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Miércoles , 20.02.2019 / 20:10 Hoy

Sin ataduras

Adiós a Roma

Agustín Gutiérrez Canet

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Roma. Ayer fui a la Fontana di Trevi a despedirme de la ciudad en la que viví los últimos dos años. Siguiendo la tradición, arrojé una moneda.

La vida da vueltas. Hace 32 años hice lo mismo, muy joven, cuando terminé mi primera misión diplomática en 1987. Ahora, jubilado, cierro otro círculo. Y la vida sigue.

¿Qué pasa con tantas monedas esparcidas en el fondo de la fuente? Algunos deseos se habrán hecho realidad, otros quedarán ahogados, pero lo cierto es que las monedas son recogidas a diario para destinarlas a obras de caridad. Moneda tras moneda, deseo tras deseo, cada día se juntan 4 mil euros, según La Repubblica. Al año, tanta morralla significa una fortuna de casi un millón y medio de euros.

La ciudad sigue igual. Siguen las mismas plazas bellas y las mismas calles sucias. Arriba, la belleza; abajo, lo feo. En Roma se debe caminar con la vista en alto para admirar iglesias y palacios, y mirar al piso para evitar hoyos y basuras.

El adoquinado sanpietrini, llamado así porque en la Plaza de San Pedro se colocó por primera vez, resulta hermoso, pero puede ser una verdadera trampa para los tobillos en las calles irregulares, plagadas de baches.

Existen algunos sanpietrini de metal dorado, en memoria de judíos italianos deportados a campos de concentración. Frente a la puerta de mi casa hay tres de ellos con el nombre de Graziella, Letizia y Elvira Spizzichino. Indican que en el mismo edificio donde vivo, habitaron las tres hermanas. De ahí salieron arrestadas el 9 de mayo de 1944, dos expulsadas a Bergen-Belsen y otra a Auschwitz, todas asesinadas en menos de un año. Atroz recuerdo de la brutalidad nazi que algunos peatones, inconscientes, pisamos sin darnos cuenta.

Arrojar la basura parece ser una antigua y arraigada costumbre de romanos. Todavía existen en los muros lápidas del 30 de agosto de 1765, que prohíben tirar desechos: “…si proibisce a qualunque persona… di gettare e fare gettare in questo sito imondezze...”. Y justo debajo del mismo lugar, los vecinos amontonan la inmundicia en bolsas de basura, rotas a veces por las gaviotas carroñeras.

Más allá de indagar en los conocidos acervos de Roma, me gusta investigar en archivos, bibliotecas y librerías de menor fama, en relación con la historia, el arte y la cultura de México.

En el archivo de la Academia de San Lucas descubrí hace tiempo un desnudo masculino a lápiz de Juan Cordero, por el cual obtuvo en 1846 el primer lugar de la clase de dibujo. De dicho logro no quedó registro en la magna biografía escrita sobre el pintor por Elisa García Barragán.

En la Biblioteca Casanatense encontré uno de los primeros libros impresos en la Nueva España, de 1556, considerado un “incunable mexicano”. Se trata de las Constituciones del Arzobispado, de fray Alonso de Montúfar, segundo arzobispo de México, asunto del cual escribí el 3 de marzo de 2018.

También me gusta curiosear en librerías anticuarias. Una de mis favoritas es Calligrammes, cerca de la Piazza Navona. Ahí me topé con un opúsculo de un oscuro diplomático mexicano, José Basilio Guerra, representante en 1841 del Imperio Mexicano ante la Santa Sede. Historia que conté el 12 de agosto de 2017 en MILENIO.

Bueno, es hora de dar las gracias y despedirse de Roma. Nos vamos a Washington. La vida sigue.

gutierrez.canet@milenio.com
@AGutierrezCanet

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