Recuerdo perfectamente esa sensación. Ver al Enterprise cruzar la pantalla y entender, aún siendo niño, que aquello era diferente. No importaba demasiado comprender de galaxias, velocidades imposibles o civilizaciones lejanas. ‘Viaje a las Estrellas’ tenía algo que te atrapaba desde el principio: hacía que el futuro pareciera un lugar al que realmente íbamos a llegar.
Yo fui uno de esos niños. Y quizá por eso resulta extraño pensar que han pasado ya 60 años desde que aquella nave comenzó su recorrido por televisión.
El 8 de septiembre de 1966 se transmitió Star Trek por primera vez en Estados Unidos. El episodio fue ‘The man trap’. Gene Roddenberry había imaginado una serie de ciencia ficción que, detrás de sus planetas desconocidos, extraterrestres y aventuras espaciales, escondía algo mucho más ambicioso: una visión sobre lo que algún día podríamos llegar a ser.
La serie original solamente permaneció tres temporadas al aire, hasta 1969, y dejó 79 episodios. Visto desde hoy parece increíble: una de las franquicias más importantes de la cultura popular nació de una serie que estuvo a punto de desaparecer demasiado pronto.
Pero ahí comenzó precisamente la leyenda. Roddenberry utilizó el futuro para hablar del presente. Mientras Estados Unidos atravesaba conflictos raciales, la Guerra Fría y enormes transformaciones sociales, en el puente del Enterprise convivían personas de distintas nacionalidades, razas y culturas.
Ahí estaban el capitán James T. Kirk, interpretado por William Shatner; el inolvidable señor Spock (Leonard Nimoy), el doctor McCoy (DeForest Kelley); Scotty, Sulu, Chekov y, por supuesto, la teniente Uhura (Nichelle Nichols). Todos diferentes. Todos viajando hacia el mismo lugar.
Quizá esa fue una de las ideas más poderosas de ‘Star Trek’: imaginar que el futuro de la humanidad no tenía necesariamente que ser oscuro. Podíamos equivocarnos, discutir y enfrentarnos a lo desconocido, pero también podíamos aprender a vivir juntos.
Hay un episodio alrededor de Nichelle Nichols que resume perfectamente la importancia cultural de la serie. Nichols llegó a considerar abandonar el programa, pero Martin Luther King Jr., admirador de ‘Star Trek’, la convenció de permanecer. Él entendía lo que significaba que millones de personas vieran cada semana a una mujer afroamericana ocupando un puesto de responsabilidad en el puente de una nave espacial.
Años después, Nichols colaboraría con la NASA para ayudar a atraer mujeres y minorías hacia el programa espacial.
Y está también aquel histórico episodio de 1968, Plato’s stepchildren, con el beso entre Kirk y Uhura, reconocido como uno de los grandes momentos de representación interracial de la televisión estadunidense.
Eso era ‘Star Trek’: utilizar la ciencia ficción para hablar silenciosamente de nosotros. También estaba la tecnología. Aquellos comunicadores que se abrían con la mano parecían imposibles. Las puertas automáticas, las computadoras con las que se podía conversar, las pantallas personales, las videollamadas, los dispositivos médicos y las tabletas pertenecían al siglo XXIII. Hoy algunas de esas cosas están en nuestros bolsillos.
Las repeticiones encontraron nuevos espectadores, los seguidores organizaron convenciones y aquella comunidad de fanáticos ayudó a mantener vivo el universo de Roddenberry. Llegó la serie animada y, en 1979, ‘Star Trek: The motion picture’ llevó finalmente al Enterprise al cine.
Y entonces descubrimos que el viaje apenas comenzaba. Llegarían las películas con la tripulación original y después, en 1987, ‘Star Trek: The next generation’. Para muchos fue maravilloso comprobar que aquella nave podía cambiar de capitán y seguir conservando su esencia. Jean-Luc Picard, interpretado por Patrick Stewart, construyó su propia leyenda.
Después aparecerían Deep space nine, Voyager, Enterprise, nuevas películas y muchos años más tarde, otra generación de producciones como Discovery, Picard, Strange New Worlds y Starfleet Academy.
Capitanes distintos. Naves diferentes. Épocas diferentes. Pero siempre la misma pregunta de fondo: ¿Qué clase de humanidad queremos llegar a ser?
Detrás de los klingons, los vulcanos, los transportadores y la velocidad warp siempre encontré algo profundamente humano. Spock representaba esa batalla eterna entre la lógica y las emociones. Kirk nos recordaba que a veces hay que tomar decisiones sin conocer todas las respuestas. McCoy demostraba que detrás de cualquier avance tecnológico todavía necesitamos humanidad. Y el Enterprise… era la posibilidad de ir más lejos. Quienes crecimos viendo televisión en otra época sabemos que había algo especial en esperar un programa.
Han pasado 60 años. El futuro que imaginaba Gene Roddenberry todavía no llega. Seguimos teniendo guerras, divisiones y enormes dificultades para entendernos. Pero quizá por eso Star Trek continúa siendo necesario. Porque nunca fue solamente una historia acerca de conquistar el espacio. Fue una historia sobre la esperanza de conquistarnos primero a nosotros mismos. Y mientras exista alguien dispuesto a mirar hacia las estrellas preguntándose qué habrá más allá, el Enterprise seguirá viajando. Aunque sea en nuestra memoria.
mrg