Esteban Solari, miembro de una familia que respira futbol, ha aparecido como uno de los candidatos para dirigir a los Pumas. El estratega desde muy joven se ha tenido que enfrentar a la dificultad de estar bajo la sombra de su dinastía, buscando crear una identidad propia.
Porque los apellidos famosos tienen una trampa. Te abren la puerta, sí. Pero después te obligan a vivir explicando que no eres una fotocopia de nadie.
Su historia como futbolista
Esteban lo entendió rápido. Como futbolista construyó una carrera extensa que lo llevó por Argentina, Europa, México y Asia. Delantero de área, oportunista y trabajador, pasó por clubes importantes y dejó una huella particularmente recordada en Pumas, donde formó parte de una generación que todavía despierta cierta nostalgia entre la afición universitaria. Esa fue su historia como jugador. Una carrera respetable, larga y suficientemente sólida para hacerse de un nombre propio dentro del futbol.
Pero una cosa era vivir dentro del área y otra muy distinta vivir dentro de un banquillo.
El nacimiento del entrenador
Cuando se retiró, comenzó una segunda vida profesional que merece analizarse por separado. Porque el entrenador Esteban Solari no nació automáticamente del futbolista Esteban Solari. Tuvo que formarse. Aprender. Equivocarse. Construir credibilidad desde cero. Y fue precisamente en las selecciones juveniles de Argentina donde comenzó a moldear una identidad propia, lejos de los reflectores y mucho más cerca del trabajo cotidiano de formación y desarrollo de talento.
No es un dato menor. Hay entrenadores que aprenden en el caos de la Primera División y otros que aprenden observando cómo se construye una carrera desde las categorías inferiores. Solari pertenece al segundo grupo. Por eso quienes han trabajado con él suelen coincidir en algo: tiene una sensibilidad especial para detectar procesos de crecimiento. Le interesa el futbolista antes que la figura. Entender qué necesita un jugador para evolucionar antes que simplemente exigirle resultados.
Su relación con el vestidor
Eso explica buena parte de lo que ocurre en sus vestidores.
No parece un técnico construido desde el ego. No necesita entrar a una conferencia de prensa y actuar como si hubiera descubierto una nueva teoría del futbol. Tampoco da la impresión de ser de esos entrenadores que creen que intimidar es sinónimo de liderar. Su relación con los futbolistas suele ser cercana, directa y bastante humana. Escucha, dialoga y procura generar convencimiento antes que imposición.
Ahora bien, esa misma cercanía también puede convertirse en una zona de riesgo. Porque en el futbol profesional los jugadores quieren un líder accesible, pero también uno que marque límites. Y a veces la línea que separa ambas cosas es peligrosamente delgada.
La idea futbolística de Solari
En la cancha, Solari tampoco encaja en las etiquetas fáciles. No es un fundamentalista de la posesión ni un fanático del contragolpe. Sus equipos suelen tener una característica mucho más simple y, para muchos aficionados, mucho más agradable: intentan llegar al arco rival sin escribir una tesis doctoral durante el trayecto.
Le gusta la verticalidad, la presión cuando las condiciones lo permiten y los futbolistas capaces de atacar espacios. Sus equipos buscan avanzar. Puede parecer una idea elemental, pero en tiempos donde algunos conjuntos completan cincuenta pases para terminar exactamente en el mismo lugar donde comenzaron, la propuesta tiene cierto encanto.
Sin embargo, también existe una crítica recurrente. A veces cuesta identificar una huella inequívoca de Esteban Solari. Hay entrenadores que uno reconoce inmediatamente. Cinco minutos de partido bastan para saber quién dirige. Con Solari eso no siempre ocurre. Se adapta mucho al contexto, al plantel y a las circunstancias. Para algunos es una muestra de inteligencia. Para otros es una señal de que todavía está buscando una identidad definitiva.
