El sueño americano, término que utilizó por primera vez un historiador de la época de la Depresión de nombre James Truslow Adams, consiste en la movilidad ascendente. Cualquier ciudadano estadunidense, si trabaja duro, deber ser capaz no solo de triunfar, sino de ascender por encima de la posición de sus padres.
En The Epic of America, publicado en 1931, Adams reconoció que la crisis económica en curso amenazaba un sueño que, para la mayoría de la gente a lo largo de la historia del país, parecía alcanzable, pero también terminó con una nota de optimismo, al citar a una inmigrante rusa llamada Mary Antin, que le dio el crédito al sistema de bibliotecas públicas del país de haberla hecho pasar de ser una niña que no sabía inglés a una escritora que publicó su primer libro siendo adolescente. Como dijo la propia Antin, “el mío es el futuro brillante”.
Pero las cosas ya cambiaron en Estados Unidos, como expone el escritor de New York Times David Leonhardt en su nuevo e importante libro. Durante el último medio siglo, los ingresos estadunidenses se estancaron y la desigualdad de la riqueza creció. Una familia típica en 2019 tenía un patrimonio neto ligeramente inferior al de una en 2001. “No ha habido un periodo tan largo de estancamiento de la riqueza desde la Gran Depresión”, escribe Leonhart. Es más, la esperanza de vida disminuyó —una anomalía rara e inquietante para una nación rica— al igual que la movilidad social.
A esto lo llama el gran estancamiento estadunidense, y para muchos convirtió el sueño americano en un mito que es imposible imaginar que alguna vez se haga realidad. El académico de Harvard Raj Chetty, a quien Leonhardt ayudó a popularizar, descubrió que mientras 92 por ciento de los niños nacidos en 1940 tenían ingresos familiares más altos que sus padres, los bebés que nacieron en 1980 solo tenían una probabilidad de 50/50 de que le fuera mejor que a la generación anterior. Este declive tiene enormes costos económicos, políticos y sociales, no solo para EU, sino para el mundo: desde una menor voluntad de involucrarse en crisis globales como la del cambio climático, hasta “un alarmante movimiento antidemocrático” en Estados Unidos, a un aumento del racismo y la xenofobia.
Ya no existe un movimiento de masas que se centre en mejorar los resultados económicos para la mayoría de los estadunidenses.
Ours Was the Shining Future, el primer libro de Leonhardt, es un intento de explicar lo que sucedió. Su opinión, que creo que es correcta, es que el capitalismo democrático (definido como “un sistema en el que el gobierno reconoce su papel crucial en la orientación de la economía”) le dio paso desde la década de 1970 a un laissez-faire de todos contra todos en el que las corporaciones y el cortoplacismo son los que mandan. En este mundo, escribe, “ya no existe un movimiento de masas centrado en mejorar los resultados económicos de la mayoría de los estadunidenses. Los grupos activistas más grandes del país, tanto de izquierda como de derecha, se enfocan en otros temas”.
¿Cómo llegamos a esto? En el análisis de Leonhardt, los cambios en tres cosas —poder político, cultura e inversión— significan que los trabajadores estadunidenses promedio quedaron olvidados. Desde finales de la década de 1960, el “viejo laborismo” del New Deal (Nuevo Acuerdo) fue secuestrado por una nueva “izquierda brahmán” cada vez más formada por élites con educación universitaria que hablan con superioridad a los trabajadores en lugar de hablar con ellos. En un país que fundamentalmente es más conservador, el Partido Demócrata también se ha vuelto demasiado radical progresista en cuestiones sociales como el aborto, la inmigración y los derechos LGBTQ.
Debido a esto, han perdido los votos electorales que necesitan para impulsar políticas económicas muy necesarias, como la inversión pública a largo plazo, así como impuestos más progresivos, además de reformas de atención de salud y educativas, que atenuarán la creciente desigualdad. Si a eso le sumamos una cultura de egoísmo de la “codicia es buena” y de fuerzas del mercado global que impulsan solo lo que es bueno para el trimestre, el resultado es un país en declive.
