O’Shaquie Foster no llegó a México como turista ni como figura en gira promocional. Llegó como boxeador. Y eso se nota. En tres días, los mismos que lleva en el país desde que aterrizó el sábado, el campeón mundial del CMB en peso superpluma (130 libras), récord 23 victorias, 3 derrotas y 12 nocauts, descubrió algo que no se entrena en el gimnasio.
Se sintió querido. Y lo dijo sin rodeos: “Me siento genial. El amor que tengo aquí es increíble”.
Tan directo como cuando reconoció que al pisar suelo mexicano se sintió “como un superstar”. No por el título. Por la gente. “Tengo más amor aquí que en mi casa”. Y remató sin pudor: “Te amo”.
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El boxeador: datos duros, camino áspero
O’Shaquie Dominique Williams Foster nació el 17 de septiembre de 1993 en Orange, Texas. Mide 1.74 metros, tiene 183 cm de alcance, es guardia ortodoxa y carga el apodo Ice Water, una descripción justa de su manera de pelear: frío, paciente, calculador.
Antes del profesionalismo acumuló más de 100 peleas como amateur, fue alterno del equipo olímpico estadounidense en 2012 y debutó como profesional el 8 de septiembre de ese mismo año, ganando por TKO.
Nada fue recto. Hubo derrotas, pausas, retrocesos. Incluso una estancia en prisión en 2017, el punto más bajo de una historia que estuvo a punto de quebrarse antes de despegar.
Campeón a golpes de constancia
En febrero de 2023, Foster derrotó a Rey Vargas y se convirtió en campeón mundial superpluma del CMB. Defendió el cinturón ante Eduardo Hernández, en una pelea donde tuvo que remontar desde el abismo, y ante Abraham Nova en Nueva York.
En julio de 2024 perdió el título por decisión dividida ante Robson Conceição, pero volvió en noviembre y lo recuperó. Sin discurso. Con boxeo.
En diciembre de 2025, ya con autoridad consolidada, dominó a Stephen Fulton Jr., llevándose además el título interino ligero del CMB, dejando claro que su nombre ya no pertenece a una sola división.
La calle, los tacos y el pulso real
México no lo recibió en una alfombra roja. Lo recibió en la calle. Y ahí Foster se soltó.
Probó de todo. “Tacos, quesadillas, he probado casi todo”.
Se quedó con lo esencial: “Me gustan los tacos, los tacos de la calle”.
Cuando apareció el pastor, puso freno. “¿El pastor? ¿Son de carne rosa? No, no. No hay carne rosa. Solo como… pollo, pescado y cosas así”.
Pero que quede claro: “Tacos, sí”.
No es pose. Es forma de vivir.
La afición mexicana, el golpe que no esperaba.
Foster no duda cuando habla del público mexicano. “Son algunos de los mejores fans, si no los mejores fans del mundo”.
Por eso insiste: “Cuando llegué aquí me sentí como un superstar”.
No lo dice como estrategia. Lo dice como alguien que no lo había sentido así antes.
Respeto absoluto al boxeo mexicano
Creció viendo peleadores mexicanos. Lo dice con naturalidad. “He estado mirándolos desde que era niño”.
Los define sin rodeos: “Son fuertes. Determinados, duros”.
Y sentencia: “Creo que son unos de los mejores boxeadores del deporte”.
Pensando en el futuro, no esquiva nombres. Espera volver al ring en abril y ya mira al ganador entre Sugar Núñez y Emanuel Navarrete. “Va a ser una gran batalla mexicana y me gustaría ganar”.
Canelo, Crawford y las leyendas
Sobre Canelo Álvarez, Foster es claro: “Creo que es un gran peleador”.
De la pelea ante Terence Crawford, no dramatiza: “La pelea fue genial. Terence Crawford lo hizo bien”. Y cierra: “No creo que sea el fin de Canelo”.
Cuando se menciona a Julio César Chávez, no hay duda ni comparación: “Me gusta Chávez. Es el mejor peleador que ha venido de México”. Lo ha visto desde joven, lo sigue estudiando. “Julio César Chávez. Es genial”.
México fuera del ring
Foster no se quedó en el hotel. Visitó templos, caminó, observó. “El templo fue genial. Fue una gran experiencia”.
Habla de cultura, de lenguaje, de gente. “Todo se trató de los mexicanos”.
Y se despide como aprendió: “Hola, ¿qué pasa? Muchas gracias. Gracias. Adiós”.
O’Shaquie Foster no vino a pelear en México. Pero México ya le dejó una marca y esas son las que pesan cuando suena la campana.
SLJ