M+.- El canto cardenche consiguió llegar hasta París, Francia, y Washington, Estados Unidos, pero en Sapioriz, la comunidad de Durango donde esta tradición encontró uno de sus principales refugios, algunos jóvenes ya ni siquiera se quedan a escuchar una canción completa.
“Llegaban, daban los buenos días. Iban dos o tres muchachos y, después de oír la primera canción, se iban”.
Guadalupe Salazar, conocido como Don Lupe, recuerda así la escasa respuesta que encontraron los talleres organizados para enseñar una expresión musical que durante generaciones formó parte de la vida cotidiana de los campesinos de La Laguna.
A sus 80 años, es el último integrante vivo del grupo de cardencheros que llevó esta música a escenarios de México, Estados Unidos y Europa. Sus compañeros murieron y, aunque él continúa enseñando a quienes se acercan a su casa, todavía no existe un relevo generacional suficiente para garantizar que la tradición permanezca viva en su comunidad.
La paradoja es que una música nacida entre trabajadores del campo, sin instrumentos ni formación académica, despertó admiración fuera de México, pero encuentra dificultades para conquistar a los jóvenes de la tierra donde se ha conservado durante más de un siglo.
“En el tiempo de nuestra juventud, todos los jóvenes sabían cantar, todos tenían la voz. Ahora ya no, ni los hijos ni los nietos”, lamenta Don Lupe.
En Sapioriz, perteneciente al municipio de Lerdo y reconocida como la Cuna del Canto Cardenche, las voces que antes acompañaban la vida campesina se han reducido con el paso de los años. La muerte de sus principales exponentes, el cambio en las costumbres y la falta de interés de las nuevas generaciones mantienen a esta expresión cultural bajo la amenaza de desaparecer como una práctica comunitaria.
Durante casi cuatro décadas se han organizado talleres, recopilado canciones y realizado grabaciones para preservar su riqueza musical. Sin embargo, conservar los testimonios de sus intérpretes no ha sido suficiente para asegurar que alguien más quiera aprender a cantar como ellos.
Tres voces, ninguna guitarra y una música que nace del dolor
El canto cardenche es una de las expresiones más singulares de la música tradicional mexicana. A diferencia de otros géneros populares, no necesita guitarras, violines, acordeones, percusiones ni ningún instrumento que marque el ritmo o sostenga la melodía.
Toda su fuerza descansa en la voz humana.
Se interpreta a cappella, generalmente mediante tres voces que se entrelazan, se separan y vuelven a encontrarse para construir una sonoridad de gran intensidad emocional.
La primera, conocida como voz fundamental o central, conduce la melodía y marca el desarrollo de la canción. La segunda, llamada voz de arrastre, aporta los sonidos graves que sostienen la interpretación. La tercera, denominada contralta, alcanza los registros agudos y proporciona buena parte de la tensión y el dramatismo que caracterizan al género.
No se trata simplemente de que tres personas canten al mismo tiempo. Cada una cumple una función específica y debe conocer el momento preciso para intervenir, prolongar una nota o acompañar a las demás.
Las interpretaciones pueden pasar de sonidos suaves a expresiones intensas y desgarradoras. También incorporan pausas que rompen la continuidad de las frases y acentúan el sentido de las letras.
Esa combinación de voces constituye una modalidad de polifonía popular, es decir, una forma de música en la que distintas líneas vocales se desarrollan simultáneamente.
El Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial, de la Secretaría de Cultura federal, reconoce esta estructura de tres voces como uno de los elementos distintivos del canto cardenche, una práctica vinculada históricamente con campesinos, jornaleros y habitantes de las comunidades rurales de La Laguna.
Su nombre también encierra una explicación de la naturaleza de sus canciones.
El cardenche es una planta espinosa propia de las zonas semidesérticas del norte de México. Sus espinas pueden resultar dolorosas al penetrar en la piel y lastimar todavía más cuando se intenta retirarlas.
Esa característica dio lugar a una comparación con las heridas sentimentales que aparecen en las canciones: amores perdidos, despedidas, desprecios, soledad y sufrimientos que permanecen en la memoria.
De ahí que buena parte del repertorio esté marcada por la tristeza y el desamor, aunque también incluye narraciones sobre la vida campesina, las relaciones humanas y acontecimientos de las comunidades rurales.
Entre las piezas conservadas figuran composiciones como "Yo ya me voy a morir a los desiertos", "Al pie de un árbol", "Paloma blanca" y "Una mañana muy transparente", que forman parte de los registros históricos de esta tradición.
