La Muerte Chiquita: esa placentera, terrible, lánguida, desguansadora, convulsiva, desarmadora sensación que nos hace ver como condenado a la silla eléctrica, al recibir 2 mil voltios que hasta el chiquistriquis han de fruncir; definida sin humedad alguna en un tumbaburros del interné, es "Estremecimiento nervioso, convulsión instantánea que sobreviene a algunas personas". Quizá solo atina donde dice "que sobreviene a algunas personas", no a todas, pues muchas hay que jamás le han percibido. En lo demás, la definición se queda corta. Basta remitirnos a Henry Miller, novelista que del asunto parecía conocer algo. En su novela Sexus, primera de la trilogía denominada "La crucifixión rosada", leemos: "Se corrió, como una estrella que explota con un torrente de palabras y frases. Le dio una convulsión, estaba delirante de gozo y dolor. Entonces se le deslizaron las piernas de mis hombros y cayeron al suelo dando un baquetazo. Se quedó tumbada como una muerta, completamente agotada."
O sea: la Muerte Chiquita, como en México se dice, se anuncia, amenaza con llegar, irrumpe y se manifiesta con jolgorio, algarabía, indecencia o requiebro, pena, porque, bueno: quizá no debí, dice ella, y él: orondo, orgulloso, jactancioso, ¿te gustó? Wey, ¿pus qué no te diste cuenta?
Quizá no, el galán no se dio cuenta: estaba clavado en la autocomplacencia, no en los sentires y venires de su pareja. Es paradójico la Muerte Chiquita aún se aborde en lo oscurito, como tema vergonzoso y vergonzante, si acaso pícaro, cochinín, morboso, y no como una de las manifestaciones fundamentales del ser humano, que nos hace humanos y eternos incluso, por la posible reproducción de la especie gracias a un acto donde pueden confluir, aunque no necesariamente, el sexo, el erotismo y el amor, este último, según Octavio Paz en La llama doble, "una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. Por el amor le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otras en infierno."
La Muerte Chiquita es el orgasmo que se suplica, que con fiebre gozosa buscamos, con alaridos o gemiditos le damos la bienvenida y luego, extenuados deseamos de nueva cuenta, atentando así contra un México racista, sectario, hipócrita, mochilón, de nariz fruncida y doble moral y con el ay, Jesús, en la boca.
Gracias a Paz tenemos un sitio en el mundo global literario, y de primera línea con La llama doble: búsqueda del ser en su trilogía sexualidad, erotismo, amor, donde ya no se habla veladamente de ese estremecimiento llamado orgasmo, que en nuestra realidad cotidiana sigue siendo algo oculto, penoso, innombrable... como si fuese acto del siglo XIX que generó una frase por desgracia aún con cierta vigencia: "El amor es tan sucio que hasta hay que lavarse después del acto", y en el acto, a la de ya...
Por fortuna la Muerte Chiquita se niega a morir y renace. Es un remanso, un paréntesis donde la dominación se diluye y se transforma en común unión, mezcla de fluidos, gemidos, gritos, susurros, pujidos, embates, ternuras, lisuras, ahogamiento por inmersión que se quisiera perpetuo.
Las parejas, del signo que en nuestro tiempo se quieran (hombre-mujer, hombre-hombre, mujer- mujer más los invitados que se desee llevar al banquete donde la libido será el manjar), luchan por apropiarse de su ser, dejarlo que se manifieste libremente en la búsqueda del clímax que coloquialmente llamamos Muerte Chiquita, donde toda la máquina deseante que hombres y mujeres somos está al servicio del deseo que hace hasta lo imposible por arribar al placer.
Desde el principio y hasta el fin de la existencia, la Muerte Chiquita lucha por manifestarse, y para ello, subliminalmente, desmenuza y traduce el rol social de la sexualidad como un ejercicio del poder con dominantes y dominados, sin afeites, a calzón quitado, a chile pelón... y lo transforma en posibilidad de encuentro para el ser, que somos dos o más, en una explosión de vida que atemoriza al poder por su alta carga subversiva: imaginemos que todo el goce manifiesto en la Muerte Chiquita lo quisiéramos llevar a cada una de nuestras actividades: laborales, políticas, familiares, estudiantiles, es decir, que en todas nuestras actividades prevaleciera el impulso de vida y no el de muerte al que la sociedad actual nos encamina vía la obligación, la ley, el deber, el horario, la muchedumbre solitaria en la que nos sumergimos en el día con día en las ciudades, viviendo como a güevo, olvidando la frase del gran Tin Tán, que en alguna película nos dice: "Yo no trabajo para vivir: Vivo para trabajar".
Es decir: vive para ser creativo, lúdico, propositivo, generoso, solidario contigo y para los demás, como en la Muerte Chiquita: amándonos los unos encima de las o los otros, para arribar a la felicidad compartida gracias a la sensualidad que tendrá que ver más con la invención personal que con la publicidad, la porno que oculta más que lo que muestra, las series de tele donde hombres y mujeres, físicamente, son tan distintos a nosotros en sus relaciones y en la vida cotidiana. Una sensualidad franca y abierta que exprese a las máquinas deseantes que somos desde la cuna, los escarceos amorosos de la adolescencia, pasando por la infancia, el descubrimiento de la genitalidad de cada cual, las insoslayables chaquetitas, masturbaciones o lavado a mano del y la adolescente, hasta el enamoramiento, los cachondeos, la represión del deseo, el ocultamiento del placer, las infidelidades, el noviazgo, las promesas de ándale, mi amor, nomás nos echamos uno y ya, de la mitad p'atrás o lo que prefieras: ¿todo dentro o nada afuera?
Se considera que esos asuntos de AmorSexEros son de cada quien en la intimidad, aunque de modo hipócrita se soslaya que socialmente fuimos formados, conformados, con la educación familiar, el modelo que son los padres, el aprendizaje con los cuates, en el trabajo, en los centros de diversión.
La Muerte Chiquita llama a vencer la autocensura, a ejercer la sexualidad con sentimientos y hacer de ese fogón que calienta, uno que arde con la sonrisa a flor de piel; a sonsacar a la esposa, esposo, novio, novia, amante, quelite, sancho; arriba a pesar la pareja inmersa en una sociedad sexualizada, que cumple los rituales aún cuando al vivirlos se desencante por las imposiciones del nace, crece, reprodúcete: siembra un árbol, ten un hijo, escribe un libro y ya te puedes morir, proveedor y verdugo, matriz incorporada al desarrollo y a la producción, con Viagra para los tiempos difíciles.
La Muerte Chiquita a renacer, a transformar lo que nos lastra. Díganlo si no quienes la han sentido en común unión, en esa mencionada mezcla de fluidos, gemidos, gritos, susurros, y desmayos de los que despertamos para preparar el siguiente encuentro, viviendo mientras tanto del recuerdo, como don Renato Leduc: Yo vivo de lo poco que aún/me queda de usted,/su perfume, su acento,una lágrima suya que mitigó mi sed.
*Escritor. Cronista de "Neza"