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A 42 años de la ausencia de El Santo, el mito sigue respirando en Tepito

Hijo del Santo y la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega encabezaron un homenaje íntimo y simbólico que confirmó que la leyenda sigue viva en la memoria popular y en el corazón de la Cuauhtémoc.

Tepito no olvida. Y cuando el barrio recuerda, lo hace de pie. Este día, en el Jardín del Santo, la memoria volvió a tomar forma: la del hombre que se volvió máscara, y la de la máscara que terminó siendo patria. A 42 años del aniversario luctuoso de Rodolfo Guzmán Huerta, El Santo, la alcaldía Cuauhtémoc fue escenario de un acto sencillo, pero cargado de significado: honrar a quien nunca necesitó monumentos para ser eterno.

La alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega acompañó al Hijo del Santo en la escultura que guarda algo más que bronce y concreto. Guarda barrio. Guarda historia. Guarda un pedazo de país. “Aquí, en la Cuauhtémoc, hay gente buena, trabajadora y entregada”, dijo la alcaldesa, con un mensaje claro: el espacio público también es memoria, y la memoria también se cuida. La estatua —recientemente restaurada— es prueba de ello, después de sobrevivir al vandalismo y al olvido, esos dos rivales que nunca se rinden.

El gesto político no fue hueco. Rojo de la Vega habló de deportivos rehabilitados, de canchas que renacen, de actividades culturales y deportivas como antídoto contra la violencia. Pero el punto fino llegó cuando miró al Hijo del Santo y le dijo, sin rodeos, que el sueño de un Museo de El Santo merece un “cómo sí”. No una promesa, sino una intención: escuchar donde antes hubo silencio.

El Hijo del Santo respondió desde el lugar más honesto: la gratitud. Recordó por qué el jardín está en Tepito —el barrio que acogió a su padre cuando llegó de Tulancingo— y explicó que la estatua no es un regalo del poder, sino un esfuerzo colectivo. “Yo pagué la estatua con mi trabajo en el ring”, dijo, con esa claridad que no busca aplausos. Incluso la placa, robada dos veces, es una metáfora incómoda: El Santo vale, y mucho; cuidarlo también es una responsabilidad social.

Hubo aplausos, sí. Pero también hubo silencios densos cuando el Hijo del Santo habló del retiro, del quiebre de voz de su padre en las despedidas, de entender —hasta ahora— lo que significa decir adiós a una pasión. “Gracias”, fue el mensaje que le mandó a su padre. Una palabra breve, pero dicha desde el fondo. De esas que no necesitan eco.

El momento más sensible del acto llegó cuando el Hijo del Santo volvió a poner sobre la mesa un anhelo que lleva años esperando oído: la creación de un Museo de El Santo en Tepito. No como capricho, sino como acto de justicia histórica. Ahí, dijo, podría resguardarse y compartirse el archivo íntimo del ídolo: máscaras, vestuarios, trofeos y objetos personales que su padre conservó con celo y cariño. Un patrimonio que hoy duerme en lo privado y que merece volver al barrio que lo cobijó. La alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega respondió sin evasivas: buscar el “cómo sí”, asumir el reto y convertir ese sueño —colectivo, no personal— en un espacio de memoria viva para la Cuauhtémoc y para el país.

El acto cerró con una certeza: mientras la gente quiera, El Santo sigue vivo. En las máscaras que aparecen en estadios de fútbol, en los niños que preguntan quién fue, en el barrio que lo adopta como propio. Tepito lo sabe. La Cuauhtémoc lo reafirma. Y México, aunque a veces lo olvide, lo sigue llevando en la cara y en la memoria.

CIG

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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