Por: Walid Tijerina
Ilustración: Patricio Betteo, cortesía de Nexos
Ante tan difusa y repetida emergencia de figuras políticas con discursos xenófobos y nacionalistas, uno no termina más que preguntándose si no es ocioso ya hablar solamente de populismo o de extremas derechas. Hay un desencanto tan enraizado (y mal canalizado) en nuestras democracias que parece exigir preguntas y exploraciones más allá de la política. Y en este rubro, las exploraciones de Charles Taylor tienen mucho que aportar.1 La obra de este filósofo canadiense resalta con precisión cómo la transición de un orden regido alrededor de Dios a un orden secular ha dejado mucho qué desear y muchos vacíos sin llenar. En este segundo orden, bajo los auspicios iniciales de la Ilustración Europea, el cartesianismo y las teorías del liberalismo clásico, se consolidó gradualmente la idea de que nuestras sociedades eran maleables y que, bajo el nuevo orden racional del ser humano, se podía erigir sociedades ideales donde antes avasallaba la pobreza, la desigualdad y la inseguridad. El orden y progreso de Comte. El positivismo científico adoptó cierta especie de darwinismo social donde nuestras civilizaciones evolucionarían necesariamente a etapas de bienestar y felicidad generalizadas. Puestas en práctica, sin embargo, estas teorías tuvieron sus primeros tropiezos. Crisis mundiales como la Gran Depresión de 1929. Dos guerras mundiales y la Guerra Fría. Pero al finalizar esta última se vaticinó que, ahora sí, se tenía la ruta para llegar a nuestras versiones ideales. Las cartografías de nuestro progreso fueron ahora impulsadas por el discurso del desarrollo y la erradicación de la pobreza.