Marcela Rita Estrada Llamas, promotora cultural de la Unidad de Culturas Vivas, Patrimonio Inmaterial e Interculturalidad de Durango, explica que esa particular combinación de voces, sentimientos y experiencias convirtió al canto cardenche en una manifestación distintiva de la identidad lagunera.
Pero el valor de esta música no se encuentra únicamente en sus características sonoras. También radica en la historia de las personas que la crearon, practicaron y transmitieron sin necesidad de escribir una sola nota en una partitura.
Una herencia que nació entre peones y campos de algodón
Los antecedentes documentados del canto cardenche se remontan al siglo XIX, cuando la Comarca Lagunera experimentó el desarrollo de las haciendas agrícolas y de los campos algodoneros que atrajeron trabajadores procedentes de distintas regiones del país.
La convivencia entre jornaleros, campesinos y familias que llegaron a establecerse en los poblados rurales contribuyó a formar una cultura musical transmitida principalmente mediante la palabra y la memoria.
No existe una explicación histórica definitiva sobre el origen preciso del cardenche. El inventario cultural federal recoge hipótesis que lo relacionan con las tradiciones vocales llevadas por trabajadores migrantes de Zacatecas y otros estados del norte, así como con posibles influencias de antiguos cantos religiosos.
Lo que sí está documentado es su arraigo entre los trabajadores rurales de Durango y Coahuila, particularmente desde finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX.
A diferencia de las agrupaciones musicales que se organizaban para amenizar celebraciones o presentarse ante el público, los campesinos utilizaban el canto como una forma de convivencia y desahogo después de sus jornadas laborales.
Las reuniones ocurrían en espacios abiertos, muchas veces durante la noche, cuando el trabajo había terminado y los hombres encontraban tiempo para descansar y compartir sus experiencias.
Marcela Rita Estrada recuerda que estos encuentros formaban parte de una costumbre arraigada entre los habitantes de los ejidos.
“El canto cardenche formaba parte de su recreación, era su diversión. Llegaban de la jornada de trabajo, se iban a una orilla que llamaban ‘los basureros’ y ahí en la noche, con su pastillita de sotol (destilado de una planta del mismo nombre), empezaban a cantar. Era lo que había”.
Por esa asociación con los espacios donde se reunían los campesinos, algunas interpretaciones también fueron conocidas como canciones de basurero. En otras comunidades recibieron el nombre de laboreñas, por su relación con las actividades del campo.
Durante años, los intérpretes aprendieron escuchando a sus mayores. Los padres enseñaban a sus hijos, los abuelos transmitían las melodías a sus nietos y los jóvenes se incorporaban a las reuniones hasta familiarizarse con la manera particular de combinar las voces.
No existía una enseñanza formal ni era indispensable saber leer música.
La capacidad de recordar las letras, reconocer las entradas de los compañeros y sostener la voz correspondiente se adquiría mediante la repetición y la convivencia.
Esta forma de aprendizaje permitió que el canto sobreviviera durante generaciones, pero también creó una dependencia directa entre la existencia de intérpretes experimentados y la disposición de los jóvenes para escucharlos.
Cuando esa relación comenzó a debilitarse, también empezó a interrumpirse la transmisión de los conocimientos.
De música de viejos a patrimonio reconocido en el mundo
El desinterés por el canto cardenche no es un fenómeno completamente nuevo.
De acuerdo con los antecedentes históricos difundidos por el Festival Internacional Cervantino, durante la década de los setenta esta expresión ya había caído en desuso y sobrevivía gracias a un reducido número de intérpretes, principalmente adultos mayores.
En algunas comunidades se le consideraba música de viejos o se le asociaba con las reuniones donde los hombres bebían después del trabajo. Sus practicantes incluso llegaron a enfrentar burlas.
El reconocimiento cultural que actualmente tiene no siempre estuvo presente entre los propios habitantes de La Laguna.
Fue a partir de los esfuerzos de investigación y salvaguardia impulsados durante las décadas de los setenta y ochenta cuando comenzaron a realizarse registros musicales, encuentros y presentaciones que permitieron dar mayor visibilidad al género.
Las grabaciones contribuyeron a rescatar una expresión que durante años había permanecido casi exclusivamente en el ámbito rural.
En 1992 se editó un registro discográfico titulado "La canción cardenche", con interpretaciones de cardencheros de Sapioriz y La Flor de Jimulco, comunidad del municipio de Torreón, Coahuila, donde también se preservó esta tradición.
Un año después, en 1993, se publicó el volumen "La canción cardenche: tradición musical de La Laguna", una recopilación dedicada a documentar parte de este patrimonio.
El proceso de recuperación permitió que cuatro campesinos de Sapioriz llevaran el canto mucho más allá de sus comunidades.
