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Por qué la bioética debe ser laica

El Estado debe entonces ser imparcial en materia de creencias y los funcionarios del mismo distinguir entre sus creencias personales y su función como servidores públicos. Una bioética laica es la que debe entonces orientar sus acciones.

Por Roberto Blancarte

Ilustración: Adrián Pérez, cortesía de Nexos

En el Colegio de Bioética afirmamos que la bioética debe ser laica. No siempre queda claro, sin embargo, por qué debe ser así. Frente a las numerosas instituciones que compiten por la razón bioética, entre las cuales hay muchas que se asumen religiosas o inspiradas por una doctrina sagrada, la necesidad de que nuestra ética sea secular requiere una mínima explicación. No se trata, en ese sentido, de fundamentar una bioética antirreligiosa, puesto que la laicidad no surgió para combatir las creencias, sino para permitir la diversidad de las mismas. Pero en el origen de lo que ahora llamamos Estado laico y antes de la libertad de creencias, de culto o de religión está otra libertad que permite las otras: la de conciencia. Fue a ella a la que apeló Martín Lutero, cuando se enfrentó en la Dieta de Worms al Emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico (y I de España) y le dijo, entre otras cosas: “Mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios. No puedo retractarme y no me retractaré de nada, pues ir contra la conciencia no es justo ni seguro. Dios me ayude. Amén”. A partir de ahí y después de muchas guerras y muertos, la libertad de conciencia se ha venido abriendo camino, por lo menos en el mundo occidental. O sea que la secularización de nuestras instituciones gubernamentales tiene su origen en una convicción religiosa, misma que eventualmente abrió camino a la posibilidad de que bajo un mismo soberano y una misma ley hubiese diversidad de creencias e incluso la no creencia, cosa que nos costó varios siglos aceptar y en cierto sentido nos sigue costando hacerlo. Pero el hecho es que, en una democracia de derecho, constitucional, como es la nuestra, por lo menos en el papel, la diversidad de creencias es una realidad que formalmente obliga a nuestra República y a nuestro Estado a ser laicos. Esta laicidad supone una distinción entre política y religión, entre Estado y agrupaciones religiosas, así como entre público y privado.

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