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Viernes , 15.02.2019 / 18:15 Hoy

Tabula rasa

Control total, de nuevo

Alfonso Valencia

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Hace un par de semanas escribí la historia de los tres manuscritos sobrevivientes de una canción medieval que, ejecutada y entonada de manera correcta, era capaz, se dice, de doblegar la voluntad de quien la escuchara. Sé lo que están pensando: el que ejecuta también escucha: ¿qué, entonces? Pues se supone que el que ejecuta sabe: eso lo blinda, por decirlo de algún modo; justo como el hipnotizador que no cae dormido ante el péndulo o el espiral que manipula para doblegar a otro. El manuscrito original, recibido por Alfonso X en Castilla, a pocos días de haber sido coronado en 1252, fue enterrado por el mismo rey, luego de realizar copias que fueron destruidas. Pero un sabio, Joseph de Toledo, el Hebreo, lo memorizó y lo reprodujo dos veces. Una de esas copias (que incluía los comentarios de Alfonso X) llegó hasta Samarcanda, donde se presume fue estudiada y transmitida de generación en generación por las esferas dominantes del islamismo. La otra fue descubierta, como vimos hace dos semanas, por la avanzada rusa que ingresó al Reichstag a la caída de la Segunda Guerra Mundial.

La eficacia de la canción, evidentemente, no está a discusión: es imposible que exista tal cosa, sencillamente. La canción, para funcionar, involucraría un elemento mágico, un mecanismo fuera de toda lógica. Pero el hecho de que los historiadores hayan rastreado su paradero en dos lugares que han sufrido la dominación de las voluntades de quienes los habitan, resulta muy sugerente. La cuestión no es la eficacia de la canción, sino la coincidencia: la sutil red que une la leyenda con los hechos concretos de la historia.

De igual naturaleza es el llamado Violín de Andreas, resguardado en la colección privada del magnate Gerard van der Decken, en Nueva York. El instrumento, se dice, fue construido por un laudero alemán, cuyo nombre no importa (pero puede intuirse), que murió luego de pasar sus últimos años en una torre, aislado del mundo, sumido en un estado de contemplación en el que, según escribió en sus diarios, le fue revelado el fin de los tiempos y la clave de su salvación: en su visión, el mismísimo arcángel Gabriel le mandó construir siete violines, y cada uno fue marcado con el signo de cada una de las calamidades del fin. La pieza es la única que sobrevivió, o eso se cree, al saqueo que sufrió el histórico taller del artista. Los van der Decken la adquirieron a un precio irrisorio en una subasta de antigüedades en Berlín. El violín, inexplicablemente, no tiene uniones, es decir, pareciera estar “tallado” de una sola pieza de madera. Sólo una vez ha sido tocado, pero, de nuevo, una coincidencia nos hace sospechar: luego de ser probado por el propio abuelo de van der Decken, una plaga de cornezuelo arruinó las cosechas de trigo, causando hambruna en los sectores más pobres de la Alemania de 1798. Desde entonces, como bien pueden adivinar, no ha se ha vuelto a tocar con él melodía alguna.

@jalfvalba2

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