Guadalupe Salazar, Antonio Valles, Fidel Elizalde y Genaro Chavarría conformaron la agrupación que consiguió presentarse en escenarios nacionales e internacionales.
Luis Enciso, promotor cultural de la Unidad de Culturas Vivas de Durango, recuerda que los intérpretes llegaron a ciudades como París y Washington, donde su particular manera de cantar permitió dar a conocer una expresión musical prácticamente desconocida para buena parte del público.
“Ellos cuatro lograron que el canto trascendiera más allá de La Laguna e incluso de la frontera. Estuvieron en Estados Unidos y en Europa”.
La agrupación obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2008, en la categoría de Artes y Tradiciones Populares, reconocimiento que recibió de manos del entonces presidente Felipe Calderón en marzo de 2009.
El galardón representó uno de los momentos de mayor reconocimiento para los cardencheros, quienes habían aprendido a cantar mediante las enseñanzas de sus padres y abuelos.
Sin embargo, la proyección internacional y los premios no lograron modificar de manera definitiva el desinterés que persistía entre las nuevas generaciones de Sapioriz.
Jóvenes de otros estados viajan para aprenderlo; en Sapioriz cuesta encontrar alumnos
El contraste entre el reconocimiento exterior y la respuesta de los habitantes de la comunidad quedó de manifiesto durante los talleres impartidos por los propios cardencheros.
Don Lupe recuerda que, en Lerdo, la asistencia era reducida y algunos jóvenes abandonaban las sesiones después de escuchar las primeras interpretaciones.
En ocasiones, apenas acudían dos o tres muchachos.
Fuera de La Laguna, en cambio, los talleres encontraron personas dispuestas a dedicar tiempo al aprendizaje de las melodías y de las técnicas vocales.
En Guadalajara participaron numerosos estudiantes, entre ellos personas originarias de Veracruz, Chihuahua y Yucatán.
Uno de los alumnos incluso viajó desde el sur del país con el propósito de aprender el repertorio cardenche y consiguió memorizar 19 canciones.
La experiencia demuestra que esta música todavía es capaz de despertar interés, aunque no necesariamente entre los jóvenes que viven en las comunidades donde se originó.
Para Marcela Rita Estrada, parte del problema se relaciona con la transformación de las costumbres y de los espacios de convivencia.
Las reuniones nocturnas donde los campesinos aprendían a cantar fueron perdiendo presencia conforme cambiaron las actividades económicas, las rutinas familiares y las posibilidades de entretenimiento.
Las nuevas generaciones crecieron en un entorno diferente, con acceso a expresiones musicales y formas de distracción que sus padres y abuelos no tenían.
“Ahora, desgraciadamente —no sé si desgraciada o afortunadamente—, los jóvenes tienen otras maneras de distracción”, añade.
En ese contexto, el cardenche dejó de formar parte de una convivencia cotidiana en la que aprender las canciones ocurría de manera espontánea.
Lo que antes se transmitía en las reuniones familiares y comunitarias ahora depende, en buena medida, de talleres, proyectos culturales y de la iniciativa personal de quienes desean conservarlo.
El desafío consiste en despertar interés por una tradición que ya no ocupa el mismo lugar en la vida de las nuevas generaciones.
El trabajo, la migración y la falta de vocación complican el relevo
El problema, sin embargo, no se limita al desinterés.
Don Lupe señala que algunas personas que aprendieron el canto cardenche no pueden practicarlo regularmente porque deben atender sus responsabilidades laborales y familiares.
Entre los posibles intérpretes hay músicos de orquesta, docentes y trabajadores de maquiladoras. Otros han emigrado a Estados Unidos.
Aunque algunos muestran disposición para participar en encuentros o presentaciones, sus horarios y actividades les impiden mantener una agrupación estable.
La situación contrasta con las condiciones que vivieron los cardencheros durante los años en que comenzaron a presentarse fuera de sus comunidades.
“A nosotros nos invitaban y dejábamos el trabajo para irnos, porque nos daban permiso los patrones”.
Hoy, explica, no todos los trabajadores pueden ausentarse de sus empleos para acudir a ensayos, talleres o presentaciones musicales.
La dificultad se vuelve mayor porque el canto cardenche necesita la participación coordinada de varias voces.
No basta con que una persona memorice una canción. Para conservar su interpretación tradicional se requieren cantantes que conozcan las distintas funciones vocales y tengan oportunidad de reunirse para practicarlas.
La muerte de los intérpretes experimentados también reduce las posibilidades de aprendizaje directo.
