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La industria agrícola de EU se acerca al abismo

Si bien la producción nacional de cereales continúa al alza desde hace décadas, la de frutas y verduras se redujo; las “externalidades negativas” se han vuelto demasiado costosas para ser ignoradas

Cada cinco años el Congreso de Estados Unidos aprueba una nueva ley agrícola. La mayor parte del debate gira en torno a los temas partidistas habituales: cuánta ayuda alimentaria (los demócratas quieren más, los republicanos suelen pedir menos) y qué tipo de subsidios y seguros de cosechas recibirán los agricultores. El nuevo proyecto de ley, que acaba de ser aprobado por la Cámara de Representantes y se encuentra en trámite en el Senado, es más de lo mismo. Lo que significa que ignora el elefante en la habitación: la industria agrícola de EU está fracasando sistemáticamente.

A primera vista no pensarías en eso. EU es el tercer mayor productor agrícola del mundo y el segundo en exportaciones. Pero la mayor parte de su producción se centra en cultivos comerciales, dos en particular: maíz y soya. Estos se destinan principalmente a combustible, alimento para el ganado y exportaciones para alimentar a otros países. Si bien la producción nacional de cereales va en aumento desde hace décadas, la producción de frutas y verduras disminuyó. Los estadunidenses importan 59 por ciento de su fruta fresca y 35 por ciento de sus verduras.

Uno puede decir que esto es el funcionamiento del libre mercado global. Pero lo cierto es que las “externalidades negativas” (como las denominan los economistas) de un sistema que ya no se diseñó para satisfacer las necesidades nacionales se han vuelto demasiado costosas como para ignorarlas.

“Nuestros indicadores de éxito no están bien”, señala Andy Green, exasesor agrícola sénior de la administración Biden. “Para crear un sistema más resiliente, debemos considerar algo más que los rendimientos a corto plazo”.

Si bien los agricultores estadunidenses son más productivos que nunca (la cosecha de otoño del año pasado rompió récords), las utilidades caen debido al exceso de oferta y al aumento de los costos. Las quiebras agrícolas aumentaron 46 por ciento entre 2024 y 2025, alcanzando niveles que no se veían desde la época de la “Farm Aid” (ayudas agrícolas) de la década de 1980. A finales del año pasado, la administración Trump anunció un plan de rescate de 12 mil millones de dólares para los agricultores (después de los 30 mil millones repartidos durante el primer mandato), quienes se han visto perjudicados por las guerras comerciales, los desastres climáticos y por el aumento de los precios de los fertilizantes y otros insumos, que ya estaban muy altos tras la guerra en Ucrania y que subieron aún más debido al conflicto contra Irán.

Parte de este sufrimiento se debe a las acciones de Trump. Aun así, incluso con una mejor política de la Casa Blanca, el sistema lleva décadas encaminándose hacia la crisis, en gran parte debido a las políticas de “crecer o desaparecer” de Earl Butz, secretario de agricultura de EU durante el mandato de Richard Nixon, quien eliminó muchas de las políticas del New Deal que equilibraban las exportaciones con el apoyo a los pequeños agricultores y la diversificación de cultivos. Su reforma del USDA fomentó un sistema altamente concentrado, que se enfoca en producir alimentos baratos y dejar que el libre mercado haga el resto.

Pero así como ahora comprendemos los riesgos de los cuellos de botella en los sectores de semiconductores y petróleo, sobre todo en una era en la que el comercio se utiliza como arma, los verdaderos costos de un sistema agrícola estadunidense que sólo da prioridad a los altos rendimientos a corto plazo en un puñado de cultivos se hacen cada vez más evidentes.

Para empezar, existen enormes vulnerabilidades a los costos de insumos como energía y fertilizantes cuando se cosecha un solo cultivo en la misma tierra, año tras año. Este tipo de agricultura altamente industrializada agota los nutrientes del suelo, lo que luego requiere cada vez más productos químicos para obtener los mismos rendimientos (además existe una creciente preocupación por la toxicidad de este tipo de agricultura, como lo demuestra la demanda en curso contra Monsanto).

Muchos agricultores con los que he hablado en todo el país a lo largo de los años desearían cultivar una mezcla más diversa de productos. Sin embargo, los subsidios a las primas de seguros aumentan con la superficie asegurada. Lo mismo ocurre con los rescates financieros, que se otorgan por hectárea. Esto, sumado a la alta concentración en el sector minorista —las grandes cadenas de supermercados prefieren trabajar con grandes procesadores o productores— desincentiva la agricultura a pequeña escala, más diversificada y sustentable.

Las exportaciones de cultivos comerciales baratos también conllevan riesgos económicos, como lo demuestra la drástica caída de las compras chinas de soya estadunidense. La idea de que Estados Unidos siga gastando miles de millones de dólares en rescatar a agricultores a los que todavía se les incentiva a producir un cultivo que su principal comprador ya no desea (China avanza hacia una mayor independencia alimentaria) carece de sentido.

Ninguna ley por sí sola puede solucionar un problema sistémico, pero esto es justo lo que se necesita para crear una industria agrícola que tenga sentido. Consideremos, por ejemplo, los esfuerzos del proyecto de ley agrícola federal para contrarrestar los requisitos de la “Proposición 12” de California, que exige estándares más altos en la producción de carne de cerdo. California es un mercado tan importante que 27 por ciento de los productores de carne de cerdo (principalmente pequeños productores independientes) ya cumplen con la normativa, según Farm Action Fund, una organización sin fines de lucro que trabaja en temas de monopolio en la agricultura.

Si el nuevo proyecto de ley prohíbe a los estados establecer sus propias reglas, probablemente favorecerá a los productores más grandes, como, por ejemplo, Smithfield, una empresa de propiedad china que es el mayor productor de carne de cerdo de Estados Unidos.

Si bien teóricamente no hay nada malo en eso, parece una medida extraña para un país donde existe apoyo bipartidista para reducir la dependencia que se tiene de China en áreas cruciales.

Como ocurre con muchos aspectos del sistema alimentario estadunidense, es una situación que no tiene mucho sentido.


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@The Financial Times Limited 2026. Todos los derechos reservados . La traducción de este texto es responsabilidad de Milenio Diario.

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