De niño la perspectiva de crecer abre panorámica en torno a los oficios. Así se piensa en ser maestro, dentista o veterinario. Pero nunca en querer ser embalsamador.
Siendo joven José Juan Flores Martínez necesitaba trabajo y aceptó sin pensar que viviría de él.
A este oficio se le conoce como tanatopraxia y refiere el conjunto de prácticas que se realizan sobre un cadáver, aplicando métodos para su higienización, conservación, embalsamamiento, restauración, reconstrucción y cuidado estético, antes de su presentación ante los familiares.
“Tenía como 24 años y sí me daba miedo un poco la cercanía con el muerto y todo lo que es el servicio funerario. No sabía si iba a soportar el estar trabajando en esto pero ya tengo 27 años. Este oficio debe tomarlo uno como cualquier trabajo, con respeto y quererlo hacer con amor”.
Considerado uno de los mejores embalsamadores de la Comarca Lagunera, él dice que detrás de cada cuerpo existe una historia de vida y una familia, y el trabajo de un embalsamador es crear una estética de tranquilidad y equilibrio al final de la vida.
Para ello se vale de maquillaje, una cera especial para reconstrucción de cadáveres y masaje.
“El deseo de uno, a pesar de lo que es, es el intentar dar un poco de alivio, que ellos lo vean y digan ‘Mira, va contento’, porque son las expresiones que ellos nos dan, sí se generan estas expresiones de la familia. Hay accidentes terribles pero en la mayoría sí se puede hacer reconstrucciones faciales”.
Flores Martínez es consciente de que el tiempo que transcurre en un hospital desgasta a los pacientes y a sus familiares.
Así cuando le entregan un cuerpo sabe que en el rostro presentará una expresión de cansancio o dolor que deberá ser mitigada.
“Los casos que más lastiman o hacen sentir mal son los niños, porque un adulto como quiera ya vivió y los infantes duelen porque los vemos de meses o hasta no nacidos, esos se embalsaman muy fácil con un gel. Ellos tienen una piel muy limpia, a un adulto hay que darle más tratamiento, que todo esto es sobre masaje cuando aplicas los líquidos corporales, que son arteriales también”.
José Juan Flores dijo que para retardar el deterioro que genera la putrefacción se realiza el embalsamamiento y esto se puede hacer hasta por un mes o más sustituyendo sangre, gases y líquidos corporales por químicos a base de formol y algunos ácidos y anticépticos.
“Colocar tapones de algodón se sigue haciendo, pero ahora se introducen hasta el fondo para evitar que se vean y la familia se quede con esa última impresión".
"Con la experiencia que tengo me tardo tres horas con cada cuerpo que es aseo completo, al mismo tiempo que está aplicando los químicos, dando uno el masaje, se deja reposar y se le aplica otra fórmula, para cavidad, que es para órganos blandos”.
Lo que sigue entonces es el peinado y el maquillaje, es decir un arreglo estético. Y aunque no existe en la ciudad una escuela que enseñe este oficio, José Juan empezó como ayudante con los médicos legistas, lo que le permitió capacitarse a través de cursos que se ofrecen en la Facultad de Medicina.
“Sí he enseñado a otras personas que se han ido a trabajar a otras funerarias. Vale la pena porque al final del día cumplo una misión, hice que una familia esté serena, que no sientan tanto ese sufrir, que desgraciadamente es muy triste despedir a un ser querido”.
Por lo que respecta a su casa, al iniciarse en este trabajo su esposa amplió las medidas higiénicas separando su ropa de las de sus hijas en el ciclo del lavado. Sin embargo, una de sus hijas le pidió que la enseñara y aunque dice que aprendió bien, al casarse abandonó el oficio.
“Ya no hay ahora ningún tipo de resistencia, sólo siempre la precaución siempre de mi señora que sigue con el aseo. La gente siempre le pregunta a uno, que si hay movimiento en algún cuerpo, que si se mueven, que si mueve alguna mano, que si se sientan, la gente tiene mucha inquietud en saber qué pasa con los cuerpos pero yo en lo que tengo de años nunca he visto que se levanten y se sienten y nada".