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El Amargo Récord de "Sinners"

  • Columna de Alberto Santos
  • El Amargo Récord de "Sinners"
  • Alberto Santos

La industria del cine tiene una memoria selectiva y, a veces, profundamente cruel. Lo que acabamos de atestiguar en la edición 98 de los Oscar con Sinners no es solo un dato más para la trivia de los historiadores; es una radiografía exacta de cómo Hollywood te eleva al Olimpo en enero para después dejarte caer con el peso de doce estatuillas perdidas en marzo.

Ryan Coogler llegó al Dolby Theatre con un número que mareaba a cualquiera: 16 nominaciones. En el papel, la cinta era un tsunami que amenazaba con borrar los récords históricos de Titanic o Ben-Hur. Sin embargo, al encenderse las luces de la sala y comenzar el desfile de sobres, el conteo dictó una realidad muy distinta: solo cuatro triunfos. Para muchos, esto huele a derrota estrepitosa. Para quienes estuvimos ahí sintiendo la temperatura de la sala, la lectura es otra.

¿Estamos realmente ante el fracaso del año o frente a una injusticia que quedará marcada en el celuloide? Para entender este fenómeno, diría que debemos "mirar más allá de lo evidente", si como en los Thundercats. Es cierto, perder en doce categorías suena a una humillación pública, a un "gracias por participar" a escala global que debe doler en el ego de cualquier producción de este calibre. Pero cuando analizas la calidad de los premios obtenidos por Coogler y su equipo, la perspectiva da un giro de 180 grados. No todos los Oscar pesan lo mismo, y eso es algo que a veces olvidamos en la euforia del conteo.

Michael B. Jordan finalmente rompió su racha y reclamó el Oscar a Mejor Actor. Ese es el corazón de cualquier gala; es el premio que valida el alma de una película y el que se queda grabado en la retina del público. Si a eso le sumamos el hecho histórico de Autumn Durald Arkapaw, la primera mujer en ganar Mejor Fotografía, y el reconocimiento al Guion Original, estamos hablando de lo que me atrevo a llamar premios de "sangre azul". Son galardones que no solo sirven para rellenar estantes en una mansión de Malibú, sino que definen eras y cambian la narrativa de la industria para siempre.

El verdadero veneno de esta historia fue, sin duda, la expectativa. Cuando superas el umbral de las nominaciones de los grandes titanes, el mundo deja de esperar excelencia y empieza a exigir. Al no suceder el famoso "carro completo", la narrativa mediática, siempre hambrienta de drama, transforma el éxito en la historia del "gran perdedor". La Academia decidió darle a Sinners una palmada en la espalda para reconocer su técnica y sus actuaciones, pero le cerró la puerta en la cara en las categorías de Mejor Película y Dirección. Prefirieron la visión de Paul Thomas Anderson y Una Batalla tras otra, una cinta que terminó por devorar el oxígeno de la noche con una propuesta que, a mi parecer, conectó más con los votantes.

Pero seamos honestos: el cine no es una competencia deportiva con un marcador final que determine quién es mejor artista por tener más puntos. Sinners se va a casa con el estigma de haber dejado doce premios en el camino, sí, pero con la certeza de que su impacto cultural ya no depende de un jurado que cambia de opinión cada año.

Al final, me queda una reflexión que me resulta incómoda: ¿Qué pesa más en la historia del cine? ¿El volumen de trofeos acumulados o la trascendencia de un solo protagonista que logra conectar con el público de manera genuina? Yo, personalmente, prefiero mil veces el talento que sobrevive al paso del tiempo y a las modas, que una vitrina llena de piezas de oro que nadie recuerda en cinco años.

La moneda está en el aire y la conversación apenas empieza. ¿Ustedes qué dicen? ¿Vale más un Oscar a Mejor Actor que diez categorías técnicas ganadas por inercia?.

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