Hay preguntas que parecen sencillas hasta que uno comienza a buscar las respuestas. Entonces descubres que detrás de ellas hay décadas de discusión, argumentos apasionados y una enorme carga cultural. Una de esas preguntas es, quizá, una de las más fascinantes en la historia de la música: ¿Dónde nació realmente el rock?
La respuesta inmediata apunta hacia Estados Unidos. Ahí están los nombres que aparecen en prácticamente todos los libros: Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis, Fats Domino, Buddy Holly y, por supuesto, Elvis Presley. Todos ellos irrumpieron durante la década de los cincuenta con un sonido que rompió las reglas, desafió a los adultos y conquistó a una generación que buscaba una identidad distinta.
Parecería que el caso está resuelto. Pero basta cruzar el Atlántico para descubrir que los británicos tienen una versión muy distinta de la historia. Para millones de personas, el verdadero rock nació en Inglaterra.
Y lo más interesante es que ambos argumentos tienen fundamentos sólidos.
Estados Unidos fue la cuna del rock and roll. Eso difícilmente puede discutirse. Sin embargo, el rock como fenómeno cultural, como movimiento artístico y como la fuerza creativa que transformó la música popular durante las siguientes décadas, encontró en Inglaterra el terreno perfecto para evolucionar. Quizá el problema radica en que solemos utilizar las palabras rock y rock and roll como si fueran exactamente lo mismo. No lo son.
El rock and roll nació de una mezcla extraordinaria. El blues de los músicos afroamericanos, el gospel de las iglesias, el rhythm and blues que sonaba en los barrios de las grandes ciudades y el country del sur de Estados Unidos terminaron encontrándose en un momento histórico irrepetible. Aquella combinación produjo una música vibrante, desafiante y profundamente juvenil.
Chuck Berry aportó la guitarra y las historias adolescentes. Little Richard convirtió el piano en un espectáculo explosivo. Jerry Lee Lewis hizo del escenario un acto de rebeldía. Elvis Presley llevó aquel sonido a la televisión y lo convirtió en un fenómeno de masas.
Estados Unidos no solamente creó un nuevo género musical. También creó una nueva actitud frente a la juventud.
Hasta ese momento, pocas expresiones culturales habían pertenecido realmente a los jóvenes. El rock and roll les dio una voz propia.
Sin embargo, mientras todo eso ocurría del otro lado del océano, miles de adolescentes ingleses escuchaban aquellos discos como si estuvieran descubriendo un idioma completamente nuevo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña vivía una realidad muy distinta. Era un país en reconstrucción, con limitaciones económicas, pero con una generación deseosa de encontrar una identidad propia. Los discos estadunidenses comenzaron a llegar poco a poco, y para muchos jóvenes aquello fue una revelación. Entre esos muchachos estaban cuatro amigos de Liverpool llamados John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr.
También un grupo de londinenses obsesionados con el blues que terminarían llamándose The Rolling Stones. Poco después aparecerían The Kinks, The Who, Cream, Pink Floyd, Deep Purple, Black Sabbath, Queen y Led Zeppelin. Todos ellos crecieron escuchando a los músicos estadunidenses. Nunca lo ocultaron.
Al contrario, siempre reconocieron que Chuck Berry, Muddy Waters, Bo Diddley, Howlin’ Wolf o Buddy Holly habían sido sus grandes maestros. Pero hicieron algo más. Tomaron aquellas raíces y las llevaron mucho más lejos.
Si el rock and roll estadunidense estaba construido alrededor de sencillos de dos o tres minutos para bailar, los británicos comenzaron a pensar en discos completos. Experimentaron con estructuras musicales más complejas, incorporaron influencias clásicas, desarrollaron la psicodelia, el hard rock, el rock progresivo y, más tarde, el heavy metal.
El género dejó de ser únicamente entretenimiento juvenil para convertirse también en una propuesta artística.
Por eso muchos historiadores hacen una diferencia muy interesante. Estados Unidos inventó el rock and roll. Inglaterra reinventó el rock.
No se trata de decidir quién tuvo más mérito, sino de entender que ambos países fueron indispensables para que este fenómeno alcanzara las dimensiones que conocemos hoy.
Sin la creatividad estadunidense quizá nunca habría existido la chispa inicial.
Sin la reinterpretación británica probablemente el rock no habría sobrevivido a los años cincuenta ni habría evolucionado hacia las obras monumentales que marcaron la segunda mitad del siglo XX. Hay quienes comparan esta historia con una carrera de relevos. El primer corredor fue Estados Unidos. Ahí nació el impulso inicial, la energía y la revolución. El segundo corredor fue Inglaterra. Tomó esa estafeta y la llevó mucho más lejos de lo que cualquiera habría imaginado. Quizá por eso el debate nunca termina.
Porque los estadunidenses pueden presumir, con razón, haber visto nacer el género. Y los británicos pueden afirmar, también con razón, que fueron ellos quienes lo transformaron en uno de los movimientos culturales más influyentes de la historia moderna.
Al final, la música pocas veces entiende de fronteras. Los grandes movimientos artísticos casi siempre son el resultado de influencias compartidas, viajes inesperados y generaciones que toman las ideas de otros para construir algo nuevo. Tal vez el rock no tenga un sólo lugar de nacimiento. Tal vez tenga dos. Uno donde aprendió a dar sus primeros pasos y otro donde descubrió que podía cambiar al mundo.
nrm