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Martes , 26.03.2019 / 14:56 Hoy

Un arco

Lo que contemplas


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Parece intimidado, el arco: portal de parque de atracciones, acorralado entre la columna de Nelson y la National Gallery. Es un modelo a escala, finalmente.

Turistas, turistas. Dentro de la valla solo se admite a un par de grúas. Un chico desafinado canta covers de Blur. Fotos, selfies, tedio. El original de Palmira, una ciudad de cuyos habitantes de entonces poco sabemos (sus sueños, sus afanes, sus significados) fue destruido por el IS en 2015 en un acto escalofriante de nihilismo. Cerca ejecutaron a cientos de personas.

Con las mejores intenciones, el Instituto de Arqueología Digital hizo uso de fotografías en tercera dimensión (hay benignos zopilotes que toman estas fotos por todos los sitios del mundo considerados en peligro) y en un parpadeo el arco fue reconstruido por canteros–robots. Indistinguible, dicen, del original. Boris Johnson, alcalde de Londres y entusiasta defensor de las edificaciones faraónicas ya mencionadas en este espacio que están destruyendo nuestra ciudad, da la bienvenida a la reconstrucción artificial en sus plazas de ruinas ajenas y devela el arco postizo en Trafalgar Square, con su legendaria pobreza de léxico y vulgaridad: un “arco de tecnología y determinación”, “desafío a los bárbaros”, coronado por un saludo obsceno a IS. El arco duró tres días en Londres. De aquí va a Nueva York, Dubái y luego a Siria, cerca del sitio del original.

Hoy el espectáculo son los obreros y sus grúas, desmontándolo con facilidad, no piedra por piedra sino bloque por bloque de piedras pegadas quién sabe cómo, como un Lego. Como desafío no parece muy imponente, este espécimen de nuestra cultura infantilizada.

Los técnicos tras el proyecto hablan con orgullo de “obras de arqueología recreada” sin dejo alguno de incomodidad o ironía. “Copiar obras de arte”, dicen, “nunca ha sido más fácil, con imágenes 3D. No necesitas más que un teléfono inteligente y el software adecuado”. Se aclama su ingenio como símbolo de resistencia; demuestra a los bárbaros que no pueden destruir nada, porque nosotros podemos reconstruirlo de inmediato, “exactamente como era antes, una y otra vez”.

La historia de Palmira, como la del mundo, ha visto mucha destrucción: guerras, terremotos, tiempo. Montar en Londres la réplica de un original de 2 mil años se llevó cinco horas; crearla, unos cuantos meses. La destrucción horroriza. La pueril reconstrucción deprime y, guardadas las proporciones, tiene su propia dosis de horror.

El arco fue destruido; es una pérdida enorme. Es un hecho. Lo que era: historia, significado, no se puede reproducir, ni puede obviarse la brutalidad de la destrucción.

No es verdad que lo perdido es reemplazable, ni que la tecnología nos vuelve invulnerables. No es verdad que las ruinas del hombre vienen con repuesto porque, en un acto de “amor”, podemos reproducirlas con tronar los dedos, iguales o hasta mejor. No es verdad. Es la aceptación de su fragilidad lo que nos enseña a honrar realmente lo perdido.

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