En Guadalajara, un baterista de rock que lleva décadas vendiendo los discos de los demás y una guitarrista que empezó a coleccionar en la pandemia explican por qué el vinilo sobrevivió al streaming, a las modas y al pronóstico de su propia muerte.
Ernesto Domene nació gordo y con once hermanos antes que él. Por eso le dicen Bola. Lleva cuatro décadas tocando la batería y desde 2012 vende los discos de los demás en una tienda que ocupa un segundo piso de la calle Pedro Moreno, con terraza sobre Chapultepec y una hielera de cervezas que sobrevivió al intento fallido de poner un restaurante.
La Perla Records no fue su idea original. Fue la de su roommate César Sánchez, que abrió Roma Records en la Ciudad de México y un día recibió la visita de Bola. Cuando Bola vio la tienda supo que quería una igual en Guadalajara. “Se me cayeron los calzones”, dice. No hay otra manera de describirlo.
La relación de Ernesto Domene con el vinilo es anterior a cualquier tienda y a cualquier nombre artístico. Los discos fueron su primera puerta a la música, el formato en que aprendió a escuchar antes de aprender a tocar.
Este 18 de abril, es Record Store Day, la fecha que desde 2008 convoca cada tercer sábado de abril a miles de tiendas independientes en todo el mundo para celebrar exactamente eso: la cultura que se construye alrededor de un disco y de quien lo vende. Bola Domene lleva la mitad de su vida en esa cultura, primero del lado del músico y desde 2012 del lado del disquero.
Pasó décadas tocando. Primero como baterista de Rostros Ocultos, banda tapatía que lleva cuatro decenios en pie, luego como fundador de La Lupita, conjunto con el que vivió doce años en la Ciudad de México hasta que las discográficas le dieron, como él dice, carta de retiro al rock en español.
Entonces regresó a Guadalajara, conoció a su pareja, volvió a Rostros y abrió la tienda. “Por fin estoy viendo un poquito de dinero vendiendo música de otra gente, no la mía. Como artista es muy difícil vender tu música”.
MC