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A 40 años de su cierre, aún recuerdan los años felices del Mercado de la Victoria

Para quien no conoció aquel bullicioso mercado debe saber que la edificación fue de 17 mil 600 metros cuadrados, dividida en áreas más pequeñas

Carmen Aguilar, María Araceli, José Gregorio y Antonio Juárez vivieron los mejores años de su vida y la mitad de ella en el Mercado La Victoria, que fue un ícono y el centro de abasto más importante en el porfiriato, época en la que fue construido justo en la manzana que comprende las calles 4, 6 y 8 Poniente, junto a la 5 de Mayo y 3 Norte, en pleno Centro de la ciudad de Puebla.

A mediados del siglo XIX, en los terrenos que fueron originalmente el huerto del Templo de Santo Domingo, se construyó lo que años después se convertiría en uno de los mercados más importantes de la región, pues en esos años no existía una central de abasto.

La primera piedra se colocó en septiembre de 1854, dirigida por Julián de Saracíbar, y fue inaugurada oficialmente el 5 de mayo de 1913 por el gobernador Juan Bautista Carrasco.

Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones. ARCHIVO, A
Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.


Entre lágrimas, Carmen Aguilar compartió que el Mercado La Victoria representa toda su vida, ahí vivió los mejores momentos de felicidad, porque en este espacio creció, conoció a su esposo, formó una familia y vio crecer a sus hijos; pero también vivió la madurez de sus padres, quienes con mucho esfuerzo comenzaron en este sitio rentando un local para vender prendas, cuyo nombre fue Rebozos la Chilapeña, negocio que durante más de siete décadas fue el principal ingreso de más de dos generaciones.

En entrevista con MILENIO, Carmen recordó que sus papás iniciaron este camino como comerciantes en lo que durante muchos años fue su segundo hogar, donde desde las nueve de la mañana ingresaban para comenzar sus actividades y salían hasta las nueve de la noche.

Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones. ARCHIVO, A
Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.


“Yo nací prácticamente en el mercado, porque ya tengo 82 años de edad, en ese tiempo a los 15 días de nacidos ya estábamos en el mercado dentro de la cuna, y ya formábamos parte del espacio; recuerdo que en mi infancia y juventud fui muy feliz”, expresó.

Para quien no conoció aquel bullicioso mercado debe saber que la edificación fue de 17 mil 600 metros cuadrados, dividida en áreas más pequeñas; esto quiere decir que para seccionar las áreas de fruta, verdura, pescado, carne, pan y tamales se usaban los pasillos centrales.

Carmen Aguilar relató que este espacio contaba con un quiosco en donde se vendían las flores, a un costado los huaraches, así como el pollo, y del lado de la calle 6 Poniente se vendían las cemitas y el mole poblano. “Era un mercado dividido, pero se vendía de todo” comentó.

Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones. ARCHIVO, A
Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.


La locataria agregó que en el lugar se comercializaban cemitas, flores, ropa, pescados, verduras, jarcería e incluso dijo que contaban con una guardería, la cual estaba en la planta alta, ahí los hijos de los comerciantes asistían a clases.

“Llegaban artistas a comprar al mercado, como fue el caso de Pérez Prado o María Victoria, entre otros personajes”, destacó.

Expresó que La Victoria le dejó buenos recuerdos y los mejores regalos de la vida, debido a que ahí conoció a su esposo, con quien formó su actual familia.

Cuna de las cemitas

Para José Antonio Juárez, otro comerciante poblano, este centro de abasto vio nacer uno de los platillos más importantes de Puebla: la cemita, pues ahí se vendía sólo el pan, pero poco a poco se comenzaron a preparar rellenándolo con diferentes alimentos.

Narró que fue su abuela, Josefina Tamayo, quien comenzó con la actividad comercial de la familia, al señalar que ella vendía chiles y rajas; las preparaba de manera casera para acompañar la cemita.

“Recuerdo que tenía como ocho años, acompañaba a mi abuela al mercado para hacer su venta, porque poco a poco comenzó a aumentar sus productos, como fueron el queso, frijoles y aguacates; en ese entonces solo se vendía el pan de este platillo, y llegaban los clientes al puesto de mi abuela a comprar sus productos, pero no se vendían por kilos, sino por la cantidad de dinero que pidiera la gente”, explicó.

Agregó que su infancia y juventud la vivió en este inmueble, donde a partir de las siete de la mañana abrían las puertas para descargar la mercancía y a las nueve se abría al público.

Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones. ARCHIVO, A
Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.


Entre sus recuerdos, compartió que un velador caminaba por los pasillos con sus silbato, con ello avisaba que había concluido la jornada, y que el centro de abasto cerraba a los clientes a las siete de la noche, mientras que los locatarios podían quedarse hasta las nueve; tardaban dos horas en asear sus espacios, pero, –reveló con una enorme sonrisa– quien no saliera a esas horas, se quedaba encerrado hasta el día siguiente.

Con el paso de los años, su abuela le heredó un local a su padre, mismo que convirtieron en tienda y abarrotera, luego lo usaron para la venta de calzado, ropa y trastes, entre otros múltiples giros.

