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Vieja historia

Fue un error en los cálculos, tal vez una insignificancia como no encender las luces para mirar con claridad a su víctima.

Fue un error en los cálculos, tal vez una insignificancia como no encender las luces para mirar con claridad a su víctima, lo que impidió que el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros se convirtiera en el villano de la historia, héroe para otros. Acompañado de un grupo de forajidos como él, Siqueiros —bien llamado el Coronelazo— se introdujo en el domicilio coyoacanense de Trotsky con el objetivo único de matarlo. Ya en el interior de la finca, el artista dirigió su pistola a la cama que se suponía ocupaba el revolucionario ruso para vaciarla sin miramiento alguno. Pero Trotsky, en la confusión apenas desatada, pudo parapetarse en un rincón.

Frustrada la acción, pronto se implementaría un nuevo plan que tuvo en el catalán Ramón Mercader al responsable único. La maquinaria criminal echada a andar desde la médula de la entonces poderosa Unión Soviética, disfrazada de ideología justiciera, cumplió su fin la tarde del 20 de agosto de 1940. Un día después moría Trotsky y el magnicidio comenzó a intensificar un imaginario todavía en progreso.

Vieja historia que nos vuelve a contar el norteamericano John P. Davidson en El asesino obediente, y que se centra en la observación del joven magnicida y de sus alentadores más cercanos, su propia madre (Caridad) y la pareja de ésta (Eitingon), a su vez capitaneados desde el mismo Moscú (Sudoplatov, Beria, Stalin). Una muerte anunciada (Alguien lo matará. Hasta los tontos lo saben, leemos) que al desdoblarse en los tonos novelísticos posibilita revalorar cada una de las estaciones de este largo itinerario. De la salida de un importante número de comunistas de la España republicana derrotada al sometimiento del Partido Comunista Mexicano a los dictados de la Unión Soviética. De los prolegómenos de la Segunda guerra a la apertura del régimen cardenista en México. De los intentos organizativos de la corriente socialista llamada Cuarta Internacional a una de las experiencias personales y colectivas característica del siglo XX: el exilio.

Desterrado de la Unión Soviética una década atrás, Trotsky peregrinó por diferentes regiones de Europa hasta que identificó en México —una zona alejada, aparentemente desconocida para la ira dictatorial— un espacio de tranquilidad desde donde reorganizar su precaria militancia, avanzar en su obra literaria (ideológica, documental, biográfica) y simplemente vivir, no sin el miedo del permanente señalamiento, los atentados y dos hijos muertos.

Lo que hemos temido durante tanto tiempo finalmente ha comenzado, habría dicho Natalia Sedova, esposa de Trotsky, al percatarse del asalto encabezado por Siqueiros. Han llegado. Los hombres de Stalin han venido a matar a Trotsky. Aunque sería semanas después que el plan se lograría. Entonces ella “acurrucó la cabeza de su marido en su regazo”.

“Las sirenas aullaban… Anochecía, y empezaba a llover…”

El golpe, ahora sí, había sido fatal.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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