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Los 60 minutos que marcaron diferencia en la carrera de Hugo Sánchez: perfeccionar los remates

Después de cada entrenamiento y antes de sus clases de Odontología, el entonces jugador de Pumas acostumbró a quedarse una hora en la cancha para convertirse en el delantero ideal del equipo.

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A las diez de la mañana, mientras buena parte de la ciudad comenzaba a acomodarse en la rutina del día, Hugo Sánchez ya estaba en el Estadio Olímpico Universitario. Tenía que entrenar con Pumas, aprender a competir entre profesionales y ganarse un lugar en un equipo que no estaba dispuesto a esperar a que madurara. El futbol empezaba a ser su trabajo, pero todavía no era lo único que definía su vida.

Había una hora que le pertenecía solamente a él.

Cuando terminaba el entrenamiento colectivo, Hugo no se marchaba con los demás. Se quedaba en la cancha para practicar remates. Una y otra vez. No había cámaras siguiendo cada movimiento ni un público esperando la siguiente chilena. Estaba ahí porque consideraba que el tiempo adicional podía colocarlo por encima de sus compañeros.

Años después, al recordar aquella rutina en un conversatorio de la UNAM, explicó que entrenaba una hora extra para intentar estar por encima de los demás. No lo dijo como una revelación extraordinaria, sino como una parte de su forma de entender el trabajo.

En ese detalle comienza a aparecer el futbolista que vendría después. La espectacularidad de Hugo Sánchez hizo que mucha gente recordara el resultado de sus remates, pero antes de la acrobacia estuvo la repetición; antes del gol que parecía imposible, el ejercicio que volvía familiar un movimiento difícil. El espectáculo llegaría más tarde. La obsesión se estaba formando en silencio.

Terminaba de entrenar, se duchaba y cruzaba la avenida Insurgentes. Antes de entrar a clases, comía algo en una cafetería. Después venían cinco horas de odontología, de las cinco de la tarde a las diez de la noche.

Las tradicionales chilenas de Hugo Sánchez
Las tradicionales chilenas de Hugo Sánchez (Fototeca Milenio)

La jornada no terminaba cuando abandonaba el estadio ni cuando se quitaba los tachones. Había que sentarse en un salón, atender las explicaciones de los profesores y estudiar una carrera que exigía concentración y práctica. En las últimas clases, recordaría después, el sueño comenzaba a vencerlo. El cansancio acumulado del entrenamiento se hacía sentir.

Resulta tentador convertir esa rutina en una postal edificante, la historia de un muchacho que pudo con todo porque tenía una voluntad superior. Pero la experiencia de Hugo también habla de algo más concreto: de un joven que necesitaba administrar sus horas, que llegaba cansado a clases y que debía cumplir con obligaciones que no desaparecían porque jugara en Primera División.

Su madre había insistido en que estudiara. Le había advertido que una lesión o una enfermedad podían interrumpir su carrera deportiva y que la educación le daría una alternativa. Hugo eligió odontología por interés propio y por la orientación de familiares y compañeros que conocían la carrera. La decisión no significó que dudara del futbol; significó que había aprendido a no confiar todo su futuro a una sola posibilidad.

En aquella etapa, el profesionalismo todavía tenía una dimensión distinta de la que adquiriría con la televisión global, los contratos millonarios y las redes sociales. Un jugador podía convertirse en figura de su equipo y, al mismo tiempo, seguir viviendo en un mundo donde la universidad, la familia y las obligaciones cotidianas marcaban el ritmo de la semana.

Hugo estaba entrando en ese mundo con una ventaja y una dificultad. Había aprendido a competir desde muy joven, primero en las selecciones juveniles y después en los torneos internacionales que culminaron con los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. Pero ahora debía trasladar esa experiencia a una competencia permanente, en la que cada entrenamiento podía acercarlo a la titularidad o recordarle que todavía tenía mucho por aprender.

En Pumas, además, el puesto que él deseaba no estaba vacío.

Evanivaldo Castro, Cabinho, era una referencia ofensiva del equipo. El brasileño tenía una relación natural con el gol y una presencia que obligaba a los delanteros jóvenes a encontrar su espacio. Hugo no llegó para recibir una camiseta y una posición garantizadas; tuvo que aprender a convivir con un goleador que ya había demostrado su valor.

Cabinho, jugó con Pumas de 1974 a 1979
Cabinho jugó con Pumas de 1974 a 1979 (Mexsport)

La competencia no impidió que ambos terminaran formando parte de una de las sociedades más productivas del futbol mexicano. En la temporada 1978-79 compartieron el título de goleo, con 26 tantos cada uno. Pero para entender lo que significó aquel logro hay que regresar a los primeros años, cuando Hugo todavía necesitaba convertir el reconocimiento juvenil en resultados dentro de la cancha.

El 23 de octubre de 1976 había debutado frente a Tigres, en Monterrey. Su primer gol en Primera División tardó varios meses más: llegó el 27 de marzo de 1977, ante América, en el Estadio Azteca. Entre una fecha y otra hubo entrenamientos, partidos, decisiones técnicas y oportunidades que debían aprovecharse. La carrera no avanzó de golpe hacia la leyenda.

