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Isaac Lucero, el boxeador que peleó contra el espejo antes de enfrentar a un rival

El mexicano, en su preparación para su pelea contra Sandoval, habló sobre sus inicios en el boxeo cuando no se imaginaba ser profesional, sino que solo buscaba bajar de peso.

Hay boxeadores que nacen en el gimnasio. Y hay otros —los menos cómodos, los más interesantes— que nacen en el rechazo de sí mismos. Isaac Lucero pertenece a esa segunda categoría: la de los que primero tuvieron que derrotar a su propio cuerpo antes de pensar en derrotar a alguien más.

Originario de La Paz, Baja California Sur, su historia no empieza con guantes, sino con una báscula marcando más de lo que un adolescente debería cargar. A los 15 años pesaba alrededor de 115 kilos. No era una estadística, era una advertencia. Su madre lo entendió antes que él: había que hacer algo. Y lo hizo. Entró al boxeo no por vocación, sino por supervivencia.

El primer golpe no lo lanzó él. Fue la realidad.

Me metí por bajar de peso… y en una función me dijeron ‘¿quieres pelear?’”, recuerda. Dijo que sí sin saber muy bien por qué. O tal vez sí lo sabía: hay decisiones que no pasan por la cabeza, pasan por la urgencia. Ganó esa pelea. Y con eso bastó. No porque descubriera un talento inmediato, sino porque encontró un lugar donde el juicio externo se convierte en ruido de fondo.

Porque antes del ring, ya había otro combate: el de las burlas.

Lucero no romantiza el bullying. Lo nombra, pero no le da protagonismo. “Sí había de todo… pero yo no demostraba que me afectaba”. Traducción: aprendió a blindarse. A reírse de lo que dolía. No porque no doliera, sino porque entendió rápido cómo funciona la dinámica: si muestras la herida, te la siguen tocando.

Pero detrás de esa sonrisa funcional, había una incomodidad más profunda: no poder hacer lo que otros sí. Ese tipo de frustración que no se grita, pero se acumula.

Y entonces apareció el motor más común —y más peligroso— del alto rendimiento: demostrar que los demás estaban equivocados.

Me decían que no podía… que estaba muy gordo, muy chiquito”. Lo típico. Lo predecible. Lo que ha construido más carreras que cualquier programa de alto rendimiento. Pero en su caso, tomó forma concreta: una obsesión con darle a La Paz una medalla de oro nacional que llevaba años sin aparecer.

No fue discurso. Fue fijación.

Lo consiguió. No una vez. Varias. Campeón nacional en múltiples ocasiones, representante de México. El chico al que le decían que no podía, ahora cargaba con el peso de una ciudad que necesitaba creer en alguien.

Y entonces hizo algo que no todos están dispuestos a hacer: irse.

Se fue solo. Primero a Las Vegas, luego a Tijuana cuando la pandemia le cortó el ritmo. Cambió comodidad por incertidumbre. Cambió familia por formación. No suena épico, pero lo es. Porque no hay nada más incómodo que construirte lejos de quienes te sostienen.

Me salí joven de casa”, dice sin dramatismo. Pero en esa frase cabe todo: miedo, silencio, noches largas y la constante negociación interna entre seguir o regresar.


Su relación con la familia es otro punto que no esquiva. Sabe que lo ven pelear y sufren. No hay romanticismo ahí. Hay culpa incluso.

Son golpes… soy su hijo”. Así de simple. Así de crudo.

Y en medio de esa crudeza, aparece otro elemento que define su narrativa: la fe. No como discurso prefabricado, sino como estructura emocional. Lucero habla de Dios no como excusa, sino como equilibrio. Como alguien que le recuerda que el control absoluto no existe.

Si tengo que ganar, me preparo para ganar… pero si no, voy a aprender la lección”.

Esa frase, en un deporte obsesionado con la victoria, es casi subversiva.

Porque también admite algo que muchos atletas esconden: la duda.

A veces pienso que no me lo merezco… y a veces digo que sí”.

Ahí está el verdadero combate. No en los diez rounds, sino en esa conversación interna que no se televisa. La que define si un peleador entra al ring con hambre o con miedo disfrazado de confianza.

En lo técnico, Lucero se describe como un boxeador que necesita poco para entender. “Uno o dos rounds para estudiar”. No es arrogancia, es intuición. Esa capacidad de leer al rival más allá de los golpes: ritmo, respiración, intención.

Pero incluso ahí, hay una pista de su personalidad: no sobreanaliza. No se pierde en el exceso. Observa lo necesario y actúa. Como alguien que aprendió a tomar decisiones sin demasiado margen de error.

Pelear en Las Vegas, ese símbolo aspiracional del boxeo, no lo deslumbra tanto como cabría esperar. Lo reconoce como un sueño, sí. Pero no se queda ahí.

Estoy viviendo un sueño… pero he trabajado duro”.

Sin adornos. Sin falsa humildad.

Isac Lucero no es una historia de redención perfecta. Es más incómoda que eso. Es la historia de alguien que todavía negocia con sus propias inseguridades mientras construye una carrera. De alguien que no se vende como invencible, sino como persistente.

Y en un deporte donde muchos actúan un personaje, eso —aunque no venda tanto— pesa más.

Porque al final, hay peleadores que suben al ring a ganar.

Y hay otros que suben a comprobarse que ya no son quienes eran.

Lucero, claramente, sigue en esa segunda pelea.

​CIG

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Olga Hirata
  • Olga Hirata
  • Olga Hirata no cubre historias: las desnuda. Periodista deportiva incisiva, ve más allá del marcador y escribe desde la grieta humana. No busca agradar, busca verdad—y la dice sin anestesia.
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