Durante generaciones, las personas mayores fueron los principales depositarios de los conocimientos musicales. Cada pérdida implica la desaparición de experiencias, recursos interpretativos y recuerdos que no siempre quedaron registrados.
De ahí la preocupación de Don Lupe por la falta de continuidad incluso dentro de las familias de los propios cardencheros.
Setenta letras conservadas, pero hay melodías que ya nadie recuerda
Los esfuerzos por documentar el canto cardenche han permitido rescatar una parte importante de su repertorio.
Entre los trabajos de preservación destaca el "Cancionero Cardenche", una recopilación que reúne alrededor de 70 letras y constituye uno de los principales testimonios escritos de esta tradición.
Sin embargo, registrar las palabras no significa necesariamente conservar las canciones completas.
Luis Enciso explica que algunas melodías dejaron de transmitirse y terminaron perdiéndose, pues los propios cardencheros no alcanzaron a aprender todas las composiciones que conocían sus padres y abuelos.
En una tradición construida mediante la combinación de voces, la pérdida de una melodía representa una dificultad que no se resuelve únicamente con recuperar su letra.
El texto puede permanecer escrito, pero la manera de entonarlo, las variaciones de cada voz, las pausas y los matices de la interpretación dependen del conocimiento musical transmitido por los cantantes.
A diferencia de una composición que cuenta con una partitura detallada, buena parte del repertorio cardenche se conservó durante décadas en la memoria de sus ejecutantes.
Por eso, cuando una canción deja de interpretarse y desaparecen quienes conocían su melodía, la recuperación de su forma original puede volverse imposible.
Además del cancionero, la Unidad de Culturas Vivas conserva grabaciones de audio y video, discos y audiocasetes que documentan las interpretaciones de distintas etapas de esta tradición.
Estos registros constituyen herramientas para la investigación, la enseñanza y la recuperación del repertorio.
No obstante, la existencia de un archivo sonoro no garantiza que haya nuevos intérpretes capaces de reproducir las características originales del género.
César Antonio de la Fuente, jefe de la Unidad de Culturas Vivas, considera que las estrategias de preservación deben construirse mediante la participación de los propios habitantes y no a partir de la imposición de actividades culturales.
“El inconveniente es que culturalmente no se puede acceder a las comunidades e imponer”.
Por ello, la dependencia trabaja en una estrategia dirigida a la infancia para promover sus derechos culturales y acercarla a las tradiciones locales.
También se han impartido talleres financiados mediante el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC).
El propósito es que los participantes conozcan esta expresión y desarrollen habilidades para interpretarla, aunque el principal obstáculo sigue siendo conseguir que continúen practicándola después de concluir las actividades.
La conservación del canto cardenche depende de algo más que enseñar canciones durante unas cuantas sesiones: requiere que surjan personas dispuestas a incorporarlo a su vida y transmitirlo a otros.
Una escuela de música en la cuna del cardenche, pero faltan quienes lo canten
El municipio de Lerdo ha impulsado acciones para fortalecer el reconocimiento cultural de Sapioriz, una comunidad cuya identidad está estrechamente vinculada con esta tradición.
Héctor Escamilla Ávila, director municipal de Arte y Cultura, explica que la localidad cuenta con una declaratoria municipal como Tierra del Canto Cardenche y que se trabaja en un proyecto de imagen urbana para fortalecer su presencia como referente cultural.
También se busca obtener una declaratoria estatal que permita ampliar su reconocimiento y facilitar la gestión de recursos públicos y privados para su conservación.
Entre los proyectos se encuentra la recuperación del Recinto del Canto Cardenche, inmueble construido por la Universidad La Salle Laguna y entregado en comodato al municipio por parte del ejido.
Actualmente funciona allí la Escuela Municipal de Música, donde se imparten clases de clarinete, saxofón, tuba, guitarra y piano.
Las actividades permiten acercar a la población a distintas disciplinas musicales, pero el interés por la práctica tradicional del cardenche continúa siendo limitado.
La intención de las autoridades es convertir el recinto en un punto de encuentro para los habitantes de Sapioriz y las comunidades aledañas, al tiempo que se impulsan acciones de preservación.
“Desafortunadamente se ha perdido mucho el interés, es justo reconocerlo, pero como municipio estamos buscando la manera de que no se pierda”, señala Escamilla Ávila.
El funcionario reconoce que la responsabilidad no puede recaer exclusivamente en las instituciones públicas.
Considera necesaria la participación de familias, asociaciones civiles, fundaciones y personas interesadas en la música tradicional para conseguir que el canto cardenche siga formando parte de la vida comunitaria.
Los reconocimientos patrimoniales y la recuperación de espacios culturales representan avances, pero el verdadero desafío consiste en convertirlos en oportunidades para formar nuevos intérpretes.
