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Vivos y también muertos

A fuego lento


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No hemos dado con la antológica paradoja de Erwin Schrödinger que sostiene que, en el universo cuántico, es posible que un gato encerrado en una caja pueda estar vivo y muerto al mismo tiempo. Hemos dado, en cambio, con la superposición literaria de esa paradoja, con una novela que responde a sus propias reglas, a su propia desmesura enemistada con el sentido común.

Una sensación de extrañamiento y a la vez de suspensión temporal corre desde las primeras páginas de Los gatos de Schrödinger (Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2015). No sabemos qué terrenos pisan los protagonistas, dos criaturas que bien pudo imaginar Samuel Beckett, caprichosa y oscuramente confinados en un cubo de cartón: Doctor Existencialista y Rábano. ¿Dónde están? ¿En un no-lugar que es también una extensión geográfica: el desierto? ¿En la nada que sigue a un fin apocalíptico? ¿En una realidad alterna donde las piedras van y vienen como animales prehistóricos? ¿En un set cinematográfico? ¿En un escenario teatral? No sabemos y poco importa pues, ante todo, Franco Félix quiere des-habituarnos a la imagen convencional del mundo. ¿Cómo lo consigue? Haciéndonos creer que todo lo que ocurre en Los gatos de Schrödinger es una conjetura. Lo leído puede o no puede haberse escrito, los seres insignificantes que preguntan si su circunstancia es real pueden o no pueden tener existencia, incluso en la página impresa.

El difícil heroísmo de Doctor y Rábano responde al deseo de abandonar el desierto —o lo que ese lugar sea— y alcanzar una mítica Ciudad Limítrofe. Suponemos que son los últimos sobre la Tierra y de pronto se acercan dos detectives inútiles, un psicoanalista con disfraz de conejo emerge de otro cubo y, más tarde, tres sicarios hacen su aparición con los arreos de los sepultureros y, ya para rematar, dos gringos despiertan de un benéfico letargo creyéndose perros. Sobre estos ridículos representantes de la raza humana, y para acentuar aún más la atmósfera enrarecida, se alza un narrador que interviene dubitativamente, acotando, glosando, burlándose de la desolación de los personajes.

La inmovilidad es el sino de Doctor y Rábano. Tienen brazos y piernas pero como si no los tuvieran. Al igual que Vladimir y Estragón, más que cuerpos vivientes son puro discurso: llenan el tiempo disertando sobre el sabor de la arena, la mitología griega, la inevitabilidad de la muerte, el significado de los sueños, la naturaleza mutante de los zombis. ¿Pavadas? Claro que no. Al entregarse a lo absurdo, Franco Félix insta al lector a sospechar que un acontecimiento no es producto de un inextricable conjunto de causas sino obra del caos. Y todavía mejor: con su mezcla de objetividad, fatalismo, desacato e ironía se pone por encima de muchos de nuestros novelistas, ocupados en la denuncia o en hacerse pasar por defensores de las buenas causas.

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