En Pomuch, Campeche, los difuntos vienen a celebrar con sus seres queridos el Día de Muertos, pero para ello deben estar presentables. Es un día de fiesta, de conmemoración, donde la mayoría de los integrantes de la familia estarán presentes. Por eso, como parte de la tradición de esta región, desde mediados del mes de noviembre las personas visitan las tumbas de sus seres queridos para limpiar, sacudir y acomodar los restos de sus muertos.

El cementerio de Pomuch se llena de gente del pueblo pero también de turistas provenientes nacionales e internacionales que vienen a ver cómo es que esqueletos, que aún conservan su cabellera, o que yacen dentro de pequeños cofres, son sacados de sus nichos para rezarles, cantarles y platicar con ellos. Lo ancestral se siente en el ambiente, los antepasados sonríen, gozan y no espantan a nadie. Es cultura, la magia en estas tierras mayas persiste.

Familias enteras van heredando esta especial manera de enfrentar la ausencia de los otros, de aquellos que ya no tienen de qué preocuparse. Así nos lo platica la señora Laura Ortega, quien desde que nació ha realizado esta actividad. Sus padres la llevaban al cementerio junto con sus hermanos para dejar limpios esos huesos de sus familiares, que en unos días iban a comer con ellos. Ahora ella lo ha inculcado entre sus hijos que toman parte importante en la elaboración de los alimentos para la celebración, y que es parte fundamental para esta fiesta.

Al alimento se les conoce como "el Pi" o "Pibipollo", una especie de tamal que se elabora en un horno bajo tierra. Es comida que se entierra para su cocción, muy parecido a barbacoa. Del maíz elaboran la masa, utilizan hierbas como epazote y albahaca, granos de frijol, pollo o cerdo y chile habanero, entre otros ingredientes. Todo envuelto en grandes hojas de plátano, se coloca bajo tierra y se deja cocer por alrededor de hora y media.

La señora Laura nos cuenta cómo toda su familia se reúne y se organiza para elaborar este platillo. Unos apartan las especias, otros la masa o la carne, los experimentados se encargan de hacer el hoyo en la tierra para generar el horno artesanal. Todos colaboran de alguna manera para al final terminar sentados a la mesa y así convivir los que están con los que ya no, con los que viven a través del recuerdo. Es su manera única de celebrar el día de muertos.
