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Viernes , 22.03.2019 / 02:47 Hoy

La información, una nueva arma bélica

Hoy en día las superpotencias concentran sus gastos militares en softwares, hardwares, átomos y hasta bits.

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El Northrop Grumman B-2 Spirit es una aterradora pieza de equipo militar. El bombardero furtivo puede volar, sin ser detectado, durante miles de kilómetros para arrojar una bomba termonuclear en prácticamente cualquier objetivo del planeta. De acuerdo con el gobierno de Estados Unidos (EU), cada B-2 en operación le costó en promedio a su Fuerza Aérea 2,100 millones de dolares (mdd).

EU continúa dominando lo que se conoce como primera y segunda estrategia de compensación: la clara supremacía en el armamento nuclear y misiles dirigidos con precisión. Pero, a pesar de que ese tipo de tecnologías aún son necesarias para contrarrestar los retos de las potencias rivales, ya no son suficientes en nuestro mundo.

La mayor parte del gasto de defensa de los países de la OTAN todavía se destina a cajas de metal, exageradamente caras, que se pueden conducir, dirigir o volar. Pero, al igual que muchas otras áreas de nuestro mundo digital, la capacidad militar cambia con rapidez de lo visible a lo invisible, del hardware al software, de los átomos a los bits. Y eso modifica drásticamente la ecuación respecto a los costos, las posibilidades y las vulnerabilidades de desplegar la fuerza.

Se puede comparar el gasto de un bombardero B-2 con los costos insignificantes de un secuestrador terrorista, o un hacker patrocinado por el Estado con la capacidad de provocar estragos periódicos a los bancos y a la infraestructura de transporte de otro país, o, incluso, a procesos electorales democráticos.

EU reconoció, en parte, esta cambiante realidad y, en 2014, diseñó una tercera estrategia de compensación. Declaró que debe conservar la supremacía en las tecnologías como la robótica y la inteligencia artificial.

Pero la tercera estrategia de compensación sólo contrarresta parte de la amenaza en una era de conflicto asimétrico. En el mundo virtual, hay pocas reglas de juego, pocas maneras de evaluar las intenciones y las capacidades del oponente; no hay pistas reales acerca de si estás ganando o perdiendo.

Ese tipo de oscuridad es perfecta para aquellos que desean subvertir la fortaleza militar de Occidente. China y Rusia parece que entienden este nuevo desorden mundial mucho mejor que otros, y son expertos al poner en contra las propias vulnerabilidades de Occidente.

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Los estrategas chinos fueron los primeros en aplicar esas estrategias. En 1999, dos oficiales del Ejército Popular de Liberación, escribieron el libro Unrestricted Warfare (Guerra irrestricta) donde argumentan que los tres “elementos de hardware, indispensables para cualquier guerra”, soldados, armas y campo de batalla, ahora son irreconocibles. Los soldados incluyen a hackers, financieros y terroristas. Sus armas pueden ir desde aviones civiles hasta navegadores de red o virus informáticos, mientras que el campo de batalla está “en todas partes”.

Los pensadores estratégicos rusos también ampliaron su concepción de fuerza. Moscú utilizó el tradicional hardware militar en los recientes conflictos en Georgia y Ucrania. Pero también lanzó ataques cibernéticos en contra de los dos países, al igual que en Estonia, y se le acusa de hackear las elecciones presidenciales de EU.

También intensificaron sus operaciones de “dezinformatziya” derivadas de la KGB como parte de lo que el profesor Mark Galeotti llamó “la militarización de la información”. De acuerdo con Dmitry Kiselyov, el presentador de la televisión rusa y propagandista del Kremlin, las guerras de información se convirtieron en “el principal tipo de guerra”.

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Ese tipo de ambiciones son académicas mientras Donald Trump esté en la Casa Blanca y mantenga su compromiso de incrementar el gasto en hardware militar. Además, el Kremlin difícilmente podría desear tener un presidente estadounidense más sumiso que el de ahora, el que elogió el fuerte liderazgo de Vladimir Putin y se muestra vacilante por dar apoyo a la seguridad colectiva de la OTAN y que denuncie a los medios estadounidenses por presentar “noticias falsas”.

En el reino de la “guerra memética”, como se le llama, parece que el Kremlin está ganando. Además, los opositores del presidente ruso en su país también adoptan nuevas estrategias. A principios de este año, el líder de la oposición, Alexei Navalny, dio a conocer un video muy difundido que destaca la presunta corrupción del primer ministro Dmitry Medvedev; desde entonces ya se ha visto 24 millones de veces en las redes sociales.

Independientemente de qué tan expertos sean en la práctica, los estados autoritarios pierden rápidamente su propio monopolio sobre la militarización de la información.


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