Ha transcurrido un mes de la tragedia en el colegio Enrique Rébsamen y la maestra Martha Patricia Godoy todavía escucha en sus sueños los gritos de los niños, a los que abraza y sujeta de las manos y les dice: “No nos vamos a morir”.
Patylú, como la conocen los menores, no deja de llorar ni puede dejar de hacerlo. Un especialista le dijo que debe sacar el dolor que la consume por dentro, aunque ella sabe que ese sentimiento la va acompañar toda la vida.
La miss llevaba siete años trabajando en el colegio del sur de Ciudad de México, enseñaba inglés a niños de 7 años que cursaban el segundo grado de primaria.
Hace 33 años prefirió ser docente y entregar su vida a los chiquillos, a ejercer la profesión de comunicadora que terminó en la UNAM.
Ella nunca sospechó que el colegio donde laboraba se convertiría en el símbolo de la tragedia y de la esperanza nacional cuando se buscó a una niña “Frida” que no existía, tras el sismo de magnitud 7.1 que sacudió la capital el 19 de septiembre. Allí, 19 niños y siete adultos perecieron entre los escombros.
El desastre en el plantel trajo al descubierto, según autoridades, actos de fraude.
Documentos señalan que el 13 de agosto de 2010 se determinó la clausura de la escuela en Rancho Tamboreo números 11 y 19, colonia Nueva Oriental Coapa; y que se ordenó la demolición de 90 metros en el cuarto nivel del edificio, el cual se colapsó en el temblor, por no acreditar con la documentación que amparara la legalidad de la obra.
Por el momento, no hay algo que demuestre que se subsanaron las irregularidades y que se levantó el estado de clausura, ni demolición y/o pago de multas impuestas.
Solo se sabe que la dueña y directora del colegio, Mónica García Villegas, tenía su casa en el cuarto nivel, con piso de mármol y mesas de granito. Ahora, es investigada por la PGJ y se solicitó a un juez local dos órdenes de aprehensión.
“Yo los estoy cuidando”
Dos horas antes del sismo, los alumnos participaron en el simulacro que se programó en CdMx a las 11 de la mañana, con motivo del 32 aniversario del terremoto de 1985.
Patylú recuerda que en el simulacro los niños hicieron un tiempo de 45 segundos, al salir del salón y llegar a la zona de seguridad marcada en la escuela. Los felicitaron por el poco tiempo. Regresó a dar clases en el salón de Segundo B.
“Estoy dando mi clase y empezamos a sentir el temblor y teníamos la orden de evacuar por la escalera que divide a los grupos; los grupos de segundo y tercero bajamos por una escalera y de cuarto a sexto por la otra, por la que quedó en pie.
“Salimos lo más rápido que pudimos, alcancé a ver cómo mis alumnos de Segundo A iban caminando con su maestra de español (Claudia Ramírez, su amiga que no corrió con la misma suerte) a lo que era el pasillo para llegar a la escalera, hasta que empezó el movimiento más fuerte y se derrumbó el edificio”, relata.
Miss Patylú quedó tirada en el suelo con Andrés, José, Alonso, Yuraci y Patricio, a quienes cubrió y no soltaba de las manos.
“Ya te podrás imaginar los gritos de los niños, la desesperación de no podernos mover de ahí, de sentir cómo el edificio se estaba moviendo, sentir que se caía y abrir los ojos y ver una nube inmensa de polvo y seguir sintiendo el temblor, hasta que paró el ruido de lo que se estaba desplomando.
“Los pequeños gritaban que nos íbamos a morir, que llamara a sus mamás. ¡Sí. Nos vamos a morir!”, le decían.
Patricia no sabe de dónde sacó fuerzas y les dijo a los niños: “No nos vamos a morir, los estoy cuidando, los cuido”. Ella también quería llorar y gritar, “pero tiene que salir tu otra personalidad y enterrar los sentimientos y aguantarte para todo lo que sigue… y pensar en tú familia”.
