Internacional

Las lecciones de la 81ª Asamblea General de Naciones Unidas

Las intervenciones de Donald Trump, António Guterres, Lula da Silva, Emmanuel Macron y Mark Carney expusieron distintas posturas ante el debilitamiento del orden internacional.

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Este lunes concluyó el debate general del 81º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Tal vez la lección más importante de las intervenciones de la última semana es que, frente al nacimiento de un nuevo orden mundial, el mundo necesita una forma de multilateralismo.

El discurso del presidente Donald Trump ante la Asamblea General, el martes 22 de septiembre, fue un claro ejemplo de la emergencia de ese orden. Estados Unidos ya no se presenta principalmente como garante de las reglas que gobernaron el mundo después de la Segunda Guerra Mundial, sino como una potencia dispuesta a imponer sus intereses mediante su fuerza militar y económica. 

Ante la ONU, Trump defendió la campaña contra Irán, reivindicó la intervención en Venezuela, atacó a la Corte Penal Internacional y rechazó los controles internacionales sobre la inteligencia artificial. Su discurso no anunció un orden nuevo ya formado, pero sí mostró la transición hacia un mundo más fragmentado, donde las potencias disputan las reglas y los países de peso intermedio intentan protegerse de esa disputa.

En un reciente ensayo para The New York Times, la historiadora Margaret MacMillan sostiene precisamente que el nuevo orden mundial todavía no tiene una forma definida. Lo que ya puede reconocerse es un periodo de desorden marcado por el debilitamiento de las reglas y certezas que organizaron las relaciones internacionales desde 1945. 

Estados Unidos, principal sostén de ese sistema, ha dejado de actuar como defensor confiable de sus instituciones y alianzas. La ONU y otros organismos siguen funcionando, pero cuentan con menos recursos y autoridad, mientras las grandes potencias desafían las normas con creciente impunidad. Alianzas como la OTAN afrontan dudas sobre su futuro.

Los conflictos, por lo demás, se multiplican y prolongan sin que exista siempre un árbitro capaz de contenerlos. Según el Programa de Datos sobre Conflictos de la Universidad de Uppsala, en 2025 se registraron 65 conflictos armados con participación estatal, la cifra más alta desde que comenzaron sus registros en 1946.

A esa inestabilidad se añaden la crisis climática, la competencia por los recursos, los recortes de ayuda humanitaria y el desarrollo acelerado de una inteligencia artificial escasamente regulada. En este escenario, las decisiones de los líderes pesan más porque encuentran menos límites externos, y los países de peso intermedio buscan nuevas coaliciones para proteger sus intereses.

En este sentido, fueron importantes las intervenciones del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, y de los presidentes de Brasil y Francia, Luiz Inácio Lula da Silva y Emmanuel Macron. También destacó la participación del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en las reuniones paralelas a la Asamblea.

Si el discurso de Trump mostró a una potencia dispuesta a ejercer su fuerza sin someterse a reglas compartidas, las intervenciones de Guterres, Lula y Macron plantearon la pregunta opuesta: cómo sostener la cooperación cuando el país que ayudó a construir el orden de posguerra pone en duda sus instituciones. 

Guterres advirtió sobre el riesgo de un mundo dividido en bloques; Lula reclamó una ONU más representativa y capaz de frenar las guerras; Macron defendió el derecho internacional y propuso alianzas para actuar allí donde existe voluntad política.

La participación de Carney fue una continuación de la tesis que había expuesto en enero en Davos. Allí sostuvo que el orden internacional basado en reglas atravesaba una ruptura: las grandes potencias utilizaban los aranceles, las finanzas y las cadenas de suministro como instrumentos de presión, mientras instituciones como la ONU perdían capacidad de respuesta. 

Asimismo, reconoció que ese orden nunca había tratado a todos los países por igual, aunque la primacía estadunidense había contribuido a mantener abiertas las rutas comerciales y a sostener ciertas garantías de seguridad. 

Ante el debilitamiento de esas garantías, Carney propuso que las potencias medias fortalecieran sus economías y actuaran juntas, formando coaliciones distintas para cada problema según los intereses y principios que les permitieran llegar a acuerdos.

En Nueva York, Carney intentó dar forma a esa propuesta. Canadá se sumó a Brasil, India, Australia, Kenia, Barbados y la Unión Europea en el lanzamiento de Socios por el Multilateralismo, una coalición concebida para defender el derecho internacional y coordinar acciones sobre desafíos como la inteligencia artificial, el clima y la salud. 

Carney también participó con Francia y el Reino Unido en una reunión sobre la solución de dos Estados para Israel y Palestina, y anunció nuevas aportaciones para la ayuda humanitaria y la cooperación ambiental. 

No pronunció la declaración nacional de Canadá ante el debate general (lo hizo la ministra de Exteriores, Anita Anand), pero sus reuniones paralelas ilustraron una apuesta política concreta: conservar a la ONU como espacio de legitimidad y, al mismo tiempo, reunir a países dispuestos a actuar cuando los grandes acuerdos quedan bloqueados.

La Asamblea General no disipó la incertidumbre sobre el futuro, pero sí permitió ver con claridad la disputa que definirá los próximos años. 

Mientras las grandes potencias recurren cada vez más a la fuerza, la presión económica y las negociaciones directas para imponer sus intereses, países como Brasil y Canadá, junto con dirigentes europeos, buscan preservar las reglas internacionales y crear coaliciones capaces de actuar cuando los organismos universales quedan bloqueados. 

El multilateralismo que viene tendrá que demostrar su utilidad en conflictos concretos y defender los mismos principios frente a aliados y adversarios. De lo contrario, seguirá siendo una promesa pronunciada en la tribuna mientras el orden mundial se decide fuera de ella.

AG

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Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno es escritor y periodista. Es autor del libro Tengo que morir todas las noches. Hoy conduce el programa Por si las moscas que se transmite en Canal 22.
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