Sus experiencias en el banquillo
Su primera gran carta de presentación como entrenador llegó en Malasia con Johor Darul Ta’zim. Ahí ganó prácticamente todo lo que se podía ganar. Fue una etapa tan exitosa que parecía una de esas temporadas que los aficionados recuerdan durante años. Pero el futbol tiene una costumbre bastante desagradable: nunca permite disfrutar demasiado tiempo de los elogios. En cuanto llegaron los títulos apareció la pregunta inevitable. ¿Cuánto mérito era del entrenador y cuánto pertenecía al club más poderoso del país?
Después apareció Everton de Viña del Mar. Y curiosamente ahí dejó algunas de las señales más interesantes de su carrera. No construyó un equipo deslumbrante ni generó una revolución futbolística, pero sí consiguió algo que suele valer mucho dinero en los despachos y muy pocos titulares en los periódicos: cumplió los objetivos. Clasificó al equipo a competencias internacionales y estabilizó un proyecto que necesitaba orden más que espectáculo.
Luego llegó Godoy Cruz y con él la cara menos amable de la profesión. Los resultados no terminaron de aparecer, la identidad nunca acabó de consolidarse y el proyecto perdió fuerza antes de tiempo. Fue un recordatorio brutal de una verdad que el futbol suele repetir con crueldad: los entrenadores son genios hasta que dejan de ganar.
Tuzos, una gran oportunidad
Su experiencia más reciente llegó precisamente en el futbol mexicano. En noviembre de 2025 asumió la dirección técnica de Pachuca en un momento de transición institucional y con la responsabilidad de mantener el nivel competitivo de una de las organizaciones más exigentes del país. Su gestión fue breve, pero dejó argumentos para el debate. Tras un cierre complicado del Apertura, consiguió darle estabilidad al equipo durante el Clausura 2026, terminó entre los primeros lugares de la clasificación general y condujo a los Tuzos hasta las Semifinales del campeonato.
Más que una revolución futbolística, lo que mostró en Pachuca fue capacidad para ordenar estructuras ya existentes y potenciar a un plantel acostumbrado a competir bajo presión. En una institución donde el desarrollo de talento joven es parte de la identidad, Solari encontró un entorno compatible con muchas de las ideas que había cultivado desde su etapa en las selecciones juveniles argentinas. Sin embargo, cuando parecía que el proyecto apenas comenzaba a tomar forma, las negociaciones entre ambas partes no llegaron a buen puerto y la relación terminó sin que existiera una continuidad para el siguiente torneo.
Esa salida dejó una sensación peculiar. No fue el final habitual de un entrenador rebasado por los resultados ni el desenlace de una crisis deportiva. Al contrario, ocurrió cuando el equipo mostraba señales de crecimiento. Quizá por eso, más que por los números, el paso de Solari por Pachuca terminó dejando una pregunta abierta: ¿qué tan lejos habría podido llegar un proyecto que se interrumpió antes de alcanzar su madurez?
¿Está listo para Pumas?
Ahora, su nombre vuelve a aparecer ligado a una institución que conoce bien. Tras la salida de Efraín Juárez, Esteban Solari figura entre los candidatos para asumir el banquillo universitario. Y aunque su etapa como jugador y su carrera como entrenador deben analizarse por separado, resulta inevitable que su paso por Ciudad Universitaria forme parte de la conversación.
La diferencia es que hoy no se le evalúa por los goles que alguna vez marcó ni por los recuerdos que dejó en la afición auriazul. Se le evalúa por su trabajo en los banquillos. Por su capacidad para gestionar grupos, desarrollar talento joven y sostener una idea futbolística bajo presión.
Pumas tampoco es cualquier reto. Es una institución donde la identidad pesa, donde la cantera sigue siendo una bandera y donde las crisis suelen amplificarse con una velocidad pocas veces vista en el futbol mexicano. Quien llegue no sólo tendrá que ganar partidos; tendrá que reconstruir certezas.
Por eso, más allá del apellido o de la nostalgia que pueda despertar su pasado auriazul, la verdadera pregunta es si Esteban Solari está preparado para asumir uno de los proyectos más complejos de su carrera. Porque los apellidos abren conversaciones y los recuerdos generan simpatías, pero en el futbol los entrenadores terminan siendo juzgados por algo mucho más simple y mucho más cruel: los resultados.
CIG