En San Pedro de las Colonias, en la región Laguna de Coahuila, los contrastes en torno al abastecimiento del agua para consumo humano son aterradores y al ser un municipio eminentemente agrícola, la población debe aceptar que existe más agua para las pequeñas propiedades donde se siembran forrajes o se mantiene a contrasentido la siembra de la nuez, mientras que la gente en los ejidos debe consumir agua que sacan de los canales de riego de manera ilegal.
Con esta agua que arrastra basura, metales pesados y hasta animales muertos, en los domicilios lavan la ropa. El agua gris de la lavadora se almacena para apaciguar la tierra suelta en los corrales y zaguanes; para trapear la casa y echarla en el retrete, si es que la comunidad tiene drenaje sanitario. El agua para beber se compra aparte, en garrafones.
Y si se trata de bañarse la estrategia es durar lo menos posible debajo de la regadera. Se abre la llave que, por declive, recibe el agua del tinaco que se ubica en la azotea. Se cierra la llave para enjabonar el cuerpo y el cabello rápidamente. Y la llave se abre una última vez para enjuagarse.
Quizá sean 5 o 10 minutos pero la gente intenta lograr cumplir la semana con un baño diario, lo que hoy se percibe como un lujo, aunque la alcaldesa Brenda Cecilia Güereca Hernández se haya atrevido a insultar a las mujeres que, hartas, el 2 de junio pasado junto con sus críos, bloquearon la carretera federal San Pedro-La Cuchilla para exigir atención. Allí la presidenta les dijo, literal, que si no tienen agua es porque “baja la demanda, porque ustedes se bañan menos”.
En las comunidades ejidales como San Miguel, Frontera y San Felipe los vecinos dicen que tras la protesta ya tienen agua, que llega en la tubería un día a la semana por un rato solamente, y que también los atienden con pipas aunque el líquido llega verde. Este medio de comunicación pudo observar que hasta los canales de conducción del agua destinada al ciclo agrícola, llegan conductores de pipas que introducen mangueras para sacarla y entregarla en las casas.
Ejido San Miguel
Julissa Mendoza Martínez y su esposo, José Ángel Acosta, afirman que al estar a la orilla de San Miguel, el agua no les llega por la tubería. Sentada afuera de su domicilio, ella tiene 48 años de edad, mismos que ha vivido en el ejido.
“En esta parte no tenemos, antes yo vivía allá a la entrada, y allá sí no falla el agua. Pasando el puente sí hay agua. La pipa viene aquí cada ocho días, los martes viene a dejarla, pero no le dan a toda la gente, nomás a los que vivimos en la parte de la orilla, aunque a veces no sale agua tampoco en otras partes, no sé por qué pero hay ciertas casas donde sí sale y otras partes donde no”.
Con alrededor de mil 200 habitantes en San Miguel, el calor se percibe insoportable pues si bien la región ha alcanzado más de 35 grados centígrados, la deforestación de los ejidos mantiene una panorámica desoladora. Pero ni los comisariados ejidales le exigen a las autoridades locales ni el programa de Agua Saludable para La Laguna termina de llegar a los pueblos.
“El agua que nos dan para la semana la vamos mareando. Y si se termina paga uno flete. Yo no pago porque mi esposo me trae pero hay gente que sí porque no tienen en qué moverse y tienen que pagar. Pero ahora el agua que nos trajeron está muy verde; no sé de dónde la traerían pero está verde. Nosotros tenemos parientes en la cabecera y a mi marido le dan. También cuando pasa el agua por el tajito agarra uno para las plantas, que es muy poco porque esta vez duró dos días”.
José Ángel comentó que la desesperación fue lo que movió a los pobladores a realizar protestas. Él fue a ver cómo se encontraban sus vecinos y estaba tranquilo. Por el puente de Nilo, acotó, se reunieron también habitantes de Zaragoza y Candelaria. Otro plantón lo impulsó gente de Frontera, San Felipe y Presa de Cleto. Antes de las elecciones la gente se inconformó en San Miguel y por ello el SIMAS envió pipas.
Al tercer día de las protestas incluso llegó gente de Mayrán a la carretera San Pedro-La cuchilla donde duraron todo el día. La idea era quedarse, pero llevaban niños chiquitos. No cocinaron en el lugar porque familiares y amigos les llevaron melones, sandías y agua.
