Hace ya veintidós años, los escritores mexicanos Juan José Arreola y Fernando del Paso sostuvieron no menos de cuarenta reuniones con el objeto de publicar la primera entrega de lo que sería la colección Memorias habladas. Ésta, a inaugurarse con el testimonio del autor de La feria, se prolongaría con un listado de grandes personajes mexicanos de la cultura nacional. Se trataba, explica el propio Del Paso (Ciudad de México, 1935), de entregar al lector “un texto sin solución de continuidad que transcurriera como un río”.
Sería diez años después cuando se pusiera en librerías Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947), ahora reimpreso en oportunidad de la fiesta que significan los ochenta del autor de José Trigo; quien al momento de acercarse a Arreola (1918-2001) habrá que reconocerle, entre muchos éxitos, el descubrimiento de un gran practicante de oficios diversos, sustento de “una erudición de mundana exquisitez” y de la “formidable y singular educación literaria”.
Vida y palabra desbordan Memoria y olvido… Título proveniente del libro que Arreola aseguró escribía (c. 1965); periodización dispuesta a Del Paso también por él, y que camina “del primer recuerdo” a “poco después” de su regreso al país, proveniente de una larga estancia en París. Siempre en espera del advenimiento de la memoria que, ilusión cobijada por el mismo Del Paso, “…el día menos pensado —y a veces en los momentos menos deseados—, suele vengarse y anonadar la nada del olvido”.
Religiosidad, juegos infantiles, ajedrez, periplos, encuentros, degustaciones, amistades… Acumulación de evocaciones arreolianas (35 horas de grabación magnetofónica) que Del Paso editó “en el sentido cinematográfico del término”. Una conversación, apenas sugeridos los temas, que leemos ahora “como el rayo de luz que atraviesa un prisma”. La voz perpetua del de Zapotlán el Grande: “un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años”.
Un pasaje al azar: aun enemigo de la crueldad contra los animales —evoca Arreola— los toros acentuaron “de una manera curiosa mis aficiones literarias”. Toros y literatura “avivaron también en su momento mi problema religioso”. “Sucede que cada vez que iba a haber una buena corrida en Guadalajara, yo hacía cuantiosas mandas de padrenuestros y avemarías. Primero porque mi padre se decidiera a ir, luego porque nos llevara a nosotros, luego porque no lloviera el día de la corrida, y porque los toros salieran bravos y por esto y por aquello, hasta que un día llegué a deber tantas oraciones, que ya no pude pagarlas”.
Las confesiones de Arreola: trueno brillante que “se dispersa en todo los colores del paraíso”, distingue bien Del Paso.