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Jueves , 21.03.2019 / 12:37 Hoy

Los tipos duros sí bailan

Se quitó toda la ropa, acostado en la cama me pidió que le bailara. Agarré el estuche de mi violín, saqué el arco, hice la finta de bailar; tomé su pantalón, las llaves del auto, sus zapatos.

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Bebo por desesperación, odio el alcohol, ¿qué placer encuentran en ponerse hasta la madre?, tengo que entrarle para poder soportar las fiestas en las que toco, estoy invitado para tocar canciones ridículas como "El mariachi loco", conozco otras más chingonas. No entiendo, ¿qué gracia les causa vernos en fila bailando como tarugos? Es penoso, no para nosotros, me divierte burlarme de lo jodida que es la alegría para algunas personas. Dirán que los mariachis ganamos bien, ¿cuándo se toman la molestia de pensar que la ganancia se divide entre muchos?, no piensan en cuántas bocas mantenemos, las personas suponen que por 3 mil 800 la hora tienen derecho hasta de agarrarnos las nalgas por usar el pantalón pegado; me ha pasado mucho en las fiestas de los políticos: señoras que meten mano, el señor de la casa igual; nos agarran mientras en la cocina nos sirven un cafecito pa'l frío. Hay de todo, eso sí. Personas buenas y malas, la verdad le temo más a los pendejos que a los malos.

Acabo de abandonar el auto. Sigo enojado con mi tío, se negó a pagarme un poco más; le pedí paro, una de mis hijas necesitaba un material para la escuela, mi tío es el dueño de la camioneta que nos transportaba, su palabra es más que ley. Después de discutir y mentarnos la madre, me dejó tirado cerca de San Antonio Abad. Crucé por el paso a desnivel arriesgándome a que me tasajearan, me dejaran encuerado o me dieran violín con el arco del instrumento. Empecé a caminar sobre Tlalpan, travestis por todos lados, algunos me miraban de reojo; estaba a punto de llegar a Viaducto cuando se detuvo un auto. Bajó la ventanilla, mariachi ¿te quieres ganar una lana?, ¿adónde vas?, le dije que intentaba llegar a mi casa, súbete, te llevo, antes vamos a darle una serenata a mi esposa que anda bien encabronada, algo raro sentí cuando lo vi sonreír de ese modo; el dinero no me sobra; aventón gratis, acepté.

Estaba borracho, sacó una botella de whisky que estaba debajo de su asiento, me la ofreció, le di un trago largo; soportar a un borracho cuando estás sobrio es imposible. Conducía despacio, no parecía tener prisa por darle serenata a su mujer. Le pregunté con cuál quería que me arrancara, con la que tú quieras, tú eres el mariachi, apretó mi pierna. Vale verga; este güey es puto; no sé qué cara puse; de inmediato retiró la mano de mi pierna.

—No vayas a pensar que soy puto.

—No se preocupe, jefe, a mí qué, muy su pedo.

—¿Qué pensarías de mí si te digo que lo de la serenata fue el pretexto para subirte?

—Pensaría que quiere platicar conmigo de algo serio.

—Exacto, platicar. Cosas de hombres; te doy mil 500 pesos si entras conmigo a un hotel a platicar.

—Platicar sí, no le hago a otras cosas.

El dinero no me sobra, lo repetiré hasta el final de mi vida. Sonrió mientras se acomodaba los lentes, me dio la impresión de que no era la primera vez que lo hacía; no estaba nervioso. Motel Villa Linda, estábamos cerca del Estadio Azteca. Pagó, cerró la cortina. Entramos. Se acostó en la cama; me acomodé en una silla. Hablamos sobre cómo acabé en esta ciudad, a la que llegué de chamaco; mis padres me encargaron con un tío, no tenían qué darme de comer; mi tío les dijo que acá nadie se moría de hambre como en mi pueblo. No recuerdo exactamente de todo lo que hice el primer día en la ciudad; me imagino que tragar y tragar, la tía gritándole al tío: "¿Pa qué trajistes al chingado escuincle mugroso; se traga todo, no sirve para nada, me ensucia el piso, son más trastes, más ropa para lavar". Jamás escuché que mi tío le contestara una sola palabra a mi tía, con sus amigos presumía que su mujer le tenía miedo. Empecé a acompañarlo a las cantinas de La Merced con sus amigos. Empezó a llevarme a los ensayos de su grupo de mariachis, a uno de los violinistas le habían sacado el ojo con un desarmador en una pelea; tocaba muy bien, ni falta le hacía el ojo. Aprendí muchas cosas de él, le apodaban Cañita, cuando andaba borracho repetía incansablemente una frase: "En esta vida hay que tener dos cosas nomás: corazón y huevos". No me faltó corazón, tampoco huevos, para hacer mi vida a mi antojo; rodé mucho hasta que me casé; el amor no acaba, lo envilecen los problemas de dinero, las penas, los rencores, a lo mejor por eso este cabrón busca algo en la madrugada sobre la Calzada de Tlalpan, es probable que ninguna vestida quisiera subirse con él; los tipos así de entrada dan desconfianza.

