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Yolanda Ruiz pasó 18 inviernos esperando a su hijo tras tragedia en Pasta de Conchos

Tras años de incertidumbre, recibió la confirmación de que los restos recuperados en 2024 pertenecían a su hijo, Mario Alberto Ruiz Ramos.

El frío fue lo último que sintió Yolanda aquella noche. No el del clima, sino el que se mete cuando algo no está bien y uno todavía no sabe por qué.

Mario Alberto Ruiz Ramos se despidió varias veces antes de irse a trabajar. No era costumbre. Entraba al cuarto, salía, regresaba, abrazaba otra vez. Su padre estaba recién operado. Apenas había salido del hospital por una cirugía de vesícula y Mario fue a verlo antes de irse.

Le dijeron que no fuera. Que hacía mucho frío. Que podía faltar un día. Pero él respondió lo que respondía siempre: tenía que trabajar.

En enero había nacido su hijo. Después de dos niñas, por fin el varón. Ahora tenía tres hijos y una responsabilidad que no se pospone. Antes de salir, cargó al bebé. Lo llevó hasta la cama donde estaban todos reunidos y lo dejó junto a su hermana. Iba bien tapado, recuerda Yolanda. Como esquimalito. Prometió regresar con chocolate y bisquetes. Pero No volvió.

La noticia no llegó con una llamada oficial; llegó por la televisión. "Tragedia en Pasta de Conchos", "65 mineros", “Explosión”. Palabras que al principio no tenían sentido porque Yolanda sabía que su hijo trabajaba en la mina ocho. No sabía que era lo mismo.

Fue su esposo quien no soportó más el silencio. Cuando ella le preguntó directamente si era ahí donde trabajaba Mario, se le salieron las lágrimas. No hizo falta nada más.

Aun así, Yolanda se aferró a una posibilidad. Decían que algunos habían salido vivos. Se vistió y se fue a misa. Cuando el sacerdote habló de 65 mineros muertos, ella se levantó. No podía aceptar esa palabra. Su hijo había salido apenas unas horas antes de la casa. Le había prometido regresar.

Los días se volvieron meses. Los meses, años. Cerraron la mina. Dijeron que no había condiciones para rescatar los cuerpos. Pero Yolanda y su esposo siguieron yendo. No eran viudos, eran padres. Y los aceptaron como parte de ese grupo que se convirtió en familia bajo la tragedia.

Fueron dieciocho años de espera, 18 inviernos. En 2024 comenzaron a recuperarse restos. El 20 de diciembre encontraron uno que podría ser Mario. La confirmación llegó hasta marzo del año siguiente. Yolanda había guardado durante todo ese tiempo las radiografías de su hijo. En la tibia izquierda tenía una placa de platino de treinta centímetros con once tornillos. Era imposible confundirlo.

Cuando le dijeron que sí era él, no gritó, no se desmayó. Sintió algo distinto. La certeza. Después de casi dos décadas, sabía dónde estaba su hijo.

Su esposo no alcanzó a saberlo. Murió en 2021 después de una cirugía por tumores cerebrales. Pasó sus últimos años esperando ese momento que nunca vio llegar.

Mario dejó tres hijos. Una joven a la que reconoció como propia desde que tenía tres meses de edad. Dos hijas más. Y aquel bebé por el que dijo esa noche que tenía que ir a trabajar. Hoy ese niño tiene veinte años.

Cuando Yolanda habla de su hijo, no habla primero de la mina. Habla de cómo saludaba a todos. De que era inquieto. De que no le gustaba trabajar encerrado. Que fue buen hijo, buen padre, buen hermano.

Luego guarda silencio. En ese silencio todavía se escucha aquella promesa sencilla, cotidiana, que nunca pudo cumplirse. El chocolate y los bisquetes.

Hay historias que no terminan cuando ocurre la tragedia. Terminan cuando la tierra devuelve un nombre. Y Yolanda esperó dieciocho años para volver a pronunciar el de su hijo con la certeza de que, al fin, había regresado a casa.




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Kevin Carranza
  • Kevin Carranza
  • Periodista especializado en temas de seguridad y cobertura de nota roja, con una visión precisa y objetiva de los acontecimientos. Amante de la lectura y de las historias que inspiran, combina su labor informativa con una profunda pasión por la aviación, disciplina en la que se prepara de manera constante.
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