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Unas vacaciones para olvidarse de la radiactividad de Chernóbil

El proyecto Verano Azul lleva cada año a cientos de niños ucranianos lejos de sus pueblos con el fin de apartarlos por un mes de la contaminación que emana de la central nuclear.

Anya, de 16 años, respira durante sus vacaciones el aire puro de una villa situada a dos pasos del mar en Portugal, lejos de su localidad natal de Mussiki, situada a unos 40 km de la central nuclear de Chernóbil.

La joven aún no había nacido en 1986, cuando uno de los cuatro reactores de la central ucraniana explotó, enviando al aire millones de elementos radiactivos equivalentes en intensidad a por lo menos 200 bombas de Hiroshima.

Anya, acogida por una familia en la ciudad costera de Peniche (sur de Portugal), forma parte de los 34 menores de Chernóbil que salieron durante un mes de Ucrania para respirar aire puro y reducir el volumen de cesio radiactivo en su organismo.

“Aquí he descubierto el mar, su olor tan particular, no puedo dejar de mirarlo”, asegura la joven de largo cabello azabache en un portugués casi perfecto. Por unos días, ha dejado detrás de ella los ríos contaminados de la zona de Chernóbil.

Gracias al proyecto Verano Azul, creado en 2008 por los colaboradores de una compañía de seguros, Anya viaja a Portugal desde hace siete años para ver a Maria João y a Hernani Leitão, su “segunda familia”.

La joven padece problemas cardiovasculares y respiratorios. “Un mes de vacaciones en Portugal le otorga entre uno y dos años más de esperanza de vida”, asegura el responsable del proyecto, Fernando Pinho, quien cita un estudio realizado por médicos del hospital de Ivankiv, a 45 km de Chernóbil.

Sol, playa y comida sana. Estos son los remedios prescritos a los niños de Chernóbil durante sus estancias en Portugal, pero también en Francia, Alemania, España, Italia, Bélgica e Irlanda, donde acuden cada año cientos de ellos.

Si Verano Azul financia el transporte y el seguro sanitario, las familias se hacen cargo del alojamiento, al igual que muchas asociaciones en Europa que acogen a menores desfavorecidos de Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

Para Bogdan, de 9 años, es su primer viaje a Portugal. Este niño de cara redondeada y sonrisa tímida no habla casi nada de portugués, pero llega a comunicarse mediante gestos con su nuevo compañero de juegos, Jonas, de 11 años.

Oriundo de Ivankiv, Bogdan aterrizó en Santa Iria de Azóia, cerca de Lisboa. Los primeros días “se encerró un poco en sí mismo, pero el contacto con nuestros gatos permitió romper el hielo”, explica la madre de Jonas, Anabela Pereira, de 43 años.

Anabela, quien padeció cáncer de tiroides en 2007, es especialmente sensible al riesgo de recaídas en Chernóbil. “La radiactividad es un mal invisible, pero que causa estragos”, asegura.

En los alrededores de Chernóbil, más de seis mil casos de cáncer de tiroides se han registrado entre los menores y este número debería seguir aumentando, según Naciones Unidas.

Más de 29 años después de la catástrofe, el aire, el agua y el suelo en las zonas próximas a la central continúan contaminados por la radiactividad.

Según los médicos locales, la lista de enfermedades que amenazan a los niños es larga: patologías del corazón, del hígado, alteraciones del sistema inmunitario, malformaciones del sistema nervioso, leucemia, cataratas, etc.

En su casa, en Mussiki, Anya consumía las frutas y verduras cultivadas en los campos circundantes. Allí, vivía con su madre y hermana pequeña Anastasiya, hasta que se fue a estudiar a Kiev.

Un poco más lejos, unas 100 mil personas fueron evacuadas de la zona, en un radio de 30 km alrededor de la central. Por el momento, todavía no pueden regresar.

El anfitrión de Anya, Hernani Leitão, de 63 años, visitó el lugar en 2010. “Vi pueblos desiertos donde reina un silencio sepulcral, con aulas abandonadas en las que se acumulan libros y muñecas dejadas por los niños”.

Y, como prueba, muestra a Anya fotos de la localidad de Pripiat, situada a tres kilómetros de la central y que quedó congelada en el tiempo después de que sus 50 mil habitantes abandonaron la localidad un día después de la catástrofe.

El tío de la adolescente, Anatoli, continúa trabajando en la central, donde espera el final de las labores para recubrir definitivamente el reactor siniestrado con un sarcófago de acero.

Respecto a Anya, ella no ve su futuro en Ucrania. “Tras mis estudios, volveré a Portugal para trabajar en el turismo”, confiesa con una amplia sonrisa.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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