Su primera temporada, sin embargo, terminó de una manera que ningún joven futbolista habría podido considerar menor. Pumas conquistó el campeonato de Liga 1976-77, el primero de su historia. Hugo formó parte de aquel equipo que transformó la ambición universitaria en un título y que abrió una época de grandes logros para la institución.

La consagración colectiva no significaba que el trabajo individual estuviera terminado. Hugo tenía que seguir mejorando, encontrar su lugar en el ataque y aprender a producir goles con regularidad. Su evolución fue progresiva: en las siguientes temporadas se consolidó hasta compartir el liderato de goleo con Cabinho. El joven que había llegado a las fuerzas básicas después de terminar la primaria ya era una pieza importante del equipo.

Pero la relación de Hugo con Pumas había comenzado mucho antes de su debut. Para entenderla hay que volver a Héctor y Horacio, sus hermanos mayores, los primeros futbolistas a quienes admiró de cerca.

Héctor se desempeñaba como mediocampista y destacaba por sus goles; Horacio era portero. Uno buscaba la manera de vencer al guardameta rival; el otro tenía la responsabilidad de impedirlo. Los dos habían jugado en Pumas y le mostraron a Hugo un mundo al que él todavía no tenía acceso.

Los fines de semana, la familia acudía a verlos jugar. Hugo observaba desde la tribuna y, durante los descansos, aprovechaba para entrar a la cancha y patear el balón. No necesitaba imaginar un equipo lejano ni una camiseta desconocida: el futbol que deseaba estaba ahí, a la vista, en los partidos de sus hermanos.

Horacio representaba algo más que la posibilidad de jugar profesionalmente. Había participado con México en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, una experiencia que dejó huella en su hermano menor. Hugo también quería llegar a unos Juegos Olímpicos, representar al país y vivir aquello que había visto de cerca a través de su familia. Años después cumpliría ese objetivo en Montreal 1976, antes de debutar en Primera División.

Héctor y Horacio le mostraron el camino hacia Pumas, pero no podían recorrerlo por él. Cuando Hugo terminó la primaria, sus padres le permitieron incorporarse a las fuerzas básicas. El muchacho que hasta entonces había observado a sus hermanos desde la tribuna comenzaba a perseguir su propia oportunidad.

Hugo Sánchez entró a la cantera de Pumas con 11 años, inspirado por sus hermanos Héctor y Horario, pero sus papás no lo dejaban ir solo a entrenar.
Hugo Sánchez debutó en 1976 con los Pumas (Mexsport)

Con el tiempo, los tres hermanos completarían sus estudios universitarios y desarrollarían sus propias trayectorias. Hugo, sin embargo, llevaría aquella experiencia familiar a una dimensión que nadie podía anticipar cuando los domingos se reunían para ver futbol: terminaría convertido en una de las grandes figuras deportivas surgidas de la Universidad Nacional.

Héctor, Horacio y Hugo no coincidieron, pero su influencia en la infancia del delantero está presente. Antes de convertirse en una figura por derecho propio, Hugo tuvo dos modelos cercanos que le enseñaron a mirar hacia la cancha y a imaginarse dentro de ella.

También había cambiado su relación con el futbol. De niño había mirado a sus hermanos desde la tribuna y aprovechado los descansos para jugar en la cancha. Después había tenido que esperar a que sus padres le permitieran viajar hasta Ciudad Universitaria. Ahora entrenaba junto a profesionales, disputaba partidos que exigían resultados y llevaba sobre los hombros la responsabilidad de responder a una institución que comenzaba a construir su propia historia de campeonatos.

Pumas le dio una plataforma. Hugo aportó una disciplina que no se agotaba cuando terminaba la sesión colectiva. Entre ambos se fue construyendo una relación que duraría cinco años y que produciría dos campeonatos de Liga, una Copa Interamericana y una despedida que quedaría unida para siempre a la memoria universitaria.

Pero todavía faltaba el otro Hugo: el que descubriría que el gol podía convertirse en una forma de expresión, el que trabajaría hasta hacer de la acrobacia una firma personal y el que aprendería a convivir con una fama que terminaría por llevarlo lejos de México.

Antes de cruzar el Atlántico, sin embargo, hubo una avenida que cruzar todos los días.

Insurgentes separaba el EOU de la facultad. Hugo atravesaba esa distancia después de entrenar, con el cuerpo cansado y varias horas de clases por delante. En un extremo estaba el futbol que empezaba a darle un nombre; en el otro, la carrera que su madre quería que terminara. Durante años, su vida consistió en intentar llegar a ambos lados.

Quizá por eso la historia de Hugo Sánchez en Pumas no se entiende solamente a través de los goles. También está hecha de las horas que nadie le pedía, de las clases a las que llegaba después de entrenar y de una decisión familiar que le enseñó que el talento podía abrir una puerta, pero no garantizaba que permaneciera abierta.

La leyenda todavía no había terminado de formarse. El muchacho, en cambio, ya había aprendido algo que lo acompañaría durante el resto de su carrera: para estar por encima de los demás, no bastaba con quererlo. Había que quedarse una hora más.


RGS

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Olga Hirata
  • Olga Hirata
  • Olga Hirata no cubre historias: las desnuda. Periodista deportiva incisiva, ve más allá del marcador y escribe desde la grieta humana. No busca agradar, busca verdad—y la dice sin anestesia.
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