La glorieta de Paseo de la Reforma y Avenida Juárez, ese lugar de luces y concreto donde el tráfico suele rugir como un río imparable, se rindió ante la magia de Shakira. El bullicio vehicular se congeló, los cláxones callaron, y cientos de almas se congregaron en un ritual urbano espontáneo.
A unos metros de la icónica escultura de El Caballito del artista Sebastian, una pantalla gigante instalada por los organizadores, se erigió como un portal encantado. Transmitía en vivo el concierto de la reina colombiana en el Zócalo capitalino, y de pronto, la metrópoli entera pareció contener la respiración.
Shakira, soberana de las caderas infinitas y las melodías que queman el alma, desató un espectáculo cuya onda expansiva llegó hasta el Monumento a la Revolución. Su voz, un torrente de pasión y nostalgia, impactaba no sólo en las pantallas, sino en las venas de la ciudad.
El cariño fue recíproco: el público, cantaba emocionado. Desde el escenario flotante del Zócalo, iluminado por luces que danzaban como luciérnagas enloquecidas, ella respondió con un grito que cruzó kilómetros: "¡México, los quiero mucho, mucho, mucho, mucho!". Las palabras flotaron hasta Reforma, como un eco que hacía vibrar los cristales de los edificios y el bronce de las estatuas.
La multitud no era solo público: era una familia extendida, una marea viva de generaciones unidas por el ritmo. Familias enteras, jóvenes y adultos alzaban celulares como antorchas digitales.
"¡Más que un público, han sido mi familia!", proclamó Shakira, con una voz cargada de emoción. "Me han visto crecer, enamorarme, desilusionarme... y enamorarme otra vez". El rugido que siguió fue ensordecedor: miles de voces corearon al unísono un mantra colectivo que hizo parpadear las luces de Reforma, como si el corazón palpitante de Ciudad de México respondiera en sincronía.
El Caballito, testigo silente del tránsito citadino y de manifestaciones, parecía cobrar vida propia. Su figura ecuestre galopaba en la imaginación colectiva, al ritmo de Shakira. La fuente cercana salpicaba agua que reflejaba los destellos de la pantalla, creando un ballet acuático improvisado.
Entonces, llegó "Día de enero", esa balada nostálgica que habla de amores que regresan como el sol tímido del invierno. La voz de Shakira, envuelta en un halo de niebla luminosa proyectada por láseres que surcaban el cielo nocturno, flotó sobre la glorieta como un susurro divino. "Fue un día de enero...", entonó el público hechizado, con una pasión que hacía temblar el pavimento. Enlazando esta joya con "Te felicito".
Shakira también interpretó la canción que la trajo a México por primera vez, con ojos brillantes como estrellas, cantó: "¿Dónde estás, corazón?".
La multitud respondió con olas de aplausos. Algunos bailaban en círculos improvisados, otros se tomaban de las manos.
El clímax fue un éxtasis compartido. Shakira cerró con himnos que todos, desde niños hasta abuelos, cantaron a todo pulmón. "¡Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan!", tronaron los coros al unísono, con una fuerza que empoderaba y unía.
Voces graves de hombres se mezclaban con los agudos juveniles, un himno feminista que resonaba contra los muros del Palacio de Bellas Artes cercano. Cuando las luces del Zócalo se apagaron, la glorieta quedó envuelta en un eco mágico: "Los quiero tanto, México... Gracias por ser mi familia". Shakira se despidió como en un juramento eterno, dejando un portal abierto.
PCL