Conozco a varias personas que han dejado de ver o escuchar noticias. Es comprensible. La mayoría de la información que recibimos es negativa y abrumadora. Cada ser humano ya enfrenta suficientes desafíos en su propio entorno como para sumar más cargas que aumenten sus niveles de estrés o ansiedad.
Vivimos en un mundo roto, y también nosotros llevamos grietas que intentamos ocultar. Sabemos con qué luchamos, aunque nadie más lo note. Recuerdo que, en el pasado, leía libros de superación personal, textos humanistas y filosofías orientales para encontrar sentido a mi existencia y escapar de una vida miserable, escondida tras las apariencias. Hallé frases bellas y motivadoras, pero nada que me diera libertad, seguridad o identidad. Nada, hasta que Jesucristo vino a mi encuentro. Y créeme, yo no lo estaba buscando.
Las buenas noticias no abundan ni suelen durar. Pero hay una que ha atravesado siglos y sigue abriéndose paso en medio de cualquier oscuridad: Dios te ama. No te ha perdido de vista. Va hacia ti, incluso cuando tú no piensas en Él.
Dios conoce tus heridas más profundas, tus fracasos, tu culpa y tu vergüenza. Aborrece el mal que te ha ocurrido y también el que tú has hecho a otros. Pero te ama, y por eso no quiere dejarte como estás: “Y Jesús, al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36). Jesús te ve tal cual estás: desamparado, disperso, ocupado en lo que no traerá sanidad ni libertad, rodeado de personas, pero sintiéndote solo, incomprendido, atrapado, desesperado o incluso abandonado. La buena noticia es que Jesús no te desecha, sino que te ve con compasión y viene ahora mismo a tu encuentro.
¿Cómo es eso posible? Jesús fue a la cruz para saldar la deuda de tu pecado, salvarte, liberarte, transformarte y llevarte a una relación personal con Dios: “Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros… clavándola en la cruz” (Colosenses 2:14). “Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”, (Romanos 8:34).
La buena noticia es que Jesús ya hizo todo para rescatarte. Hoy viene a tu encuentro. Solo te toca creer en él, abrirle tu corazón, y entrégale tu vida.