Leonhardt está en su mejor momento cuando hace el tipo de análisis basado en datos de tendencias económicas y políticas que se podría encontrar en la página de opinión de un periódico. Contar historias siempre es más difícil, y los autores de libros de ideas como este a menudo batallan para encontrar una narrativa única impulsada por la personalidad que pueda entrelazar grandes tendencias de una manera que haga que el lector siga avanzando. Eso es lo que logran hacer los libros de no ficción verdaderamente geniales. Estoy pensando en algo como The Best and the Brightest, de David Halberstam, que mostraba al secretario de Defensa Robert McNamara y su grupo de “niños prodigio” expertos en políticas y desveló cómo Estados Unidos se perdió a sí mismo en Vietnam. Ahora Ours Was the Shining Future no es ese libro.
Esto no quiere decir que Leonhart fracase. En lugar de centrarse en una sola narrativa, intenta aislar los eventos clave que impulsaron el ascenso y la caída del sueño americano durante 100 años en 10 capítulos, muchos de los cuales pudieron ser temas de libros independientes. Cubre desde el ascenso y la caída del movimiento obrero industrial, hasta la historia del progresismo, la intersección del crimen y la agitación política y, por supuesto, la revolución Reagan/Thatcher y todo lo que provocó.
La historia de las prácticas discriminatorias y la institucionalización del racismo económico en Estados Unidos es fascinante, al igual que el ascenso de estudiantes y mujeres como fuerzas políticas burguesas de izquierda; las mujeres afroamericanas, por ejemplo, nunca batallaron con la “mística femenina”, como la escritora Betty Friedan denominó el malestar que experimentaban algunas amas de casa de clase media en la década de 1960. Siempre tuvieron que lidiar con tener hijos y trabajos a la vez.
Gran parte del relato de Leonhardt sobre la revolución Reagan-Thatcher y el auge de las grandes empresas es predecible. Dicho esto, me sorprendió y alegró saber que el entonces senador Joe Biden fue uno de los que en la década de 1980 cuestionó el ascenso del juez federal Robert Bork, cuyo retroceso de las políticas monopolísticas tradicionales estadunidenses condujo a una grotesca concentración de poder corporativo, que apenas ahora hacen frente los esfuerzos antimonopolio del presidente Biden.
Lo que es fascinante —y mucho menos conocido— es el modo en que el viejo sindicalismo aceleró su propio declive. El poderoso sindicato Teamsters Union, por ejemplo, apoyó primero al líder de los trabajadores agrícolas César Chávez y sus esfuerzos por construir un movimiento obrero más integrador en la década de 1960, antes de decidir acaparar el poder de una forma que no hizo sino acelerar el declive del movimiento obrero industrial en su conjunto. La continua fragmentación del movimiento obrero estadunidense hizo que hoy a los sindicatos les resulte más difícil aumentar el número de afiliados, incluso cuando cada vez más gente afirma apoyarlos.
También es interesante ver hasta qué punto los trágicos asesinatos de figuras clave como Martin Luther King y Robert F. Kennedy, ambos capaces de hablar por encima de las diferencias de clase y color, dificultaron la creación de una coalición liberal que apoyara a todos los trabajadores. Tanto King como Kennedy habían trabajado para construir una coalición de votantes con una base más amplia que pudiera contrarrestar el racismo sureño, la economía del derrame y el miedo neoliberal (a ambos lados del espectro político) a cualquier tipo de intervención gubernamental para guiar la mano invisible hacia un resultado más justo.
Sus muertes, y la posterior fragmentación de la nueva izquierda en grupos de interés cada vez más divididos, demuestran que el talento de los líderes individuales puede importar tanto como la demografía a la hora de construir el poder político.
Biden —que conserva un busto de César Chávez en su oficina y no teme a la política industrial ni a la redistribución de la riqueza— ha intentado reconstruir el poder de los trabajadores, pero aunque la economía estadunidense ahora le va mejor que en un cuarto de siglo de acuerdo con muchas métricas, las encuestas todavía no reflejan esa realidad.
Ours Was the Shining Future termina antes de que empiece el tema de la Bidenomía, aunque un capítulo final apoya muchas de las ideas que la Casa Blanca defiende desde entonces, pero Estados Unidos sigue siendo una democracia, y el próximo año habrá elecciones presidenciales. Que el futuro de la nación vuelva a brillar puede depender del resultado.