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Domingo , 19.05.2019 / 18:19 Hoy

Cómo detener a Amazon

Si se le regula en exceso, se manda una señal negativa; si se le deja crecer como hasta ahora, se puede convertir en un monstruo de mil cabezas.

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No debería ser difícil adorar a Amazon. Para los consumidores, ofrece opciones y conveniencia. Innumerables empresas de internet dependen de sus servicios ba­ratos y flexibles de computación en la nube para comenzar y crecer.

Amazon hace que titanes como Walmart trabajen duro para lograr ingresos, ofrece un motor de búsquedas cuyo único rival se­rio es el de Google, eleva la barra para las cadenas de televisión y vende tabletas a un precio que hace que los leales de Apple lo piensen dos veces.

Amazon también le da lo que necesita a la economía de Estados Unidos (EU). Dos economistas, Germán Gutiérrez y Thomas Philippon, argumentan que el sector industrial estadounidense invierte poco. Una razón es que las empresas de manera impaciente canalizan el efectivo a los inversionistas y ejecutivos en lugar de adoptar una visión a largo plazo. Si ese es un estado preocupante de las cosas —y así debería ser— entonces Amazon es el bri­llante ejemplo contrario.

La estrategia del minorista en línea no se basa en las utilidades a corto plazo, sino en la inversión, innovación y crecimiento. Si solo hubiera más compañías como Amazon, el capitalismo sería un lugar más feliz. Pero hay un problema. No hay más compañías como esta. Es única, y cada vez es una fuerza más aterradora en el comercio en línea. ¿Deberían actuar los reguladores? Si la respuesta es sí, ¿cómo?

Vale la pena eliminar un mal argumento: que se debe desafiar a Amazon porque hace miserable la vida de sus competidores. Sin embargo, por más emocionalmente atractivo que parezca no debería ser asunto de los reguladores apuntalar ese tipo de negocios.

Los reguladores suelen asumir el papel de proteger a las empresas existentes con una sorprendente facilidad. La historia del envío de con­tenedores de Marc Levinson, The Box, describe cómo Malcom McLean, un empresario detrás de los envíos por contenedor, fue un visionario que tomaba riesgos y que recuerda a Jeff Bezos, el fundador de Amazon.

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Cuando McLean trató de ampliar sus operaciones, uno de sus mayores obstáculos fue la Comisión de Comercio Interestatal de EU (ICC, por sus siglas en inglés) que regulaba los ferrocarriles de EU desde 1887 y el transporte interestatal en camiones, a partir de 1935.

El ICC, escribe Levinson, tenía que aprobar cada nueva ruta, cada materia prima nueva y cualquier nuevo precio de los programas. Cuando McLean quería iniciar una ruta de camiones a bajo precio, tenía que contratar abogados y argumentar su caso en la ICC, mientras sus com­petidores protestaban amargamente: “injusto y destructivo”, dijeron los ferrocarrileros. No siempre lograba salirse con la suya.

Las autoridades antimonopolio no deberían estar en el negocio de facilitar las cosas a las empresas actuales. Entonces, ¿qué deberían hacer? Hay dos escuelas de pensamiento. Una se centra en el interés de los consumidores en cuanto a la calidad, la variedad y el precio. Este ha sido el enfoque estándar en la po­lítica antimonopolio de EU durante varias décadas. Ya que Amazon tiene utilidades pequeñas y cobra precios bajos, plantea pocas preguntas antimonopolio.

La opinión alterna —que se remonta a una época anterior de antimonopolio durante la cual Standard Oil y, más tarde, AT&T se dividieron— argumenta que la competencia es intrínsecamente buena in­cluso si es difícil cuantificar un beneficio para los consumidores y que la sociedad debería desconfiar de las empresas grandes o dominantes, incluso si su comporta­miento parece benigno.

La quiebra de empresas, desde Lehman Brothers hasta la compañía de servicios de construcción Carillon, nos recuerda que el tamaño puede ser un problema cuando una firma es débil al igual que cuando es fuerte, ambos casos son un problema.

No deberíamos querer regresar a un mundo en el que un nuevo competidor osa­do tiene que rogar a los reguladores —sobre las objeciones de las empresas existentes— por el permiso de reducir precios. Debemos estar agradecidos de que Bezos no tuvo que enfrentar, en la década de 1990, los obstáculos regula­torios que Malcom McLean esquivó en la década de 1950.

Sin embargo, a pesar de todo esto, me siento muy inquieto por la posición aparentemente inatacable de Amazon en las ventas minoristas en línea. Sí, por el momento se atiende bien a los clientes. Pero la com­pañía adquirió formidables ventajas consolidadas, desde información sobre los clientes y los proveedores que venden a través de ellos, has­ta el poder de negociación que tiene sobre las empresas de entregas hasta una enorme red de almacenes. Estas ventajas se ganaron, pero también se puede abusar con ellas.

Las autoridades antimonopolio se enfrentan a un difícil acto de equilibrio. Si se regula a Amazon se puede apagar la innovación que todos decimos que queremos. También al castigar a la empresa por su éxito se envía un extraño mensaje a los empresarios e inversionistas. Si lo ignoras corres el riesgo de dejar servicios esenciales en las manos de un monopolio invisible.

No hay opciones fáciles, pero es momento para buscar la forma de dividir a Amazon en dos empresas independientes. Cada una con la fuerza para crecer e invertir. Si Amazon es una empresa tan maravillosa, ¿no sería mejor tener dos Amazon?

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