Cuando acabó de temblar tomaron otra escalera y llegaron al patio. Todavía había polvo y empezó a arribar mucha gente; del edificio colapsado se oía que se estaba escapando el gas. Los vecinos abrieron el portón del colegio y ofrecieron sus casas para que Patylú y otras maestras llevaran a los niños y empezaran hacer listas para saber quiénes faltaban.
Regresó a la escuela y entregó la lista a un policía que estaba encima del techo que se derrumbó. El oficial dobló la hoja y la guardó en el pantalón. A ella la sacaron.
“No quedé conforme. Pedí que me dejeran entrar, yo entregué la lista”. Alguien gritó: “La maestra, la lista”.
“Entré y me mandaron con la delegada (Claudia Sheinbaum). Le dije: “Entregué la lista de los niños que están en la escalera”.
—¿A quién se la dio?
—A él (señalando al policía).
El uniformado sacó la lista de su pantalón y se la entregó a un mando de Protección Civil, que le empezó a preguntar a Patylú dónde estaba la escalera del colegio. Después le pidió dibujar lo que existía en cada punto del plantel.
A la directora la sacaron de los escombros y trató de organizar a su personal. Pero las maestras le dijeron que ya lo estaban haciendo y se fue.
Entre la multitud un doctor preguntó “quién hizo la lista”. Patricia levantó la mano y dijo: “Yo”.
El doctor la retiró de donde están los papás. Le comentó que necesitaba que fuera a apoyar para reconocer los cuerpos de los niños. “No sé qué cara me vio el doctor, porque dijo ‘o alguna otra maestra’. Le dije: los conozco a todos de cara y de nombre”.
Patylú quería reconocer niños vivos, no muertos. “Me tocó reconocer a cuatro niños y a una persona de intendencia”.
En el colegio, Enrique García, papá de la directora, tenía un departamento por el que se entraba del lado del edificio de secundaria; la directora y dos de sus hijas tenían cada quien el suyo del lado de la primaria.
Patricia recuerda que habló con un almirante de la Marina, con un mando del Ejército y con uno de la Cruz Roja. Ella les decía todo lo que había en la escuela y ahora no existía.
—¿Usted es la directora?— preguntó el almirante.
—No, soy la maestra.
Entonces un oficial de Marina que traía muchas listas le dijo a su mando: “La directora ya se retiró”.
“Algo que tengo tan grabado es que el almirante de Marina comentó: ¿Entonces estamos diciendo que estamos buscando objetos o buscando a sus alumnos?”
—¿Por qué dijo eso?
—Porque la directora ya no estaba.
Patylú se quedó callada, no sabía por qué la directora no estaba. Entonces uno de los soldados comentó: “Vamos a seguir en lo que estamos, hay que buscar niños”.
Dueños no acreditaron las adecuaciones
Documentos de Planeación Urbana, de la Dirección de Licencias de Construcción de la delegación Tlalpan, indican que el inmueble fue registrado el 25 de noviembre de 1983. El director responsable de la obra fue Max Betancourt.
Se registró la construcción de dos departamentos, oficinas de 30.00 m2 y salón de juegos, con uso exclusivo de los departamentos en cuatro niveles. Por derechos se desembolsó 31 mil 500 pesos.
El 19 de marzo de 1984 se realizó una ampliación de construcción de 740.00 m2, por lo que se pagó por derechos 29 mil 600 pesos. Hasta el 16 de marzo de 1990 se presentó una solicitud de constancia de zonificación de uso del suelo, donde solicitan el permiso para una secundaria.
En la constancia de seguridad estructural de 2014, con vigencia de cinco años, la Dirección de Obras de la delegación solicitó a los propietarios documentos para constatar la seguridad de la edificación.
El 9 de junio de 2014 se ordenó la clausura total temporal de la construcción, por no acreditar que contaba con la manifestación de construcción para llevar a cabo adecuaciones en el inmueble.