Por Hugo Garciamarín
Ilustración: Alma Rosa Pacheco, cortesía de Nexos
Lombardo recuperó el origen de la palabra tapado y mencionó que, como fenómeno político, era síntoma de la falta de democracia, pero acotó, por eso era indispensable su agenda: un sistema electoral democrático, el fortalecimiento de los partidos políticos, la rehabilitación del Congreso de la Unión y la alianza de las fuerzas progresistas. Y ya. Ésa fue toda la polémica intelectual. Lombardo, viejo lobo de mar y que se había curtido enfrentando a golpistas y a grandes caciques, no vio en Revueltas a un archirrival ni mucho menos. La polémica cobró una relevancia mayor ante los ojos de un público distinto al de su época, que vio en ella y en los planteamientos a la luz del 68, el encuentro histórico entre la honorabilidad y la deshonra de la izquierda mexicana. Pero si alguien defendió públicamente el honor de Lombardo fue José Revueltas. Sucedió en la Mesa Redonda de los Marxistas Mexicanos de 1947, cuyos desencuentros no fueron sólo culpa de Lombardo, como se afirmaría en el 83. Todas las izquierdas asistieron a la reunión bajo el entendido de que era necesaria la unidad y que el único con la capacidad de convocarla era Vicente Lombardo Toledano. Pero, aun así, llegaron con los cuchillos afilados. La razón era la próxima elección de la CTM. Ninguno de los asistentes cedió en sus aspiraciones cetemistas —pese a sus coincidencias con el posicionamiento de Lombardo y con la necesidad de fundar el Partido Popular— lo que derivó en todo tipo de descalificaciones.