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Viernes , 19.04.2019 / 20:03 Hoy

Pa'no molestar

El susurro del viento entre las ramas…

Alejandro Evaristo

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El picaporte apenas se sostiene de una pequeña palanca, también de fierro. Está completamente oxidado y todos los años transcurridos han empezado a horadar el otrora poderoso material que apenas sobrevive atascado a la madera apolillada, incompleta, destruida.

La puerta cuelga un poco pero sigue cumpliendo su función. Rechina, es cierto, pero abre y cierra casi con normalidad; solo hay que hacer un poco de esfuerzo para levantarla y evitar que se atore en el piso. Alguien debería ajustar de una vez por todas las bisagras, pero nadie en los alrededores parece saber cómo se usa un destornillador. Ni modo.

Podría decirse que la peor parte del inmueble es precisamente el acceso, pero la realidad es diferente. Todo el exterior está en condiciones deplorables: las ventanas lucen sucias y la cantidad de polvo acumulada en los cristales impide distinguir el interior y también el paso de la luz; en las alturas son visibles algunos tramos de las enormes vigas que sostienen la techumbre y las tejas están ya requemadas; la pintura en las paredes es solo un buen recuerdo de tiempos mejores y las columnas al frente tienen marcas de escurrimientos y de decenas de otoños, aunque son firmes.

Con esa vista del exterior todo mundo piensa que dentro la cosa podría estar peor, afortunadamente no es así. Algunas personas que han entrado lo atestiguan y por eso coinciden y regresan, aunque varios ya sin la suficiente fuerza para levantar la puerta.

La maldita puerta…

***

Mentir es un arte. Se trata de todo un entramado de palabras y acciones destinadas a ocultar o cambiar la realidad de un hecho, una acción o una situación.

Para tener tal capacidad, la persona involucrada debe tener una serie de cualidades ocultas para la generalidad y mantenerlas así, lejos de miradas juzgadoras y señalamientos públicos. ¿Qué necesidad de mostrar lo que se sabe y evidenciar los conocimientos?

Algunos tienen facilidad para idear historias, pero los mentirosos natos no tienen necesidad de ello porque lo suyo surge natural, sin esfuerzo de ningún tipo. A lo largo de su vida han acumulado una serie de historias y a la postre se valen de ellas para seguir adelante, engañando a quienes se encuentran a su alrededor y a los otros que van cayendo en su camino.

Es evidente, casi siempre alcanzan sus objetivos porque su inteligencia está canalizada en su totalidad a sostener la falsedad de sus palabras y actos y aun cuando ocasionalmente puedan caer al convertirse en víctimas de sus propias mentiras, siempre hay manos amigables dispuestas a reincorporarles al camino trazado, sin cuestionar y sin pensar.

Así son y andan por la vida simulando, sonriendo, convenciendo a propios y extraños con historias falsas que todos los demás creen e incluso repiten a oídos de personas fácilmente impresionables y de razonamiento torpe.

Ese refrán, el del tuerto, la tierra, los ciegos y el rey, es muy real y los mentirosos se lo han apropiado para convertirse en un cíclope monarca de esta zona. Alcanzan cumbres que otros apenas pueden imaginar y asientan sus reales ahí, en lo alto.

He conocido a varios así en los últimos meses…

***

Son pequeños y corren hacia el campo de la escuela. El cielo se está cayendo, literalmente, y la increíble cantidad de líquido ha inundado por completo la cancha. Los amigos comparten 8 o 9 años y van acompañados o acompañando a otros tantos chavales del barrio que, como ellos, atraviesan la valla de red y corren hacia una de las porterías. Son unos 10 niños sin balón que se arrojan al lodazal y se deslizan entre tierra y agua de lluvia para jugar a “policías y ladrones”. Algunas niñas se suman a la fiesta ofrecida por eso que llaman la madre naturaleza y se dividen todos finalmente en “buenos” y “malos”. Ellos y ellas retozan, se avientan, corren, ríen, caen y se incorporan una y otra vez durante esa majestuosa media hora de tormenta.

Algunos padres los ven de lejos, bajo el resguardo protector de alguna marquesina, y sonríen para sí mismos agradeciendo a Dios y a la santísima Virgen lo saludable de sus crías, aunque a gritos les conminan a volver y con todo su amor les regañan y les obligan a bañarse y vestirse con ropa seca para evitar una pulmonía.

