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Jueves , 21.03.2019 / 08:47 Hoy

Tianguis y romería entre la resistencia

Distribuidos sobre la calle Enrico Martínez, comerciantes ambulantes aprovechan el plantón de los maestros de la CNTE para vender todo tipo de productos, como diademas, tenis, y demás chucherías.

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En medio de la Ciudadela, sobre la calle Enrico Martínez, donde acampan maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, se despliega un tianguis en el que venden elotes hervidos y asados, diademas, zapatos tenis, chamarras, relojes, maletas, mochilas, tacos, quesadillas, tlayudas y variedad de chucherías, cuya clientela, la mayoría docentes, se agolpa para comprar, observar y regatear.

La verbena incluye música, cantantes solidarios y manifestantes que entonan consignas. Los vendedores ambulantes arriban de diferentes partes de la ciudad y su presencia aumenta mientras pardea el día y cae la noche. Es cuando comienza el griterío que pregona la variada mercancía sobre la única vía transitable. El ambiente simula una feria. Solo faltan caballitos y juegos mecánicos.

Del cúmulo de carpas y casas de campaña, extendidas sobre el parque, delimitadas por la calle Ayuntamiento, el mercado de Artesanías y avenida Balderas, salen los clientes y se concentran en medio de Enrico Martínez, donde el rumor y los gritos se concentran todos los días. En algunas zonas, en la que limitan con la Biblioteca de México, por ejemplo, un mingitorio despide olorcillos.

Pero eso no impide que el vendedor de refrescos de tres sabores, además de agua mineral, ofrezca su producto transportado en un carrito de supermercado, con hileras de vasos salpicados de sal y zumo de limón, que luego mezclará con trozos de hielo. La demanda es alta en tiempos de calores. Cuestan 20 pesos.

El vendedor, que solo musita como respuesta a cualquier pregunta, contrario al resto, que ofrece su mercancía a gritos, forma parte de un extenso grupo de hombres y mujeres que vende ese tipo de producto en tianguis y concentraciones. Son cardúmenes en avenidas, pero ahora es poca su competencia.

Lo que estos comerciantes sí encontraron fue un lugar de consumidores seguros, estables, quienes no tienen que desplazarse más allá de esa área, blindada por granaderos de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México. El tianguis se hace cada vez más extenso. Es similar a los que se forman en las zonas céntricas de los pueblos o en colonias populares.

Y cada vez llegan más.

Allá viene el que ofrece almohadas y cojines. Los clientes, maestras y maestros, se le acercan. “Ciento diez el par”, anuncia, “y 60 la chica”. “Son de hule espuma y delcrón”. El hombre sabe que éste puede ser un mercado seguro, pues ninguna autoridad lo molestará. Lo mismo sabe un matrimonio maduro que vende sillas flexibles.

—¿Cuánto?

—Noventa y cinco, sesenta y cinco y sesenta. Son de tubo galvanizado y lona, mire —dice y muestra la mercancía a dos profesores.

Habrá que avanzar hacia Ayuntamiento. Las chucherías se desparraman en tenderetes. Monederos, aretes, moños, diademas. “A diez, a diez, a diez”. Los clientes se arraciman frente a los puestos.

—¿Y ésta?

—¿La verde agua? Lo mismo, damita.

—¿Y estas bolitas?

—Son aretes; se mueve cuando vas caminando. También te cuestan a diez.

A su lado está el de las bolsas. Todas tienen el logotipo de Nike. “Estas son de a cien”, responde la vendedora, quien escucha la trompeta del panadero y pide un vaso de café con leche y una pieza de pan. “Dame una concha de nata”.

Un vendedor ofrece barritas de dulce macizo y pulpa de tamarindo en bolitas ensartadas. “Dos por diez, dos por diez, se acaban”. Nadie le compra, pero él repite en medio de la romería: “Se acaban”.

La venta continúa. Zapatos tenis, botines y choclos están amontonados. También tenderetes de lentes, relojes y vestidos para niñas.

—¿Cuánto? —pregunta un profesor al que vende gafas.

—Cincuenta con ganas de vender, jefa.

El cliente observa.

—Es Casio original —añade el joven vendedor—. Y mire estos lentes polarizados de tapacrudos, ja, ja, o este para la computadora.

—¿Y estos?

—Ciento cincuenta, jefa.

—¿Y esos?

—De 120.

Maestros y uno que otro transeúnte pasan por la calle, donde distribuyen la mercancía en tres hileras.

—Baratos, maestra —ofrece un vendedor de zapatos tenis, de 150 pesos, según un letrero—, estamos rematando.

Otro ofrece gorras plastificadas con variedad de figuras. “Son baratas, 50 pesos las que gusten, no se despintan”, dice mientras las frota con los dedos. Del otro lado se amontonan pantalones deportivos, “para damas y caballeros”, anuncia el vendedor. “Están a cien pesos, patrona”.

—¿Y las tallas?

—Chicas, medianas y grandes.

Un grupo musical imita a la Maldita Vecindad. Racimos de manos se alzan con teléfonos celulares. Interpreta “Casas de cartón”, canción que deriva en ska. Le aplauden a rabiar. En un descanso el cantante anuncia: “Les vamos a regalar un disco de Taibo Dos y otro de La Resistencia”. Los presentes aplauden.

La música de fondo sigue, la venta también. Un vendedor ofrece chamarras de cien pesos. Una mujer vende tlayudas, tacos dorados y quesadillas. Otra señora, venida del mercado de Sonora, donde normalmente vende, guisa longaniza y carne sobre un comal en un anafre. Su hijo asa elotes.

De este lado venden pantalones, “bolsas de moda, bolsas de novedad, repelente al agua” y “cinturones de piel, tócalos, míralos, cincuenta pesos”. Más allá, mochilas y pizarrones.

—¿Como cuál, maestra?

—Ese pizarrón.

—A 230...

Y sigue la venta de quesadillas “gigantes”, tacos, paraguas, radios, lámparas, mochilas, muchas mochilas, y maletas amontonadas.

El aroma a plátano frito se mezcla con el de longaniza frita. Los vendedores de estos productos permanecen a una distancia de cinco metros. Vienen de diferentes partes de la ciudad. Sobre un carrito navega un letrero: “Ricas sincronizadas de 4 x 10”.

Un músico termina de rasgar su lira y sentencia: “Están chingándose al pueblo; esta reforma no pasará”. Se escuchan gritos y aplausos.

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