México llevaba diez días esperando escuchar su himno en lo más alto del podio olímpico. Diez días de competencia, de ilusiones depositadas en sus atletas y de una pregunta que comenzaba a pesar: ¿cuándo llegaría el primer oro?
La respuesta estaba en una alberca del sur de la ciudad. Y tenía 17 años. Felipe Muñoz Kapamas no era el gran favorito de los 200 metros pecho. Frente a él estaban nadadores de enorme jerarquía, entre ellos el soviético Vladimir Kosinsky, campeón mundial y dueño de una marca que lo convertía en el hombre a vencer. También estaba el estadunidense Brian Job. El mexicano tenía posibilidades, pero nadie podía garantizar lo que estaba a punto de suceder.
Aquella noche, el país descubriría que una medalla puede comenzar a ganarse mucho antes del disparo de salida.
El Tibio había llegado a la natación siendo niño. Comenzó a practicarla a los 12 años, en una piscina de apenas 18 metros, lejos todavía de las grandes instalaciones olímpicas y de las tribunas que algún día corearían su nombre.
Su apodo nació de una manía doméstica: Felipe se quejaba de que el agua estaba demasiado fría o demasiado caliente. La explicación familiar terminó convertida en sobrenombre. Nadie podía imaginar entonces que aquel muchacho llamado Tibio protagonizaría una de las noches más ardientes del deporte mexicano.
Su camino tampoco fue sencillo. A los 15 años tuvo un conflicto en la Unidad Independencia que terminó con su salida de esas instalaciones. Encontró una nueva oportunidad en la Unidad Morelos del Instituto Mexicano del Seguro Social, donde comenzó a entrenar bajo la dirección de Nelson Vargas. El entrenador estadunidense Ronald Johnson también desempeñó un papel fundamental en su preparación.
Las jornadas eran largas. Nelson Vargas pasaba por los nadadores alrededor de las cinco de la mañana en un Volkswagen que distaba mucho de ser un vehículo de lujo. Había que levantarse, entrenar, estudiar y volver a trabajar. La promesa de una medalla todavía pertenecía al terreno de los sueños; lo único seguro era la rutina.
Cuatro años después de comenzar a nadar, Felipe estaba a punto de representar a México en unos Juegos Olímpicos celebrados en su propia ciudad.
La mañana del 22 de octubre, el muchacho dio una primera señal de lo que podía hacer. En las eliminatorias de los 200 metros pecho registró 2 minutos, 31 segundos y una décima. Fue el mejor tiempo de la clasificación.
La noticia encendió la esperanza. El mexicano estaba en la Final y había nadado más rápido que todos sus rivales en la ronda preliminar. Sin embargo, una eliminatoria no entrega medallas. Por la tarde tendría que enfrentarse nuevamente a Kosinsky y al resto de los finalistas, esta vez sin margen para corregir errores.
El plan era claro: no dejarse arrastrar por la ansiedad ni gastar toda la energía en los primeros metros.
Nelson Vargas y Ronald Johnson buscaron mantenerlo lejos de la presión y de la atención que comenzaba a rodearlo. Felipe realizó parte de su calentamiento en el Centro Libanés, en una piscina distinta a la de la competencia. La intención era que llegara a la Final concentrado en su tarea, no en el ruido que empezaba a crecer alrededor de su nombre. El ruido, sin embargo, sería imposible de ignorar.
La Alberca Olímpica Francisco Márquez estaba llena. La expectativa había crecido durante el día y cerca de diez mil personas, según las crónicas de la época, se congregaron en un recinto con capacidad para aproximadamente la mitad.
La última final de la jornada estaba por comenzar. Felipe se colocó en el carril cuatro. A su alrededor estaban los hombres contra quienes debía medirse. En el carril tres, Kosinsky, el soviético que llegaba como favorito. También estaban Job, el estadunidense, y Nikolay Pankin, otro de los representantes de la Unión Soviética.
El público mexicano no necesitaba conocer todas las marcas ni dominar los secretos de la técnica de pecho. Sabía que había un compatriota en el agua y que aquella podía ser la oportunidad de escuchar, por fin, el himno nacional en lo más alto.
El disparo rompió la espera. Los nadadores entraron en competencia y Kosinsky tomó la delantera. El soviético imponía su ritmo. Felipe se mantuvo detrás, atento a la estrategia que había preparado con sus entrenadores.
A los 100 metros, el mexicano no estaba al frente. La medalla de oro parecía alejarse mientras los favoritos conservaban posiciones de privilegio. Cada brazada exigía coordinación, fuerza y control. En el estilo de pecho no basta con mover los brazos y las piernas con desesperación: hay que encontrar el ritmo exacto para avanzar sin desperdiciar energía.
Felipe siguió nadando. El público comenzaba a sentir que algo podía ocurrir, aunque todavía no sabía qué. En una carrera de dos minutos, el destino se decide en una fracción de tiempo. Una ventaja puede desaparecer; un cuerpo que parecía rezagado puede encontrar el impulso necesario para alcanzar a quienes marchan adelante.