De todo el grupo destacan dos en especial: uno por ser ajeno al vecindario y el otro por ser hijo de la señora guapa, la grandota que se ve hermosa cuando a veces se peina con cola de caballo y sale a la calle en una falda “de tubo” y sus zapatillas negras. No lo saben, pero se han hecho mejores amigos de por vida y comparten muchas primeras veces: un cigarro; las escenas de Silvia Kristel, la actriz de largas piernas y hermosos ojos azul claro, en un tren y una cancha de tenis y una silla de mimbre; el allanamiento a algunas de las salas quirúrgicas del hospital regional; los frutos curtidos con sabor a alcohol; una cerveza cerca de la antigua estación del tren y, por supuesto, “Casablanca”, con la hermosísima Ingrid Bergman y el infeliz de Humphrey Bogart arrancándola de los sueños infantiles recordándole que siempre tendrían París…

***

Entra, se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero de metal. Avanza despacio, recorre con la mirada cada espacio y trata de grabar en su mente la ubicación de cada mueble, cada planta, cada recoveco. Le invitaron a comer, así que se olvida de cualquier rasgo de urbanidad, y se sienta a la mesa lanzando una mirada de desprecio a los otros comensales desde lo alto de su soberbia y lo ancho de su enorme boca.

No quiere interactuar con nadie, así que se hace la sorda y empieza a disfrutar de la sopa de fideos tibia que pidió a la empleada doméstica, para empezar. Al término le llevaron su chilito pasilla con carne y frijoles negros acompañados con tortillas calientitas recién salidas del comal y su agüita de limón con chía. Fue la única persona que pidió alimentos fuera del menú original y lo disfruto al límite mientras los demás reían y charlaban animosamente con el anfitrión y su familia.

Al término disfrutan todos de un café recién traído de los altos de Chiapas (la cosecha del patrón, dicen) y a los pequeños sirven nobles trozos de gelatina en vasos de plástico con cucharillas del mismo material. Todos están felices y festejan las ocurrencias que surgen en cada una de las primeras oportunidades que los ahí reunidos encuentran para hablar. Animosos, se resisten a abandonar el lugar porque su calidez es incomparable y están a gusto, pero alguien les espera en otro sitio y deben partir. Agradecen las atenciones, abrigan a los pequeños y avanzan desganados a la puerta. En el perchero hay una pieza aún que a nadie pertenece, la revisan y la rechazan porque tiene un olor repulsivo y todos se preguntan de quién es, pero nadie se atreve a tocarla. A punto de enviarla a la basura, se escucha una voz y se vislumbra la figura de una persona con las manos llenas de desperdicios caminando apurada hacia la salida. -¿Qué lleva entre sus manos?, sobras, solo sobras…

***

Le habían encargado ir a comprar algunas cosas al centro comercial frente al fraccionamiento. Amigos como eran no se dejaban ni a sol ni a sombra y fue a decirle que iría al supermercado, que le acompañara. A sus 10 años ya había entendido parte de su papel en la familia y corrió a la recámara. Ese sábado su madre estaba indispuesta por cuestiones corporales ajenas a sus andanzas infantiles y se ofreció gustoso a ir a comprar la comida o comprar lo que hiciese falta para la casa. Hasta le pediría a su amigo del alma que le acompañara. Salió feliz con el billete de cien pesos resguardado en la bolsa derecha del pantalón y la sonrisa plena a mitad del rostro porque en la otra bolsa llevaba la cajetilla de cigarros que había comprado días antes. Se sentarían en alguna de las jardineras del estacionamiento y encenderían uno de los pitillos, lo rolarían y seguro a alguno le daría un ataque de tos como la última vez, pero no harían caso y seguirían jugando a ser grandes.

Caminaban animosos y apenas habían avanzado unos cuantos pasos cuando vieron la casa grande, la más bonita de la cuadra, y sus enormes ventanales del segundo piso abiertos y una chiquilla recargada escuchando el cantar de las aves y el susurro del viento entre las ramas y el follaje. Sonrieron los tres y el trío prometió una tarde inolvidable y ella dijo su nombre y ellos lo olvidaron porque las niñas no eran su prioridad entonces, aunque cumplieron el compromiso y se encontraron más tarde en el campo, en medio de la tormenta…

***

Dicen que en tierra de ciegos el tuerto es rey. Por eso hay tanto mediocre en los alrededores. Se disfrazan de profesionistas y buscan transmitir “lo que saben” a otros tan o más ignorantes que ellos y aprovechan sus dos minutos de fama y se hacen las víctimas porque así funcionan las cosas en estas tierras abandonadas por Dios y la madre naturaleza.

Alguien se dignó a apretar las bisagras de esa puerta y al final de la calle va un indigente estrenando un abrigo que huele peor que él y cantando para sí “…yaaaaaaa, ni lloraaaar es buenooooo…”.

alejandro.evaristo@milenio.com

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