Subí porque el dinero no me sobra como para pagar un taxi. Me preguntó si me gustaba mi trabajo, le dije que sí; le pregunté a qué se dedicaba

—Soy escritor.

—¿Se gana bien en eso?

—No sé, mi mujer me mantiene

Vi los zapatos: caros, camisa, reloj, lentes, uñas más arregladas que las de algunas mujeres, no se veía nada jodido, por dentro olía a podrido, esa asquerosa sonrisa torcida.

—Tú vas a salir en uno de mis relatos; los lectores piensan que todo lo que escribimos es ficción; todo lo que me acabas de contar sobre tu vida es una gran historia, eres un personaje interesante.

—No quiero ser ningún personaje, ni salir en ningún relato o historia; se vaya a enterar mi mujer que me metí a un hotel con usted, vaya a poner mi nombre, mi descripción, oiga, no, ella puede pensar lo peor.

—No creo que tu mujer lea mis libros; ¿de qué te preocupas?

—En eso tiene razón, pero por si las flais.

—¿Te molestan los putos?

—No, cada quien sus cubas; además, los llamados putos, finalmente son hombres.

—Y muy hombres.

—No lo dudo, pero... a mí me gustan las mujeres.

—¿Nunca has tenido ganas de meterte con un hombre?

—La verdad no; quiero a mi esposa. Ya me tengo que ir; págueme, por favor.

—Acabamos de llegar.

—Jefe, la verdad me quiero ir, usted me dijo que íbamos a una serenata, luego resultó que no; después que a platicar, platicamos suficiente; entre hombres hay honor, así que aquí ya cumplimos; págueme lo que quedamos, si quiere otro día platicamos

Sacó tres billetes de 500 pesos, los arrojó sobre la cama

—¿Quieres más dinero?

—El dinero no me sobra, ¿quién no quiere más dinero?

—No necesito dinero, si alguien me pregunta si quiero dinero, diría que no, quiero otras cosas, un hombre que me comprenda, que no me diga que soy puto porque me gustan las vestidas; es una forma de sexo, una de miles.

—Si de algo le sirve, no me parece que usted sea puto porque le llamen la atención los travestis; muchos se ven muy bien, parecen mujeres, se ven mejor que las mujeres; otros hasta son mujeres, se operan.

—Todos son mejores que las mujeres.

—De eso no sé, por algo lo dirá.

—¿Quieres que te cuente sobre eso? Soy un tipo duro, no creas que porque me gustan algunos hombres soy un blandito.

—Nadie dijo lo contrario, otro día me cuenta, me tengo que ir.

—Si te quedas te doy mil 500 más.

—Me parecen muy poco; no se ofenda; para usted no es nada.

—¿Cuánto quieres?

—Lo doble.

—Te puedo dar la mitad, al terminar de platicar, la otra mitad.

—Voy a confiar en usted.

Sacó la cartera del bolsillo frontal del pantalón. Extendió dos billetes de 500 pesos, dos de 200.

—No tengo cambio, te debo mil 600.

Guardó la cartera, se quitó los zapatos, empezó a desabotonarse la camisa.

—¿Y tú?, ¿no quieres ponerte cómodo? Me gusta contar mis cosas cómodo, me estorba la pinche camisa; me la compró mi esposa, ¿te gusta?

—Sí, está bonita.

—Si quieres te la regalo.

—No gracias, no me queda

—Ponte cómodo, ese trajecito quiere descansar. Si quieres te ayudo a que te relajes.

—Así estoy bien.

Se levantó de la cama, prendió el radio del hotel; después de buscar paró en una canción que parecía gustarle, una canción en inglés que he escuchado, no sé cómo se llama, ni sé lo que dice. Empezó a desvestirse moviéndose y agarrándose la verga de forma ridícula. Se quitó toda la ropa, acostado en la cama me pidió que le bailara. Agarré el estuche de mi violín, saqué el arco, hice la finta de bailar, tomé su pantalón, las llaves del auto, sus zapatos. No hizo nada, empezó a reírse. Salí de ahí corriendo, prendí su auto, no me siguió o no sé, no volví la vista atrás. Empecé a manejar rumbo a mi casa, timbrazos, "casa" me dieron ganas de contestarlo, pensé en mi esposa, ¿qué sentiría si un cabrón le contesta?, revisé el celular, un mensaje, "¿por qué no me contestas? hace horas que acabó la supuesta reunión con tu editor y no me salgas con que estás con Alberto, acabo de colgar con él", revisé las fotos del celular, cenas, fiestas, vacaciones, comidas familiares, la mujer tenía cara de sufrida, de esas que dan miedo. Pobre cabrón, el dinero no compra los huevos, ni el corazón.

* Escritora. Autora de la novela 'Señorita Vodka' (Tusquets)

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