Quedaban 100 metros. Y el mexicano todavía tenía carrera. En los últimos 50 metros, Felipe empezó a acercarse. La estrategia de sus entrenadores estaba cobrando sentido: había administrado el esfuerzo y conservaba energía para el cierre.
Kosinsky seguía siendo el rival a vencer. Job también estaba en la pelea. Pero el mexicano avanzaba y la tribuna empezaba a reconocerlo.
Primero fueron los gritos. Después, el apellido. ¡Muñoz! ¡Muñoz! ¡Muñoz!
Felipe ha contado que en aquellos metros finales escuchaba a la multitud, aunque la posición de su cabeza y la técnica del estilo pecho le impedían ver con claridad a los competidores que tenía a los lados. No podía saber con exactitud cuánto faltaba entre él y los demás. Tenía que nadar, ejecutar los movimientos y confiar en el trabajo de los últimos años.
Al llegar a los 175 metros, alcanzó a Kosinsky. El favorito soviético ya no estaba solo al frente. El mexicano apretó. Los últimos metros dejaron de ser una promesa y se convirtieron en una pelea directa por el oro. Los gritos crecían desde las tribunas; dentro del agua, Felipe tenía que resolverlo con sus propias fuerzas.
Una brazada más. Otra. El cuerpo agotado, las piernas, los brazos, el aire que parecía no alcanzar. Y entonces llegó la pared.
Felipe tocó primero. El cronómetro se detuvo en 2 minutos, 28 segundos y 7 décimas. Por un instante, el resultado todavía tenía que aparecer en el tablero. El muchacho no había terminado de comprender lo que acababa de hacer. Había escuchado a la gente, había sentido la competencia junto a él y había entregado todo en el agua. Pero necesitaba ver la confirmación.
Cuando levantó la mirada, encontró su nombre en el primer lugar. Felipe Muñoz era campeón olímpico. La alberca estalló.
México acababa de conquistar su primera medalla de oro en aquellos Juegos y la primera de su historia olímpica en natación. El adolescente que no partía como favorito había derrotado a Kosinsky, a Job y a todos los pronósticos.
El Tibio ya no era solamente un nadador con futuro. Acababa de convertirse en una leyenda.
El podio fue el siguiente escenario de aquella noche inolvidable. Kosinsky recibió la plata y Job obtuvo el bronce. Felipe subió al escalón más alto con el oro alrededor del cuello y la emoción desbordada.
Llegó el momento del himno nacional. Habían pasado diez días de competencia sin que México escuchara su música en lo más alto de una ceremonia olímpica. Ahora, en la alberca de su ciudad, el himno sonaba para un muchacho de 17 años que había nadado más rápido que los mejores del mundo.
Felipe ha recordado que lloró. No era difícil entender por qué. Había conseguido el resultado que todos deseaban, en el escenario más importante que podía imaginar, frente a su gente y después de una carrera que lo llevó a remontar cuando la victoria parecía pertenecer a otros.
Aquella medalla no fue solamente un metal dorado. Fue el final de una espera colectiva.
En las tribunas, miles de personas habían pasado de la tensión a la incredulidad y de la incredulidad a la alegría. El nombre de Muñoz ya no era el de un joven que buscaba abrirse camino en la natación. Era el nombre del atleta que había dado a México una de las victorias más recordadas de su historia olímpica.
La celebración se prolongó. La noticia salió de la alberca y recorrió una ciudad que había organizado los Juegos con la esperanza de dejar una huella en el mundo.
México tenía su primer oro de 1968. Y lo había conseguido en el agua. La competencia duró 2 minutos y 28 segundos. La historia que comenzó esa noche duró mucho más.
Felipe continuó compitiendo y regresó a los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. Después estudió Comunicación en la Universidad de Texas, trabajó en medios de comunicación en Estados Unidos y regresó a México, donde también desempeñó responsabilidades en el ámbito deportivo y en la vida pública.
Pero su nombre quedó unido para siempre a aquella Final de los 200 metros pecho. Ningún otro nadador mexicano ha repetido su oro olímpico en esa prueba, y su triunfo permanece como una de las mayores hazañas de la natación nacional.
La fecha merece recordarse por el resultado, pero también por la manera en que se consiguió. Felipe no ganó porque el camino estuviera despejado. Ganó después de nadar detrás de sus rivales, de respetar una estrategia y de encontrar en los últimos metros la fuerza para alcanzar al favorito.
El oro llegó cuando parecía que la carrera se le escapaba. Quizá por eso aquella victoria sigue emocionando. No fue la historia de un campeón que dominó de principio a fin. Fue la de un muchacho que tuvo que perseguir la medalla hasta el último instante y que no supo que la había conseguido hasta mirar el tablero.
El 22 de octubre de 1968, Felipe Muñoz entró a la alberca con 17 años. Salió convertido en campeón olímpico.
Y mientras el himno nacional sonaba sobre el agua, México descubrió que su primer oro de aquellos Juegos tenía nombre y apellido.
Felipe “El Tibio” Muñoz. Dos minutos y 28 segundos y una vida entera en la memoria.
CIG