Arturo García Valle a sus 19 años se fue a Estados Unidos con la intensión de trabajar y ganar dinero. Dentro de sus planes nunca estuvo acercarse al golf.
Años después, en un campo de Indian Wells, California, descubriría un deporte que le pareció aburrido... hasta que lo probó. “Somos personas de bajos recursos y necesitábamos buscar, obviamente, hay que llevar comida a la mesa”, explica sin rodeos.
Tierra Caliente hace honor a su nombre. En el norponiente de Guerrero, el calor y el clima seco marcan la identidad de una región de nueve municipios, donde la agricultura, la ganadería y el comercio sostienen buena parte de la economía. De ahí salió Arturo, sin que la violencia fuera el motivo. Su historia es una entre muchas: entre 2015 y 2020, 28 mil 554 personas dejaron Guerrero para vivir en otro país, y 94 por ciento eligió Estados Unidos. La cifra dimensiona el fenómeno, pero no explica a cada persona. En su caso, la razón fue una sola: salir adelante.
De la cocina al campo
En California y Nevada trabajó años en restaurantes. Se especializó en carnes y comida italiana, preparó fettuccine Alfredo y pizzas, y llegó a encargado de cocina. Aprendió inglés y armó una rutina lejos de su tierra.
Entonces, casi por casualidad, apareció el golf. En Indian Wells participó en torneos para empleados y tuvo la oportunidad de jugar. Su primera impresión no pudo ser menos entusiasta: “Al principio, se me hacía muy aburrido, se me hacía muy muy fácil, aparte, muy fácil”. El campo se encargó de desmentirlo. “Y el padre, guau, me sorprendió, porque ni era fácil y ni es aburrido”.
Pasó cinco o seis años aprendiendo a reconocer los palos y a entender el vocabulario de un juego que exige mucho más de lo que parece desde fuera. Y hoy sigue igual de curioso: “Cuando tú piensas que ya lo aprendiste todo, siempre no hay algo más nuevo que aprender”.
Cuatro horas, 18 hoyos y muchas historias
El siguiente paso fue convertirse en caddie, y ahí entendió que su trabajo va mucho más allá de cargar una bolsa. Durante cuatro o cinco horas es acompañante, consejero, mesero, tutor y, a veces, confidente. Escucha historias, conoce gente de todo el mundo y comparte momentos que poco tienen que ver con el score.
Nunca se ha sentido humillado ni menospreciado, aunque muchos de los jugadores viven en un mundo económico muy distinto al suyo. Con los años, la relación cambia: “Después de tanto tiempo estar con ellos, nos tomamos este aprecio, cariño y se vuelve una amistad”.
De esa cercanía salen las anécdotas: invitaciones, celebraciones y un hoyo en uno de un grupo de cuatro mujeres que ni cuenta se dieron de lo que habían hecho hasta llegar al green. También está Santos, un compañero que murió, y cuya ausencia vivieron como la pérdida de alguien de la familia.
Por eso, cuando le preguntan cuál ha sido su mejor momento en el golf, no elige uno. Para él, todos tienen algo especial. El valor de su trabajo no está en su propia tarjeta, sino en el tiempo que comparte con quienes salen a jugar.
El regreso
Después de muchos años, Arturo volvió a Guerrero para estar cerca de sus padres. Pudo haber emigrado de nuevo; decidió quedarse. No lo cuenta como una renuncia ni como el final de una búsqueda. Simplemente, llegó el momento de volver a su país. Y radica en Los Cabos.
Hoy, a unos pasos de los fairways que diseñó Tiger Woods en El Cardonal, Arturo sigue cargando bolsas, escuchando historias y aprendiendo algo nuevo en cada ronda.
Su camino no es el del golfista que soñó con los grandes torneos desde niño. Es el de un hombre que salió a trabajar, se topó con una oportunidad inesperada y la convirtió en oficio. De Tierra Caliente se llevó la necesidad de salir adelante; de Estados Unidos, el aprendizaje y una profesión; y a México regresó con otra manera de mirar la vida.
ERC