Ocho años sin que Colombia disputara un partido mundialista. Ocho años de espera, de promesas, de "la próxima será". Y este miércoles, por fin, jugaron como en casa. México les prestó la suya, los dejó rumbear en ella y los mexicanos se sumaron a la fiesta.
Uzbekistán, la primera nación de Asia Central en competir, también dejó todo en la cancha. Pero los mexicanos ya traían puesta la camiseta amarilla.
Lejos de la opulencia del estadio, apartado de los bloqueos de la CNTE, la fiesta mundialista para el colombiano promedio encontró otro escenario. Los restaurantes de comida típica de la colonia Roma en la Alcaldía Cuauhtémoc se convirtieron en estadios improvisados.
Televisión, arepas, cervezas y ron. En pocos minutos, el aforo del Salchiparce quedó rebasado. La comunidad colombiana abarrotó este y varios restaurantes de la zona. Abuelas, madres, hijos, las novias mexicanas de los hijos. Toda la familia envuelta en impecables playeras y banderas amarilla, azul y rojo.
El esférico giró ante un estadio abarrotado, pero la fiesta para ver el partido permeó en este barrio cosmopolita en la capital. Claxons celebraban desde los autos en movimiento. Desde la banqueta, alguien con una corneta de plástico respondía: Tuu... tuuu. tu tu tu.
Tras varios intentos, fue hasta el minuto 42 cuando Daniel Muñoz encendió la avenida. Se había roto la sequía. El gol resonó en las mesas, en las cervezas levantadas; besos, abrazos, shots de aguardiente que no distinguían nacionalidades.
Las gotas de lluvia amenazaron durante todo el juego. Pero nada que la licra amarilla no pudiera resistir. Las mesas se reacomodaron, se prepararon más botellas para la segunda etapa.
—México es lo mejor de todo, igual que Colombia. Los dos son lo mejor de todo el mundo, decía un colombiano residente en México, con la sonrisa de quien ha encontrado un segundo hogar.
—Contentos aquí, disfrutando y celebrando a nuestra selección, agregaba una colombiana, mientras ajustaba su sombrero andino.
—Con James y con Lucho es lo mejor. Estamos emocionados, esperando que la selección nos regale grandes alegrías y llegue lejos —remataba otra.
Al regresar del medio tiempo, el equipo asiático se reacomodó. Minuto 60: gol de Fayzullaev, remató de cabeza. Pero aquí no se celebró. Las manos a la cabeza y la rechifla tradicional sonaron hasta Colombia.
Al 65, Luis Díaz devolvió la calma. El gol se replicó sobre los restaurantes de la calle de Medellín y de Coahuila, también en la colonia Roma.
—¡Colombia! ¡Colombia! —coreaban, y la calle temblaba.
Todos los establecimientos de colombianos estaban llenos. La gente formada para entrar y, de plano, cerraron la puerta. Los que no alcanzaron esperaron en la banqueta, ocupando doble fila. Playeras de México y de Colombia decoraban el pavimento. Fondos de ron y cervezas se acumulaban adentro y afuera de los restaurantes.
El marcador quedaba 2 a 1 para Colombia. Muchos ya estaban satisfechos. Hasta que en el último momento del juego apareció Jaminton, para anotar el tercero, y con ese gol dar pie al tradicional festejo chilango.
—¡Vámonos al Ángel! ¡Vámonos al Ángel! —se coreaba. Y fueron, aunque ya había comenzado a llover.
La columna del Ángel iluminada de verde. La base custodiada por elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana. Una discreta reja que nadie intentó traspasar, contraria a los tablones que suelen instalar en la capital.
Una pancarta política —"Colombia pudo poner fin al narcoestado. México también"— pasó casi desapercibida entre el tumulto. Ahí estaban ya los primeros mexicanos que celebraban como si fuera su selección.
Mientras los que fueron al estadio comenzaban a llegar, la fiesta ya se había armado: bocinas con reggaetón, chelas, porros y una marea amarilla que crecía sin parar. Mexicanos con la camiseta de James, de Lucho, celebraban.
Los vendedores ambulantes no tardaron en aparecer: capas, espumas, banderas, cervezas... todo lo necesario para la verbena. La glorieta se fue llenando poco a poco: unos salían de los bares y se acercaban al Ángel, otros llegaban directo del estadio con el eco del triunfo aún en la piel.
—Colombia siempre ha sido de los países que apoya mucho a México —explicaba Karen, aficionada mexicana—. ¿Y por qué no apoyarlos a ellos? Al final somos latinos y a echar desmadre, que es lo importante.
Jenny, aficionada colombiana: —Colombia siempre ha tenido un gran recibimiento en México. El partido estuvo cardíaco, gol espectacular. Al final se dio el resultado para Colombia y es importante.
—Se siente bastante local el ambiente —continuaba—. Llenar el Ángel, que es un emblema mexicano, pero se logró.
Silvia, mexicana, sonreía desde el fondo:
—Me casé con un colombiano, así es que soy de sangre colombiana. ¡Arriba Colombia!
Augusto, con una cerveza en mano, resumía el sentir:
—Bonito, muy agradable, satisfactorio. Y más que ganó y ganó bien, es lo importante. Y con esta compañía, los hermanos mexicanos, es increíble. Entonces toca que apoyar mañana a México.
Entre la lluvia, el sudor de la multitud y la alegría de una noche de partido, la fiebre mundialista no pidió pasaporte.
—¡Colombia, Colombia! —gritaban.
—Pero ustedes no son colombianos.
—No, pero estuvo chido el partido —respondían, entre risas—. Somos americanos. Novios Colombia y México. Hermanos, hermanos... ¡Salud!