Hay algo que siempre me ha parecido fascinante de Ozzy Osbourne: durante décadas nos convenció de que era inmortal. Sobrevivió a excesos que habrían acabado con cualquiera, a accidentes, enfermedades, cirugías, caídas, adicciones y hasta a la incredulidad de quienes pensaban que su carrera había terminado una y otra vez. Parecía que siempre encontraría la forma de levantarse. Por eso, cuando hace un año se anunció su muerte, la noticia no sólo significó la partida de un músico. Fue el final de una época.
Hay artistas que venden millones de discos. Hay otros que cambian la historia. Ozzy hizo ambas cosas.
Recuerdo que para muchos de mi generación el primer contacto con él no fue necesariamente Black Sabbath. Fue aquel personaje irreverente que aparecía en The Osbournes, convirtiéndose, sin proponérselo, en el padre de familia más famoso del planeta. Y esa dualidad siempre fue parte de su magia: el Príncipe de las Tinieblas podía bajar del escenario y convertirse en un hombre confundido buscando el control remoto de la televisión.
Pero detrás del personaje existía un sobreviviente. Los últimos años de Ozzy fueron especialmente duros. Después del accidente en cuatrimoto de 2003, una caída en 2019 agravó antiguas lesiones cervicales. Vinieron múltiples cirugías de columna, problemas de movilidad y la confesión pública de que padecía Parkinson. Poco a poco dejó de caminar con normalidad, aunque nunca perdió aquello que realmente lo definía: las ganas de volver a cantar.
Muchos pensaban que jamás volvería a un escenario. Y entonces ocurrió algo que parecía imposible. El 5 de julio de 2025 regresó a Birmingham, la ciudad donde todo había comenzado. Sentado en un trono –porque físicamente ya no podía sostener un concierto de pie– ofreció una despedida junto a la formación original de Black Sabbath durante el histórico Back to the Beginning. Más que un concierto fue una ceremonia. Miles de personas entendieron que estaban presenciando un momento irrepetible. Nadie imaginaba que apenas 17 días después Ozzy partiría para siempre.
El 22 de julio de 2025 murió en su casa, rodeado por su familia. Había cumplido su último deseo: despedirse de su público antes de decir adiós. Y creo que muy pocos artistas han tenido el privilegio de escribir el último capítulo de su historia con tanta dignidad.
Pocas veces he visto una reacción tan unánime en el mundo de la música. No importó si eras metalero, rockero, músico pop o simplemente un aficionado a la cultura popular. Las redes sociales se llenaron de fotografías, conciertos improvisados, tatuajes, portadas de discos y anécdotas. Birmingham se convirtió en un enorme altar. Miles de personas dejaron flores frente al puente de Black Sabbath, mientras el cortejo fúnebre recorría las calles donde alguna vez caminó aquel joven llamado John Michael Osbourne.
Un año después, el fenómeno no ha disminuido. Su ciudad natal sigue organizando homenajes; los discos de Black Sabbath y de su carrera como solista volvieron a las listas de reproducción de millones de personas y nuevas generaciones siguen descubriendo canciones como “Crazy train”, “Mr. Crowley”, “No more tears” o “Mama, i’m coming home”.
Y quizá esa sea la mayor enseñanza que nos dejó.
Musicalmente abrió un camino que todavía recorren cientos de bandas. Sin Black Sabbath resulta imposible entender el heavy metal moderno. Sin Ozzy tampoco existirían Metallica, Iron Maiden, Pantera, Slipknot, Ghost y decenas de grupos que encontraron inspiración en aquel muchacho de Aston, Birmingham, que soñaba con escapar de la pobreza cantando rock.
Pero reducir su legado únicamente a la música sería injusto. Ozzy representó la posibilidad de reinventarse.
Fue despedido de Black Sabbath y volvió más fuerte como solista. Lo dieron por acabado varias veces y regresó una y otra vez. Cuando el cuerpo dejó de responder, encontró la forma de despedirse sentado en un escenario, porque entendía que el rock no siempre se canta con las piernas… a veces basta con hacerlo desde el corazón. Hace un año el mundo perdió al Príncipe de las Tinieblas. Pero ganó algo mucho más importante. La certeza de que las leyendas no desaparecen cuando dejan de respirar. Ozzy Osbourne seguirá haciendo exactamente lo que hizo durante más de medio siglo: recordarnos que el rock también puede ser eterno.
nrm