De poco serviría que Sapioriz conservara únicamente el reconocimiento de ser la tierra del canto cardenche si llegara el momento en que sus habitantes dejaran de practicarlo.
Nuevos sonidos para salvar una tradición antigua
Ante la disminución de intérpretes tradicionales, algunos artistas han explorado maneras de acercar el canto cardenche a públicos diferentes.
Abraham Fernández, músico, pintor y promotor artístico, conoció esta expresión hace más de dos décadas y desde entonces ha mantenido una relación cercana con sus ejecutantes, particularmente con Don Lupe.
Su interés no se limitó a las características musicales. También buscó comprender la vida comunitaria y las experiencias que dieron origen a las canciones.
“Cuando tengo ese acercamiento con ellos se da de forma muy natural, muy orgánica. Estar al lado del río cantando, compartir su modo de vida, su familia, su gente... Todo eso es lo que realmente le da el sentir al canto”.
Fernández ha participado en adaptaciones contemporáneas y musicalizó uno de los poemas escritos por Don Lupe, procurando respetar las características esenciales de esta manifestación.
“Ellos siempre me dijeron que importaba que se quedara en su estructura original; de esa forma lo he tratado de llevar siempre, con mucho cariño y respeto”.
Estas propuestas abren posibilidades para que nuevas generaciones se acerquen a un género que tradicionalmente estuvo vinculado con la vida rural y con formas de convivencia que han cambiado.
Sin embargo, también plantean un desafío: encontrar nuevas maneras de difundirlo sin que desaparezcan los elementos musicales que le dieron identidad.
La combinación original de voces, la interpretación sin instrumentos y el conocimiento de las melodías son características que distinguen al cardenche de otras expresiones musicales.
Por ello, su adaptación a formatos contemporáneos puede contribuir a ampliar su público, pero no sustituye la necesidad de conservar la práctica tradicional.
Don Lupe tiene 80 años y todavía espera nuevas voces
A pesar de las dificultades, Don Lupe no cree que el canto cardenche esté condenado a desaparecer.
Después de una vida dedicada a interpretarlo, enseñar sus canciones y presentarlo dentro y fuera del país, considera que las transformaciones son inevitables y que cada generación encuentra su propia manera de cantar.
“Yo pienso que de perderse no se va a perder; lo único que va a tener son cambios, porque ya no se canta igual. Inclusive, ni el grupo de nosotros cantaba igual que los anteriores. Entonces, pues tiene que ir cambiando, y ahora con la juventud más va a cambiar”.
Su postura contrasta con las advertencias de quienes consideran que la desaparición de los intérpretes tradicionales y la falta de relevo generacional pueden terminar por interrumpir la transmisión de esta expresión musical.
La historia del canto cardenche muestra que no sería la primera ocasión en que enfrenta ese riesgo.
Durante los años setenta ya había perdido buena parte de su presencia comunitaria. Posteriormente, los trabajos de investigación, las grabaciones y las presentaciones públicas permitieron recuperar su visibilidad y llevarlo a escenarios que los antiguos campesinos laguneros difícilmente habrían imaginado.
Pero la situación actual presenta otra dificultad: los integrantes de la agrupación que consiguió ese reconocimiento internacional han muerto, con excepción de Don Lupe, mientras las nuevas generaciones todavía no han consolidado una continuidad suficiente.
El canto cardenche tiene un premio nacional, grabaciones, archivos históricos, decenas de letras recopiladas y un recinto cultural dedicado a preservar su memoria.
Sus melodías llegaron a escucharse en escenarios de Europa y Estados Unidos, despertaron interés entre estudiantes de distintos estados de México y consiguieron el reconocimiento de instituciones culturales.
Sin embargo, en Sapioriz, donde durante generaciones los trabajadores del campo encontraron en esas canciones una manera de expresar sus sentimientos, todavía falta quien tome la estafeta de forma permanente.
Don Lupe continúa dispuesto a enseñar mientras tenga la posibilidad de hacerlo.
A sus 80 años, sabe que las canciones pueden quedar guardadas en discos, libros y archivos, pero también que esa memoria no equivale a mantener viva la tradición.
El problema ya no es conseguir que el mundo conozca el canto cardenche. Eso lo lograron él y sus compañeros hace muchos años.
El desafío es mucho más cercano: conseguir que los jóvenes de Sapioriz quieran volver a cantarlo.
Porque después de conquistar escenarios internacionales, esta música nacida del dolor y de las voces campesinas enfrenta su prueba más difícil en el lugar donde echó raíces: no quedarse sin herederos en su propia tierra.
dahh.
