• Regístrate
Estás leyendo: Reencuentro con la Inmaculada de Murillo
Comparte esta noticia
Miércoles , 24.04.2019 / 17:19 Hoy

Fusilerías

Reencuentro con la Inmaculada de Murillo

Alfredo C. Villeda

Publicidad
Publicidad

Hace unos treinta años algún museo de la capital exhibió uno de la veintena de cuadros de la serie de Inmaculadas de Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla 1617-1682). Siendo un espectador ajeno a la información especializada sobre el tema, aún hoy ignoro si se trató de la pieza de la colección de Pérez Simón, ese asturiano que vino a México de niño y se convirtió en un gran coleccionista de arte, o alguna otra.

Sí estoy seguro, en cambio, del impacto que aquel cuadro me dejó, cuya dimensión no percibí hasta que tuve oportunidad de conocer el Museo del Prado y estuve de nuevo frente al personaje favorito del pintor sevillano, esta vez ante La Inmaculada concepción de los Venerables o “de Soult”, uno de los cuatro óleos de la serie que alberga el imponente recinto de Madrid.

Sin embargo, una lectura reciente sobre otro asunto es la que ha abierto esa combinación de experiencias con una irreprochable prosa. Se trata de La última modelo (Acantilado 2016), de Franck Maubert, quien recuerda que un desengaño amoroso lo lanzó una tarde a las salas de un museo en el que una mirada lo cautivó, una que salía de un cuadro titulado Caroline (Alberto Giacometti, 1965).

“Erraba como un sonámbulo, perdido en una exposición de retratos, sin prestar mayor atención a las obras. Hasta que me detuvo un cuadro o, mejor, una mirada. Era una mujer joven sentada frente al pintor, con un vestido rojo y las manos en los muslos. (…) Aquel retrato me hablaba. Un rayo de sol oblicuo incidía en el rostro de la modelo, que resplandecía con un efecto de esmalte dorado. Tras la trama de trazos oscuros, la fuerza de sus ojos profundos, como excavados en la materia, me atraía poderosamente”.

De este encuentro fortuito el autor ha investigado la historia de amor de Giacometti y esta joven prostituta que se convierte en su musa única, su diosa, a la que daba todo lo que quería, porque era un artista a quien poco importaba el dinero. “Yo era su desmesura”, le confía una avejentada Caroline a Maubert en la charla que cierra este pequeño, delicioso volumen sobre una relación de tres que comenzó con un cruce de miradas de un espectador y una modelo con la mediación de un monstruo del arte italiano.

Sin atreverme a ensayar una confidencia con la calidad de la de Maubert, sé que no fue la mirada de la Inmaculada de Murillo la que, cruzándose de improviso con la mía, me trajo a este momento de la memoria, pues ella mira a las alturas, a las que asciende rodeada de otras pequeñas entidades celestiales, ataviada con túnica blanca y capa azul, cuyo movimiento exhibe el ascenso.

Fue acaso el rostro delicado de una mujer de belleza esplendorosa, con un brillante halo y cuernos de la luna a sus pies, el que estuvo guardado casi tres décadas antes de irrumpir con esa gravitación de virgen de Murillo hacia el cielo en una sala del Museo del Prado, una calurosa tarde de verano de 2015. Lo tenía que contar y lo he contado.

@acvilleda

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.