antes de dirigirse al aeropuerto de Monterrey y regresar a la Ciudad de México para escribir el texto, que se publicó el sábado pasado en estas páginas.

Había poca gente, pues ya había pasado la hora del desayuno tipo bufet y era temprano para la comida. Solo dos o tres mesas estaban ocupadas, pero una de ellas llamaba la atención. Unas 10 personas, todas a camisa de cuadros, vaqueros y sombrero, departían y entre ellos figuraba una chica alta, morena, que parecía salida de un videoclip de Bandamax.

No había escándalo ni mucho menos. Muy ordenados todos los sombrerudos mientras la dama se levantaba, iba al vestíbulo, hacía llamadas y volvía a su mesa. Todo normal. El reportero estuvo más o menos una hora en el sitio, pagó su cuenta y se retiró. Todavía antes de abordar el elevador, el encargado de los registros lo alcanzó para informarle de una devolución, por lo que el huésped tardó otros minutos.

Afuera ya lo esperaba un taxi. Cuando el reportero se dirigía a la salida encontró de frente a otro grupo de sombrerudos, uno de los cuales cargaba al hombro, sin la menor preocupación de ser visto, un rifle. Se internaron en el hotel y se dirigieron a los elevadores. Iban charlando de buena gana.

—¿Vio? —preguntó el conductor del taxi al reportero, que por obvias razones siguió de frente al cruzarse con el grupo.

—Vi lo mismo que usted —respondió el periodista, desconcertado porque no sabía el motivo de la pregunta. ¿Curiosidad? Quizá. ¿Y si el taxista viene con ellos? No, está muy sonriente y, además, se ofrece presto, amable, a cargar la maleta y subirla a la cajuela.

Una vez ambos a bordo del vehículo, el conductor, siempre afable, dice:

—No se preocupe. Es la gente de avanzada de El Komander.

El reportero se preocupó más, porque no estaba seguro si El Komander era el jefe de una banda de pillos o de una banda musical o de ambas.

—Disculpe la ignorancia, creo haber oído de él, pero ilústreme.

—Ah, pues es un cantante muy famoso, Alfredo Díaz, que mañana (el sábado 23 de abril) dará un concierto en la Arena Monterrey. El año pasado vino también, estuvo a reventar el concierto, y también se hospedó aquí y también mandó su avanzada.

–¿Y su avanzada siempre viene armada, como acabamos de ver?

—El año pasado no vi a nadie armado —respondió el chofer.

Ya con la tranquilidad de saber que eran guaruras de un cantante y no gente que planeara balear a alguien, la siguiente preocupación del reportero era que el sombrerudo del fusil se topara con Alessandro Baricco en los pasillos del hotel, qué vergüenza, sobre todo cuando el escritor italiano le acababa de confiar que quiere regresar a Monterrey para escalar el Cerro de la Silla, esa montaña de forma "insensata", como la llamó.

El Komander, en efecto, ofreció un concierto al día siguiente en la Arena Monterrey ante 2 mil personas, en un escenario con capacidad para 10 mil. Al reportero, por supuesto, no le consta que los dos grupos de sombrerudos pertenezcan al equipo del cantante ni que el año pasado se haya hospedado en el mismo lugar con el envío de una avanzada similar 24 horas antes.

Sí le consta, empero, que un hombre de esos iba con un rifle al hombre, a plena luz del día, y entró al hotel como turista con toalla en Acapulco. Si el conductor hubiera contado esta historia al periodista sin el episodio en que ambos vieron al sujeto armado de por medio, sería una más de esas con las que los conductores gustan amenizar los traslados a sus pasajeros foráneos.

Antes del concierto, en conferencia de prensa, El Komander salió en defensa de un colega suyo, Gerardo Ortiz, hoy en medio de una polémica judicial y pública porque en el video de una de sus canciones recrea la ejecución de una mujer infiel, él como actor, en una finca jalisciense sujeta al escrutinio del Ministerio Público, por lo que pesan sobre él sospechas ya de lavado y narco.

Y es que veces es tan delgada la línea entre el personaje del espectáculo, el contenido de sus productos, y la realidad del crimen imperante en el país.

www.twitter.com/acvilleda

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