Los deberes
Las mujeres resuelven y si no hay agua en la tubería o en los tinacos y contenedores, la buscan hasta en pozos clausurados. Daisy Pamela Luévanos Enríquez tiene 22 años y un hijo pequeño, para ayudar a su pareja ella trabaja en un restaurante de gorditas. La dueña del local en San Miguel se encarga de proveer el agua; los alimentos los hace en su domicilio y las muchachas se encargan de limpiar.
“Se batalla en todos lados y hay gente a la que no le sale ni una gota e igual mucha gente pagamos para que nos traigan agua pero sí batallamos para que nos salga en la llave. Saldrá para lo que es un tanque nomás pero hay muchas partes donde no sale nada. De San Felipe, San Patricio, Frontera y Nilo, son los ranchos donde la gente hizo plantón porque no les aventaban nada de agua y las pipas vienen pero no a toda la gente le quieren dar por los recibos”.
Daisy dijo que ella paga 90 pesos por consumo de agua en el recibo del Simas; cada vez que llega una vecina a cobrar, cubre la factura aunque no salga el líquido en su casa. Eso le da derecho a obtener agua de la pipa, pero acotó que si se acaba el agua y faltan domicilios, los trabajadores ya no volverán por el resto de los habitantes que faltaron. Adquirir agua a particulares implica pagar 250 por mil litros de agua.
“A veces avientan el agua: un día sí y un día no, pero hay días que de plano no sale y al otro día sale un chorrito, con eso aguantamos hasta que llega la pipa, los días martes, si falta gente ya no vuelven a venir. No pensamos en irnos porque ya nos acostumbramos. En diciembre no hay ni dónde echar el agua pero en tiempo de calor cómo batallamos”.
En el ejido San Patricio, Gladys Estrada se ha acostumbrado a no tener agua. No lo dice expresamente, sino todo lo contrario. Ella afirma que sí tiene agua aunque los tinacos están afuera de su casa para recibir el líquido que llevan las pipas. Frente a su casa los niños en la escuela ensayan un bailable de fin de cursos, bajo el toldo de láminas que impide que el calor los devore.
“Aquí cada ocho días nos traen agua, ya depende de nosotros si la cuidamos o no. A veces lo que nos dejan nos dura la semana; yo guardo en mi tinaco, mi bañera y dos tanques que tengo atrás. Aquí vivimos dos nada más. Yo reciclo el agua de la lavadora. La que traen es para el uso, para lavar trastes y todo. Para tomar vamos a la purificadora. Para bañarnos tengo mi tinaco arriba, ese lo lleno, nos bañamos lo más rápido que podemos. A lo que vamos, vamos. Así nomás”.
Ella considera que si la gente quiere, en un día se les acaba el agua, pero en un lugar donde no hay en la red de agua potable, se tiene qué cuidar pues de ello depende la higiene de sus hogares y sus personas.
“Mi tinaco está lleno porque ayer vinieron, los martes vienen a darnos agua, lo que tengamos para llenar nos dan. Yo tengo aquí cinco años viviendo, pero mi esposo dice que aquí tiene más de 40 años que no sale el agua, nadie tiene llave. Tubería no hay. Algunos decían que era una pendejez ir a plantarnos si no nos sale agua”, comentó Gladys que, no obstante, aseguró que a ella también le llega el recibo por concepto de uso de agua potable.
Otra cosa que llama la atención es que dijo que usa el agua gris para echarle al baño, pero en los domicilios de San Patricio no hay red de alcantarillado y se usan fosas sépticas.
Susana Villalobos Esquivel es ama de casa. Mientras la lavadora cumple el ciclo, ella limpia su casa y atiende su miscelánea, en el ejido Frontera. Una de sus hijas se encuentra en la escuela, mientras su esposo y sus otros dos hijos se encuentran trabajando. Susana dijo que es marzo cuando comienzan los problemas por el consumo de agua y el problema se mitiga en el invierno.
“Como somos cinco y ya ve deben trabajar mis hijos pero hay veces que se acaba el agua y tenemos que comprarla. A veces mi esposo me trae pero le da 50 pesos al señor por un tinaco y un tanquecito para que aguante la semana mientras llega la pipa. Los del municipio dijeron que ya no iba a fallar el agua y la alcaldesa que iba a salir ahora a las 9 de la mañana el agua, pero no salió nada. Una señora me dijo que salió el agua ayer en la noche para allá. Pero acá no salió porque somos de los últimos”.
Por el agua purificada no batalla porque en su negocio la vende, pero como todos los habitantes de estos ejidos, y más aún las mujeres, ella debe resolver la limpieza de la casa. El contar con para lavar la ropa y los trastos, y para bañarse, es una lucha cotidiana que deberán enfrentar si no desean migrar.
cale