José Antonio Juárez agregó que este espacio, al estar en el corazón de la ciudad, provocó la llegada de los ambulantes y la generación de basura que se registraba en la manzana mencionada, lo que comenzó a traer problemas de salubridad.

Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones. ARCHIVO, A
Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.


Tiempos de modernización

Dolores Dib y Álvarez, profesora emérita de la Universidad Popular Autónoma de Puebla (Upaep), narró que este mercado se construyó en la época del expresidente Porfirio Díaz, siendo un ejemplo de la arquitectura industrial, fundamental en esa época.

La especialista explicó que aún se puede observar lo que fue la arquitectura moderna de ese entonces, cuando Porfirio Díaz tuvo como objetivo dar ese estilo a la construcción de inmuebles. Recordó que desde la fundación de la ciudad, cuando comenzó la evangelización en 1531, llegaron a la ciudad de Puebla las órdenes religiosas, como los franciscanos y dominicos, a quienes destinaron diferentes solares.

Aunado a esto, refirió que a la orden de los dominicos se les otorgaron las dos manzanas que están ubicadas actualmente en las calles de la 6 a la 8 Poniente y 5 de Mayo, 3 y 5 Norte.

Bajo este panorama, relató que para ese año no se contaba con un mercado y los comerciantes se instalaban en la plancha del Zócalo; no obstante, en 1854 los frailes dominicos rentaron una parte de su convento para que se construyera el Mercado La Victoria.

Después, en la época de las Leyes de la Reforma, cuando se registró la separación de los inmuebles de la iglesia, este predio pasó a manos del gobierno.

Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones. ARCHIVO, A
Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.


En el sexenio de Porfirio Díaz se decidió edificar el inmueble en este lugar, siendo moderno para esos años, ya que contaba con todos los adelantos de ese tiempo, logrando así cumplir el objetivo de modernizar la ciudad.

Dib y Álvarez refirió que a raíz de esta construcción y como respuesta a la modernización con este centro de abasto, las autoridades de ese entonces determinaron construir el Palacio Municipal, ubicado en Avenida de Juan de Palafox y Mendoza, número 14, en el Centro Histórico de la capital poblana, otro ícono de la arquitectura porfiriana.

Fue en 1910 cuando se colocó la primera piedra de lo que es el  mercado y, al ser una construcción tan moderna para la época  presentó cierta demora, entonces se inauguró en 1913, aunque no estaba terminado al cien por ciento, pero ya era funcional para los poblanos y españoles.

La académica agregó que el centro comercial comenzó a operar con secciones en donde se vendía verdura, fruta y flores, al subrayar que, para este último producto se edificó el quiosco con una estructura de hierro y engalanado por vitrales.

Al estar funcionando, este lugar era la plaza grande, como así se le denominaba, donde las amas de casa acudían con sus canastas todos los días a realizar la compra, lo que convirtió el sitio en un mercado tan importante como lo es hoy la central de abasto, ubicada al norte de la ciudad.

Referente al nombre del centro de abasto, agregó que se llama La Victoria, por el expresidente, Guadalupe Victoria; sin embargo, hay otra versión que dice que lleva este nombre en conmemoración de una batalla que se ganó contra el ejército español en 1829.

Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones. ARCHIVO, A
Dejó de ser un lugar tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.


Cambio de vocación

El fin de una era para el entrañable Mercado de La Victoria se selló casi a la medianoche. Aquella histórica clausura nació como una queja de salubridad bajo la visión de Jorge Murad Macluf; sin embargo, el destino cambió los rostros de la historia. Tras el trágico accidente automovilístico que le costó la vida al alcalde apenas dos meses antes, fue el presidente municipal suplente, Amado Camarillo Sánchez, quien consumó el cierre.

El reloj marcaba las 11 de la noche del 14 de octubre de 1986 cuando los regidores se reunieron en el Palacio Municipal. Ahí, por mayoría de votos, apagaron el bullicio de un gigante que sumaba 72 años de vida.

Aunque la decisión dolió en la memoria colectiva, las autoridades urgieron el cierre debido al deterioro higiénico del inmueble, usando además la estocada final como un plan estratégico para reordenar el desbordado ambulantaje que ya asfixiaba los alrededores.

El compromiso de Camarillo y el entonces gobernador, Guillermo Jiménez Morales, fue que el inmueble se rehabilitara para instalar un centro cultural; no obstante, las autoridades no cumplieron la promesa y en su lugar el inmueble se entregó en comodato a la Fundación Amparo por 99 años, quienes, al principio, realizaron algunos eventos culturales; no obstante, pronto se convirtió en lo que actualmente es: un centro comercial.

Aunque conserva su antiguo nombre, La Victoria dejó de ser un mercado tradicional para albergar los escaparates de una cadena de boutiques, cafeterías, locales de comida, artesanías e importaciones.

Sin duda, aún es un espacio de reunión familiar donde se preserva la forja y la cantera porfirianas, el quiosco y los escudos de Puebla labrados en la fachada, que para muchos significa el recuerdo de tiempos mejores.


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