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Viernes , 22.03.2019 / 21:06 Hoy

'Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino'. El nuevo libro de Julián Herbert

El nuevo libro de Julián Herbert, 'Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino', esta lleno de personajes que parecieran no tener moral.

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De personajes que parecieran no tener moral está lleno el nuevo libro de Julián Herbert, Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino (Literaura Random House, 2017).

A través de diez cuentos, rinde un tributo a la estética narrativa del director de Pulp Fiction y Bastardos sin gloria, con atmósferas que el lector, conocedor de este cineasta, identificará con pequeños guiños y escenas que tienen que ver con sus películas.

Además del título y un cuento, ¿qué tanto de Tarantino hay en este libro?

Los cuentos están construidos con una estructura que hace homenaje y reflexiona sobre las técnicas narrativas del cine de Tarantino. Utilizo los esquemas de apropiación: citar obras de otros artistas, como lo hace el propio Tarantino. Por ejemplo, uno de mis personajes es un reportero adicto al crack que tiene que dar conferencias fingiendo ser Marcial Lafuente Estefania. Los personajes de este libro están atravesados por la paradoja que rige la estructura de Tarantino, con un protagonista de perfil tridimensional, que he tratado de inyectárselo a través del conflicto. Quentin Tarantino no solo es un cineasta, también es un escritor brillante en la creación de personajes.

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Vienes de escribir la crónica documental La casa del dolor ajeno y la novela con tintes biográficos Canción de tumba. ¿Hay alguna libertad creativa en el género del cuento que antes no habías podido realizar?

Hay muchas licencias pero no es por los géneros; es por el tipo de material con el que trabajé. En Canción de tumba ocupé personajes basados en vidas reales y en La casa del dolor ajeno eran históricos; no había chance de inventar nada. Recuerdo una escena en la que Benjamín Argumedo se amarra un pañuelo en la cabeza antes de entrar a combate: lo hizo para que, en caso de que lo mataran, no le entrarán moscas a la boca. Eso que pareciera un rasgo de ficción no lo es; está documentado. Lo distinto en Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino es que hubo mucha libertad de inventar personajes en situaciones lo más radicales y ficticias posibles. Hace rato que no hacía eso. Fue un proceso más lento pero lo disfruté. Lo difícil es construir una lógica interna para que el personaje tenga un sentido humano, un poder cognitivo; inventar un lenguaje que justifique lo estrafalario del personaje.

Tus protagonistas son antihéroes: un político corrupto, un escritor mafioso que se enfrenta a principios éticos. ¿Por qué?

Una de las claves del cine de Tarantino, que quería explorar, y del teatro de Sam Shepard, es cómo el arte enfrenta el problema de la moral, no como un problema absoluto, sino como un problema de ficción, donde los personajes tienen experiencias humanas. Desde la primera vez que vi Perros de reserva me pregunté cómo este director, que acababa de conocer, se las ingeniaba para que sus personajes, que podrían parecer antihéroes o malvados, en el fondo tuvieran un problema ético tan complejo. Mi reflexión desde aquella época era cómo tenemos métodos para justificar nuestras carencias éticas a través de determinados principios que nos rigen. Todos tenemos una ética, hasta el más hijo de puta la tiene. [OBJECT]

En un pasaje del libro, uno de tus personajes señala que la única forma de producir arte sublime es a través de la parodia. ¿Es una de las razones por la cual el libro está lleno de ironía?

Esa es mi tesis sobre la obra de Tarantino. Pienso que el problema de lo sublime es que los artistas más aburridos del mundo lo dan por sentado. No lo ven como un reto, lo ven como una realidad dada, como una especie de entelequia de que lo sublime le corresponde al arte, y eso me parece una estupidez y una inmoralidad. Dentro de la parodia lo sublime te sorprende porque no lo estás esperando. Hay parodias que desembocan en la experiencia de lo sublime.

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